El sol y la lluvia

En Liverpool trabajaba en un antiguo hospital. Era un edificio de ladrillo rojo y techos altos al que se accedía por una amplia escalinata y en cuyas paredes se conservaban las marcas que habían dejado las bombas en la Segunda Guerra Mundial. Lo sé porque había una placa que así lo indicaba, no porque sea especialista en reconocer desconchones en la pared. 

Mi puesto de trabajo estaba en una nave enorme, con altos ventanales a ambos lados, a través de los cuales podía ver el cielo. Éramos muy pocos para un espacio tan grande, los ingleses fueron unos adelantados a la distancia de seguridad, y todo el mundo permanecía en silencio. Yo llegaba por la mañana y lo primero que hacía era cambiarme los zapatos. Me quitaba las zapatillas de deporte y me ponía mis bailarinas para parecer una persona de bien. Fue ensayo error, después de quedarme sin suelas en medio de un parque, literalmente, cuando aún estaba a un par de kilómetros de casa al poco tiempo de llegar a la ciudad. Después de cambiarme el calzado me sentaba en mi escritorio durante ocho o nueve horas que nunca se me hacían demasiado largas. La verdad es que me encantaba Liverpool. En pocos sitios he estado mejor que allí.

Un día, trabajando, levanté la cabeza. Miré hacia las ventanas de mi izquierda y vi que estaba lloviendo. Qué novedad, pensé. En Liverpool llovía los siete días de la semana, pero gracias al viento que llegaba del mar, también todos los días hacía sol, así que mis genes españoles no sufrían demasiado. Distraída, giré la cabeza al otro lado, hacia los ventanales de mi derecha. El sol brillaba con fuerza. Durante unos segundos me quedé parada, hasta que volví a mirar a mi izquierda, donde seguía lloviendo con ganas. Sí, era cierto. En un lado del edificio llovía y en el otro hacía sol. Miré a mis colegas, todos ensimismados en sus pantallas. Sin perder un momento chisté a mi compañera china, a la que traía por la calle de la amargura con mis conversaciones:

— Yelan. Llueve y hace sol al mismo tiempo. —Le señalé ambas ventanas, por si no me explicaba bien.

— That’s funny, —respondió, porque era mujer de pocas palabras, y había vuelto a teclear en el ordenador.

Yo necesitaba algo más. Me levanté y fui directa hasta Elisa, una siciliana que se entusiasmó con mi hallazgo. No es posible ignorar a una siciliana y a una española, así que, en menos de un minuto, todos estábamos de pie corriendo de un lado a otro de la nave, como niños saltando en los charcos. 

Sí, esta semana utilizo el blog para contar un recuerdo bonito. Sin dobleces, con poca ironía y, por supuesto, sin moraleja. A veces hace falta algo así.

En la foto, la vista desde una de mis ventanas.

21 de mayo 2020

Una de las leyes de Murphy dice que las posibilidades de perderte son directamente proporcionales a las veces que te dicen que no hay pérdida. Así me siento yo estos días. Ponte la mascarilla cuando haya menos de dos metros de distancia, me dicen. Es fácil, añaden. No se atreven a decir nada más porque pueden ver cómo cambio de color, del blanco al rojo, y cómo empiezo a sudar profusamente. Lo ven porque aún no me he puesto la dichosa mascarilla, claro. Que yo soy matemática, no se me puede decir eso. ¿Dos metros cómo? ¿De radio? ¿Exactos o a ojo de buen cubero? Después de caminar tres baldosas con el metro de carpintero extendido frente a mí, mi marido me lo arranca de las manos y lo tira a una papelera. ¡Qué mal genio! Al final, hemos terminado en este sitio. No lo he medido, pero creo que respeto la distancia de seguridad. 

Ropa blanca

Los vecinos del bajo han tendido una colada de ropa blanca. La ropa blanca tiene algo de festivo, de alegre, de película veraniega en la que, en un campo verde, crecen las amapolas y corren los niños descalzos. Aquí no hay nada de eso: el patio de manzanas no tiene nada de fiesta, ni de veraniego ni, mucho menos, de naturaleza. Es, lo que podría llamarse, un patio de manzanas urbano tirando a feo.

Me detengo con las manos en el teclado. Patio de manzanas feo probablemente sea un pleonasmo. Isabel, te estás yendo de tema. Sigo escribiendo.

