Marcharse es la única manera de volver

Una noche te acuestas con la maleta abierta en el suelo del dormitorio, sabiendo que es la última vez en mucho tiempo que duermes en tu cama. Hay algo que reside en esa escena – la cama, la luz de la mesilla, la maleta abierta parcialmente en penumbra, los objetos alrededor de ésta que esperan a que los lleves contigo – que resulta difícil de explicar. Es una sensación de vértigo por lo que está por venir. Es un decirse a uno mismo, mil y una veces, «¡Quién me mandaría a mí!» mientras extrañas ya la habitación de la que todavía no te has marchado. Es un sentimiento profundo de soledad, como si todo el mundo hubiera decidido abandonarte, cuando realmente eres tú el que te marchas.

A estas alturas no hay manera de resolver el enredo. La suerte está echada: los billetes y el pasaporte están guardados en el bolso y ya están hechos todos los trámites. Sabías que ese momento llegaría, tarde o temprano, y al final está aquí.

A partir de ahora, de este mismo instante, todo será más sencillo. Afortunadamente, ya no puedes echarte atrás.

El vagón en silencio y otros animales mitológicos

La señora que viaja detrás de mí se lo explica con mucha claridad a su compañera:

– Éste es el vagón silencioso. No puedes hablar, ¿sabes? Hay que estar callado o, como mucho, hablar bajito para no molestar a nadie.

Al parecer la mujer que viaja a su lado es sorda, o un poco lerda, o ambas cosas al mismo tiempo, porque lo explica una y otra vez, insistente, durante más de diez minutos, en un tono de voz que escucha todo el vagón. Al final, harta, decido volverme y mandarlas callar. Lo único que consigo es que me lancen una mirada indignada y que la señora vuelva a aclarar la situación.

– ¿Lo ves? Hay que estar en silencio.

El autobús no es mucho mejor. Mi vecino de detrás le explica a su acompañante que no puede dormir más de dos horas seguidas cada noche, pese a las pastillas que se toma a la hora de cenar. También me entero del estado de sus finanzas y de su vida amorosa. Me pregunto si no se sentirá incómodo compartiendo sus intimidades con todo el autocar, pero no parece importarle. Tampoco parece sentirse avergonzada la chica del otro lado del pasillo mientras insulta a su teléfono a voz en grito:

– ¿Me harías un favor? – Me pregunta inclinándose sobre mí, como si haberla escuchado gritar por el móvil durante una hora entera no fuera suficiente.

– Depende, – respondo yo, con cautela.

– Me he quedado sin batería de repente, – me explica, aunque ese «de repente» es bastante discutible- ¿Me dejas mandarle un mensaje a mi novio?

La banda sonora del autocar está llena de llamadas, gritos y conversaciones indiscretas. De vez en cuando se completa con improvisados cantaores flamencos que no dudan en tocar palmas y golpear todas las superficies del vehículo para llevar el ritmo de su cante, en un concierto que nadie deseaba escuchar. La esencia del viaje la resume una señora en notas de voz que el teléfono no quiere registrar, lo que la obliga a repetirlo todo dos veces:

– Lo importante es que he llegado. – Y, haciendo una pausa y subiendo todavía más el tono. – Lo importante es que he llegado.

Mi abuelo

Recuerdo a mi abuelo a través de gestos y comentarios. De situaciones que, para mí, son la mejor manera de asir una realidad que ya no existe.

Mi abuelo se sentaba y, una y otra vez, pasaba la mano por los brazos del sillón orejero, desgastando la tela. Se instalaba allí los domingos después de comer y encendía la radio. Cuando nos íbamos hacia el campo de fútbol él ya tenía el partido sintonizado y nos despedía diciéndonos que gritásemos muchos «Aus». No que hubiese muchos goles, ni que ganásemos, ni siquiera que lo pasásemos bien, sino que gritásemos «Aus». Para nosotras, los «Aus» eran esas jugadas que son casi gol pero en las que la pelota no llega a entrar en la portería. Serán goles yayo, le corregíamos, y él insistía en que no. Por supuesto, si el Zaragoza perdía, cosa que solía suceder, nos recibía con una sonrisa, qué mal han jugado, exclamaba, y parecía divertirse haciéndonos rabiar.

A mi abuelo le encantaba conducir, pero no era buen conductor. Recuerdo cuántas veces había raspado el coche al llevarme al parque de pequeña: contra otro coche, contra un bordillo. El coche de mi abuelo estaba lleno de rayas y yo todavía identifico la plaza de garaje por el boquete que, a base de rozar el retrovisor, hizo a la columna del aparcamiento.

Mi abuelo entraba en la cocina cuando todo estaba hecho y exclamaba, «¡Cuánta mujer hay aquí! ¡Mejor me voy!» y se daba la vuelta, satisfecho con el deber cumplido. Mi abuelo atropelló un taxi después de decidir cruzar en rojo por entre unos setos, cuando ya apenas veía. Mi abuelo, el mismo que se levantaba todos los años para ver los San Fermines, y se reía como un niño pequeño cuando el toro cogía a alguien.

Hace poco fue su cumpleaños, 95. Si estuviera aquí, seguiría siendo el abuelo más guapo del lugar.

 

Escaleras

Llegué a Nueva York ayer. Con más retrasos, frío y ruido del esperado. No importa, hay tiempo de sobra.

Mi barrio está lleno de escaleras. Hay escaleras empinadas que nadie ha limpiado desde hace años y que conducen a azoteas cerradas. Escaleras que llevan hacia abajo, a sótanos de locales que parecen clandestinos. Escaleras de metal, de mármol, de madera con peldaños de linóleo y pasamanos casi ancestrales.

Upper East Side NYC
Upper East Side NYC

Las fachadas están surcadas de escaleras y creo que acabaré partiéndome el cuello de tanto mirar hacia arriba. Los edificios de mi calle recuerdan a Pretty Woman, con Richard Gere subiendo por su fachada, intrépido. Se que desde alguna de esas escaleras estará cantando Audrey, aunque no pueda escucharla a causa de las obras de la estación de metro o de las bocinas de los camiones.

Upper East Side NYC
Upper East Side NYC

Mi casa no es una excepción. Cada pocos minutos me asomo, medio cuerpo fuera, y miro hacia abajo y en dirección a los edificios vecinos. Las escaleras de metal no son aptas para gente con vértigo y entre sus hierros parece que puedes escurrirte hasta la acera. Están surcadas de cables y llenas de óxido, pero pese a todo sirven de balcones improvisados, de puntos de encuentro y de lugares donde plantar algo.

Upper East Side NYC
Upper East Side NYC
Upper East Side NYC
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Tengo que reconocer que todavía no me atrevo a ponerme a cantar. De momento me conformo con asomarme y ver la ciudad desde arriba. Una perspectiva totalmente inesperada.

Upper East Side NYC
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