Un bidón de cinco litros

Cuando éramos niños nos llevaron de visita a la embotelladora. La fábrica estaba a casi cuatro kilómetros del pueblo —no es que me acuerde, no tengo tan buena memoria: lo he buscado en Google Maps — y fuimos andando en fila por el arcén de la carretera, contentos de perdernos una mañana de clase. 

No guardo ningún recuerdo de la visita a la fábrica. Solo que, cuando terminó, el guía señaló un montón de garrafas de agua de cinco litros y nos dijo, con voz alegre, que nos podíamos llevar una. ¡Qué emoción! Todos los niños fuimos corriendo y cargamos como pudimos uno de esos bidones de cinco litros, contentos de llevarnos algo de vuelta a casa.

Recuerdo el regreso como si fuera hoy, caminando por el mismo arcén pero esta vez mucho más despacio. Hacía sol y teníamos que detenernos cada pocos pasos para cambiar el bidón de agua de mano. Cinco kilos eran muchos kilos para que unos niños los cargaran durante tanto rato, pero todos estábamos emocionados por el regalo que íbamos a llevar a casa. ¡Debía valer una fortuna! Sin duda, el cansancio merecía la pena.

Cuando, por fin, agotada y muerta de sed, llegué a casa, dejé con dificultad la garrafa sobre la encimera de la cocina. Mi madre me miró con cara rara pero no dijo nada, así que fui yo la que hablé: 

— ¿Cuánto cuesta, mamá? —pregunté, ansiosa. —¿Doscientas, trescientas pesetas?

— Hija, pero qué doscientas pesetas. ¡Esto no cuesta ni veinte!

Aquel fue el primero de una larga lista de desengaños. Fue la primera vez que pensé que se habían reído de mí y que juré que no me volvería a pasar. Por supuesto, no fue la última vez. Lo malo, es que todavía no estoy ni en la penúltima ronda. 

En la foto, el camino de vuelta a casa.

Traducción simultánea

Todo grupo de amigos próximos a la cuarentena alquilan, tarde o temprano, una casa rural en la que pasar el fin de semana. Por el precio que cuesta un hostal decente te haces con una casa de pueblo de techos altos, vigas de madera y muebles rústicos. Aunque, a diferencia del hostal, aquí hay que hacer la lista de la compra, cocinar y dejarlo todo limpio cuando terminas. 

La casa de este fin de semana estaba en un pequeño pueblo que me hubiera permitido ocultarme fácilmente de mis enemigos, en caso de tenerlos. El pueblo tenía un acceso desde la carretera secundaria casi inexistente, una calle mayor que se estrechaba hasta el punto de tener que plegar los retrovisores del coche y una wifi que brillaba por su ausencia. Sí, soy como Sandra Bullock en esa escena de La Red en la que, en la playa, se lamenta por no tener internet. Soy como Sandra Bullock pero veinticinco años más tarde y en un pueblo de Lleida. 

Llevaba todo el sábado metida en casa – para eso se va a las casas rurales, para amortizarlas – cuando decidí salir a dar una vuelta. El pueblo estaba en silencio y hacía frío, y por un rato olvidé mis reticencias y disfruté de las fachadas de piedra, las ventanas llenas de flores y los gatos que se cruzaban en mi camino, perezosos. No estaba tan mal. Había visto un par de carteles anunciando varias casas rurales en el último desvío y pensé que era una buena manera de darle una segunda vida a unas viviendas que, de otro modo, se echarían a perder. 

En ese momento me encontré con una señora que, sentada en el poyo de su casa, daba de comer a los gatos. Sintiéndome pletórica, me lancé:

– Bona tarda, – saludé, haciendo gala de mi don de lenguas.

La señora me miró de arriba a abajo y murmuró algo entre dientes que no entendí, por lo que procedí a responder con una sonrisa y a seguir mi camino.

Era una lástima no haber podido entenderla, pensé. Me podría haber contado cosas del pueblo, de su gente. En esas estaba cuando, dos casas más allá, encontré un cartel colgado en la fachada. “Bando municipal” decía el encabezamiento. Lo leí, primero en diagonal y, la segunda vez, con atención. Al parecer, los vecinos estaban cansados de las casas rurales y pedían, por favor, que no se les molestase.

No hay nada como una buena traducción simultánea. 

En la foto, el gato aburrido de los turistas rurales.