Miraba la ropa y añoraba una primavera distinta a esta. Pensaba en los caminos que no he recorrido, en las montañas que hace demasiado tiempo que no veo y en todos esos bocadillos que no me he tomado sentada al lado de un río. Sí, me imaginaba comiendo, porque para mí la comida es sinónimo de alegría. Y no, no pensaba en la alergia, porque todos los sueños son perfectos y en ellos no estornuda nadie. 

Pensaba en todo eso cuando ha salido a la terraza el padre de familia. Se ha detenido, ha mirado a su alrededor sin verme y ha sacado el paquete de cigarros del bolsillo. Se ha puesto a fumar paseando arriba y abajo, a pocos centímetros de la ropa blanca. Me he enfadado, porque esa ropa tenía toda la pinta de haber sido lavada con kilos de suavizante y el olor, ese maravilloso olor a ropa limpia, se estaba echando a perder. Cuando me estaba planteando tirarle una pinza a la cabeza, lo único que tenía cerca, ha terminado el cigarro y ha entrado en casa.

La tranquilidad no ha durado mucho, ya que la madre ha aparecido en la terraza con la taza de café en la mano. Ha ido directa hasta la cuerda de tender la ropa y ha ido pasando la mano por cada una de las prendas, comprobando si estaban secas. Mientras lo hacía, sorbía el café. Me he agarrado a la barandilla con fuerza, temiendo que una gota saltase en cualquier momento, estropeándolo todo, pero al parecer no ha ocurrido. Cuando ha terminado su comprobación y ha dado un paso atrás se me ha escapado un suspiro de alivio. Estaba a salvo.

En ese momento ha llegado la niña. Sin que nadie lo evitase ha corrido directa hacia la ropa y se ha lanzado sobre ella, abrazándola y, sin duda, dejando un rastro de mocos. La madre, como único gesto, le ha tocado un poco la cabeza cuando iba por la tercera sábana. Algo que, como podéis imaginar, no ha tenido el más mínimo efecto.

Se han ido, pero yo he seguido mirando la ropa blanca un poco más. Ya no me parece verano, ni tampoco día de fiesta. Hay cosas que siempre, al final, se terminan ensuciando.

En la foto, la ropa blanca a la espera de que alguien la ensucie de nuevo.

14 de mayo 2020

Ya han abierto el bar de debajo de casa. Bajo corriendo el primer día, a primera hora, no vayan a quitarme el carnet de españolidad. Una vez allí, ya no lo tengo tan claro. En teoría puedo juntarme con nueve amigos más, pero son las nueve y media de la mañana y, franjas horarias aparte, igual tienen algo que hacer. Después está el tema del espacio: en este bar cabemos diez personas si nos ponemos todas en la misma baldosa. Yo no soy de números, pero creo que eso no cumple la distancia de seguridad. Así que me quedo solo, pero como no quiero que nadie me agüe la fase uno, pido como si fuéramos un grupo. Levanto el primer vaso, brindo con mis amigos des-confinados invisibles, y me tiro la bebida por encima de la mascarilla. Esto debe de ser la nueva normalidad. 

Nocturno

La primera vez que llegué a Estambul lo hice de noche.

Los vuelos charter siempre tienen los peores horarios. Cuando el autocar nos recogió en el aeropuerto para llevarnos hasta la ciudad ya era noche cerrada. Yo miraba y miraba por la ventanilla, porque aunque en condiciones normales me duermo con el menor traqueteo, al viajar no cierro los ojos. Es una regla no escrita: parpadear lo mínimo posible para no perder detalle.

Mi madre llevaba años hablando de Estambul. Me había contagiado su curiosidad, la ilusión ante la ciudad de los bazares y las mezquitas. Pero la visión desde detrás de la ventanilla era deprimente. Una ciudad que no aparecía nunca. Unos barrios cualquiera de la periferia. Cuando, al fin, entramos en la ciudad, solo vi casas pequeñas y bajas que en nada se parecían a lo que había imaginado. Era ya de madrugada cuando el autocar se detuvo en una calle cualquiera y todos descendimos, muertos de sueño. Cumplimos el ritual de esperar a que el conductor sacara las maletas, ese en el que tu equipaje siempre sale el último. Apelotonados en el hall del hotel aguardamos entre bostezos a que gritaran nuestro nombre para irnos a dormir al número de habitación indicada. Son todos estos rituales de los viajes organizados —las listas, las esperas, los recuentos constantes como a  niños pequeños que se pierden y, lo peor, en los que siempre se pierde alguien — lo que me hace renegar, desde que tengo uso de razón, de las agencias de viajes. 

