Un bidón de cinco litros

Cuando éramos niños nos llevaron de visita a la embotelladora. La fábrica estaba a casi cuatro kilómetros del pueblo —no es que me acuerde, no tengo tan buena memoria: lo he buscado en Google Maps — y fuimos andando en fila por el arcén de la carretera, contentos de perdernos una mañana de clase. 

No guardo ningún recuerdo de la visita a la fábrica. Solo que, cuando terminó, el guía señaló un montón de garrafas de agua de cinco litros y nos dijo, con voz alegre, que nos podíamos llevar una. ¡Qué emoción! Todos los niños fuimos corriendo y cargamos como pudimos uno de esos bidones de cinco litros, contentos de llevarnos algo de vuelta a casa.

Recuerdo el regreso como si fuera hoy, caminando por el mismo arcén pero esta vez mucho más despacio. Hacía sol y teníamos que detenernos cada pocos pasos para cambiar el bidón de agua de mano. Cinco kilos eran muchos kilos para que unos niños los cargaran durante tanto rato, pero todos estábamos emocionados por el regalo que íbamos a llevar a casa. ¡Debía valer una fortuna! Sin duda, el cansancio merecía la pena.

Cuando, por fin, agotada y muerta de sed, llegué a casa, dejé con dificultad la garrafa sobre la encimera de la cocina. Mi madre me miró con cara rara pero no dijo nada, así que fui yo la que hablé: 

— ¿Cuánto cuesta, mamá? —pregunté, ansiosa. —¿Doscientas, trescientas pesetas?

— Hija, pero qué doscientas pesetas. ¡Esto no cuesta ni veinte!

Aquel fue el primero de una larga lista de desengaños. Fue la primera vez que pensé que se habían reído de mí y que juré que no me volvería a pasar. Por supuesto, no fue la última vez. Lo malo, es que todavía no estoy ni en la penúltima ronda. 

En la foto, el camino de vuelta a casa.

Ayuda

Acababa de salir del acuario de Osaka después de varias horas recorriéndolo. Mi mente estaba inundada por el movimiento hipnótico de las medusas y el rápido desplazar de los tiburones. El ascenso alrededor del tanque de agua era lo más parecido a una catarsis en la que uno se iba dirigiendo, poco a poco, hacia la luz. 

No es de extrañar que llegase a la estación más despistada de lo normal. Aunque llevaba ya varios días viajando por Japón la vista de sus mapas de metro siempre me impresionaba, con esas líneas de colores que se extendían a lo largo de la pared, sin que se alcanzase a ver el final. Me detuve delante de la máquina para sacar los tickets y tardé más tiempo del habitual en encontrar el botón que cambiaba el idioma al inglés. Cuando por fin lo pulsé, el resultado no fue el esperado. El texto se tradujo solo en parte, intercalándose caracteres en japonés. No entendía nada, y así seguí durante unos largos segundos hasta que, por fin, encontré una palabra que entendía. “Assistant” decía, en el extremo inferior derecho de la pantalla, y pensé que eso era, precisamente, lo que necesitaba.

Pulsé el botón y, en ese mismo momento, una bocina atronadora inundó la estación. Antes de que fuese consciente de que había sido yo la culpable, un hombre apareció —literalmente — a mi lado. Surgió como si se hubiese teletransportado, una aparición, un emerger desde el suelo justo a mis pies. Era un encargado de la estación, tieso como una vara con su uniforme. Asustada, solo se me ocurrió disculparme como pude. Ni siquiera me miró. Pulsó la pantalla con rapidez, extendió la mano pidiendo mi tarjeta de crédito, la pasó con la misma velocidad y, al momento, ya tenía en mi mano la tarjeta y el billete. Empecé a balbucear de nuevo, en este caso las gracias, pero se esfumó a la misma velocidad con la que había llegado. Así que allí me quedé, sola, como si todo hubiese sido fruto de mi imaginación.

Hace muchos años de esto, pero es una anécdota que recuerdo a menudo. Porque es un buen ejemplo del perfecto engranaje japonés. Porque ha sido uno de los momentos más surrealistas que he vivido en un viaje. Y, por último, porque me gustaría que la vida tuviese ese botón de ayuda para poder pulsarlo cuando las cosas se pusiesen feas. 

En la foto, yo alejándome de la estación sin mirar atrás.

Nostalgia

Hubo una época de mi vida en la que me levantaba los lunes a las 5 y media de la mañana. Había dejado la ropa y la mochila preparada, así que, sin abrir los ojos, iba al baño, me vestía y, en menos de diez minutos, estábamos bajando las escaleras. 

La ciudad nunca estaba en silencio. Siempre había ruido de coches, sirenas en la lejanía o, simplemente, un rugido que parecía emerger del asfalto, como si la isla vibrase de un extremo a otro, un movimiento de placas tectónicas que no terminaba de desencadenar el terremoto. En la acera, las ratas se paseaban de un extremo a otro de la calle, dueñas y señoras de la ciudad. 

Cogíamos un taxi para ir hasta Penn Station. Mi tren salía a las 6 y media, y aunque nos hubiera dado tiempo a ir en metro, lo que menos me apetecía a esas horas era descender al sucio subterráneo de Nueva York. Preferíamos llegar pronto, coger un horrible café en el Dunking Donuts y esperar a que apareciera el anuncio del tren para despedirnos hasta el viernes.  

A esas horas no había tráfico, y el viaje en taxi duraba poco más de cinco minutos. Algunos de mis minutos favoritos de la semana. El taxi bajaba por Park Avenue, entre esas casas que, en cualquier momento del día, parecían fortalezas inexpugnables. En la calle 60 enfilábamos hacia Central Park, lo justo para ver de reojo la masa de árboles y girar, por delante del Hotel Plaza, para bajar por la 5ª. Unas manzanas después el taxi volvía a girar para coger la 7ª, donde estaba situada Penn Station. Y era en ese momento por el que pasábamos por Times Square. Ese triángulo evitado por el día como la peste, se convertía en el sitio más espectacular del mundo a las 5 y media de la mañana. Las decenas de pantallas seguían emitiendo, una sucesión de imágenes silenciosas en un mundo en el que solo estábamos nosotros para contemplarlas. 

Hoy vi un vídeo de lugares vacíos. Aparecía la Fontana de Trevi, Venecia y, al final, Times Square sin nadie paseando bajo sus luces. Lejos del desasosiego, la imagen solo me produjo nostalgia. 

En la foto, el taxi atravesando la ciudad a toda velocidad para no perder el tren.

Mañanas de petanca

Crecí viendo Los Vigilantes de la Playa. ¿Os acordáis de ellos? Qué pregunta, cómo olvidarlos. Los guapos vigilantes permanecían apostados en las torres de vigilancia mirando por sus prismáticos y, cuando era necesario, corrían, ellas con sus bañadores de tiro alto, mientras el agua salpicaba las piernas, en una acción que discurría a cámara lenta para que pudiéramos captar todos los detalles. En esa serie californiana aprendí que en las playas no solo se tomaba el sol o se jugaba a las palas, sino que también servían para practicar deportes más sofisticados, como el patinaje y el voley y, sobre todo, para que los llamados Baywatch lucieran palmito.

Pero hay algo de lo que no pueden presumir las playas de Santa Mónica. Un orgullo patrio que no está al alcance de los americanos. Aquí, en las playas del Mediterráneo, un fenómeno congrega a cientos de personas todas las mañanas. Son las Petanca World Series, en las que múltiples partidas de petanca se juegan al mismo tiempo en una liga en la que sólo puede haber un equipo vencedor.

Observo con atención a los jugadores, admirada ante ese despliegue de organización. Me fascinan sus entrenamientos y me alegro de que todas esas personas mayores hayan encontrado un pasatiempo tan sano. Me detengo a pocos pasos de ellos, pensando en la importancia de que la gente, a partir de cierta edad, se acostumbre a realizar una actividad saludable. Probablemente la petanca les haga olvidarse un rato de los dolores y preocupaciones propias de la edad e, incluso, les suavice el carácter. Es una suerte descubrir, a esas alturas de la vida, una actividad que te obligue a salir de casa y a partir de la cual puedas construir unas redes de amistad: 

– Vaya ridículo, José.

– De ridículo nada. Has hecho trampas. Eres un desgraciao. 

– Ojito con lo que dices, no te vayas a arrepentir. El problema lo tienes tú, que no soportas perder. Anda, paga los diez euros que debes y deja de quejarte.

José se levanta del bordillo donde estaba descansando, renqueante, y deja sobre la mesa, con muy malos modos, el billete que llevaba apretado en el puño. 

Ya lo decía mi abuelo, a sus más de ochenta años: “yo no juego a la petanca, porque eso es cosa de viejos”. 

En la foto, los jugadores comentando la próxima jugada que les catapultará al Olimpo de la petanca. 

El olvido

Hoy recibí un mensaje de una antigua amiga. Era una foto de su niño recién nacido, una de esas imágenes que empiezan a acumularse, en los últimos tiempos, en mi teléfono. He entrado en la vorágine de fotografías de bebés ajenos a la expectación que generan y de padres sonrientes. Será la edad.

Hacía muchos, demasiados años que no sabía de ella. Las personas a nuestro alrededor cambian: algunos llegan, otras muchas se van. Entre las que se han ido, sólo recuerdo unas pocas que tenían razones de peso para desaparecer. A algunas no quise verlas más. Otras cambiaron, o cambiamos, de modo que ya no nos sentíamos cómodas. Otros amigos tenían un carácter egoísta, cenizo, manipulador, que decidí eliminar de mi vida, muchas veces de puntillas, con la cobardía del que intenta que no le descubran en la huida.

Cuento estos casos con los dedos de una mano. La mayoría de los que una vez llamamos amigos se perdieron en el tiempo, sin saber cuándo decidimos que no merecía la pena seguir cuidando de ellos. Incapaces de recordar en qué instante creímos que no eran tan importantes y podíamos dejarlos pasar. Habiendo olvidado el momento en que se decidió todo.

Al final, sólo unos pocos permanecen. Tal vez sea mejor así.

(Hace poco escribía Javier Marías sobre este tema. Si alguien quiere leer algo con sentido, a él os remito).