Por fin subimos a la habitación. Fuera, la ciudad era una masa oscura, pero yo no quise acostarme todavía. Miraba por la ventana de forma insistente, tanto, que al final distinguí, entre sombras, lo que parecía una cúpula y un minarete. Eso me tranquilizó. Al menos, había mezquitas. Entonces, alguien empezó a cantar. La primera vez que se escucha el adhan nunca se olvida. Atenta al cántico, todavía de noche, comprendí que había llegado al lugar correcto y, por fin, me fui a la cama.

Hace menos de un mes debería haber estado allí de nuevo. Nos quedamos sin mes de abril, pero por suerte hay uno en cada calendario. 

Una última cosa: si podéis evitarlo, nunca lleguéis de noche. A los sitios nuevos, se llega de día. Es otra de mis reglas no escritas.

En la foto, el espectacular paisaje camino de la ciudad.

7 de mayo 2020

Llevo un par de días dándole vueltas. Me da pena que J2 solo pueda salir de paseo una hora, a un kilómetro de distancia. Así que hoy he decidido darle una sorpresa. La he despertado a las 6 de la mañana, porque no había tiempo que perder, y la he montado en la bici. Ya sé que los niños salen a partir de las 12 pero, técnicamente, no pisaba el suelo, así que no cuenta. Una vez en la calle, he pedaleado como si me fuera la vida en ello. La cría se ha despertado y la he ido entreteniendo a base de galletas y plátanos. He pedaleado tanto que no sé dónde estoy, a mí este sitio no me suena de nada. Se está haciendo de noche y estoy cansada, así que he llamado a J1 para que venga a buscarnos. Ya verás como nos pille la policía, tres en el mismo coche y con una niña pasadas las 7. Voy preparando el dinero para la multa.

El primer día

Me levanto sin despertador. El post podría terminar aquí, dado lo extraordinario del suceso, pero entonces sería un microrrelato. Así que sigo escribiendo. 

Me levanto sin despertador y empiezo a vestirme, nerviosa. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que me puse la ropa de correr. La cuarentena se nota, pero por suerte llevo mallas elásticas, así que no he perdido toda mi dignidad. 

 Es temprano pero hay más gente que nunca. Empiezo a correr antes de que el GPS del reloj detecte señal. No hay nada más ridículo que ese acto de esperar plantado en la acera con los brazos en jarras o, peor aún, levantando la muñeca como si esperases una señal procedente del espacio exterior. Hoy no estoy dispuesta a pasar por eso. Qué más da, pienso, llevo años corriendo, sé controlar mi ritmo sin necesidad de relojes. Mentira. Tras correr como pollo sin cabeza durante un kilómetro me obligo a bajar el ritmo para llegar con vida al final del entreno. 

Disfruto mirando a mi alrededor. En el camino ha crecido la vegetación como si se hubiera apresurado a borrar nuestro rastro. Me dedico a observar a la gente con curiosidad. Hay corredores vestidos como si estuviesen disputando un maratón en Siberia. Pensar en correr con sudadera de algodón y pantalones a lo Rocky Balboa me produce angustia. Otros corren cargados: mochilas gigantes,  gymsacks que tintinean como si estuviesen llenos de calderilla y riñoneras adquiridas el mismo año en que su propietario compró esa camiseta de Barcelona 92 que luce con orgullo.

No son corredores habituales, pienso, con cierta superioridad. Mi pensamiento se confirma cuando los adelanto, uno tras otro, pese a ir tan despacio que empiezo a dudar de si el GPS ha cogido señal o si cree que sigo encerrada en el salón de casa pasando la mopa. Delante de mí veo a un hombre con chándal de tactel que jadea fuertemente. Cuando estoy a punto de sobrepasarlo, acelera. Es algo habitual. Sé que no durará mucho, por lo que acelero hasta ponerme a su altura, manteniendo, por supuesto, la distancia de seguridad, hasta que lo adelanto. No es tarea fácil. Cuando ya lo he pasado, siento su aliento en la nuca. En ese momento el coronavirus es lo último que me importa. Mi único objetivo es que no me adelante un señor en chándal ochentero que duplica mi peso, así que aprieto los dientes y acelero un poco más. 

El corazón está a punto de salirme por la boca pero sigo escuchando sus pasos, así que recurro a la maniobra más patética posible: salgo del camino principal, haciendo que nuestras rutas se separen. En cuanto doy la vuelta a la esquina, me detengo. Respiro hondo tratando de recomponerme, mientras me digo que qué necesidad, qué más me da que me adelante nadie, ni que fuera medallista olímpica. Debería disculparme por ser tan idiota, pienso. En esas estoy cuando escucho, de nuevo, ese jadeo inconfundible. Levanto la cabeza y descubro cómo el corredor viene hacia mí, como si hubiera dado la vuelta a la manzana en dirección contraria solo para reencontrarse conmigo. 

Como no tengo aire no puedo disculparme. En su lugar levanto la mano y le digo hola con mi mejor sonrisa, a lo que responde con una inclinación de cabeza. Me giro para verlo desaparecer tras la esquina, su chándal haciendo ese fru-frú inconfundible cuando roza la tela. El primer día es especial, pero el segundo será mejor.

En la foto, yo fingiendo que se me han desatado los cordones para descansar.

30 de abril 2020

Ya está todo preparado. Por cosas como esta quería ser alcalde. Ni sueldo, ni privilegios, ni nada. La seguridad y satisfacción de mis vecinos es lo más importante para mí. A día de hoy puedo garantizar que está todo a punto. Hemos limpiado el mar con un buen detergente: hay un poco de espuma en la orilla, pero huele mucho mejor. Las patrullas de limpieza han gastado la lejía de todo el año para dejar cada grano de arena como los chorros del oro. La gente de control de plagas ha puesto trampas para insectos y todo bicho viviente. Para terminar, hemos escondido a lo largo y ancho de la playa unos cepos tamaño XL, porque con este virus toda precaución es poca. Ahora sí, amigos, vecinos, traigan a sus hijos sin miedo al coronavirus. ¡Que corran! ¡Que chapoteen! Yo, vuestro alcalde, declaro esta playa lugar seguro. 

Día 44. Continuará

Salgo con J2 a la calle. Estoy más emocionada que ella. Una vez que se hace con su caja de tizas de colores solo quiere volver a casa para pintarse de arriba a abajo con ellas. No es una suposición: es lo que realmente ha hecho.

Leo que el sábado ya podré salir a hacer deporte. Inspecciono con ojo crítico mis nuevas lorzas. Decido que, si me cabe, me pondré una camiseta de la maratón para que no me pare la guardia civil al grito de, señora, usted no ha hecho deporte en su vida.

Recibo un correo del trabajo con los plazos de la desescalada. Había olvidado esos emails burocráticos interminables, con sus palabras clave en negrita para los que no tenemos un título de la facultad de derecho. Es entrañable.

Cada día aplaude menos gente y hay más saludos. La ratio es dos minutos de aplausos y tres de preguntar qué tal ha ido el día. Hasta el de la cacerola se ha cansado ya, tres días y ha destrozado todo el menaje. Me gustaría organizar una cena comunal cuando todo esto acabe. Con una mesa larga y con cada vecino bajando su especialidad culinaria. Yo compraría saladitos. Después pienso que menudo follón, y se me pasa.

Me descubro pensando en el sitio más lejano al que poder viajar estas vacaciones sin saltarme las normas del confinamiento. Mañana lo busco sin falta en Google Maps. No sé si habrá algo digno de ver, pero quiero pararme dondequiera que sea y gritar, chúpate esa, kilómetro de distancia.

Miro la fecha. Cuarenta y cuatro días. Hemos superado la cuarentena, aunque ya no me parece que vivo en una. Al final, el confinamiento se irá diluyendo poco a poco, hasta que no sepamos si hemos vuelto a la normalidad o seguimos en él. Yo, mientras tanto, seguiré comiendo conguitos mientras miro por el balcón, tratando de descubrir quién es el espía. Si algún día lo descubro, os lo cuento.

#cuarentena #covid-19

Un bidón de cinco litros

Cuando éramos niños nos llevaron de visita a la embotelladora. La fábrica estaba a casi cuatro kilómetros del pueblo —no es que me acuerde, no tengo tan buena memoria: lo he buscado en Google Maps — y fuimos andando en fila por el arcén de la carretera, contentos de perdernos una mañana de clase. 

No guardo ningún recuerdo de la visita a la fábrica. Solo que, cuando terminó, el guía señaló un montón de garrafas de agua de cinco litros y nos dijo, con voz alegre, que nos podíamos llevar una. ¡Qué emoción! Todos los niños fuimos corriendo y cargamos como pudimos uno de esos bidones de cinco litros, contentos de llevarnos algo de vuelta a casa.

Recuerdo el regreso como si fuera hoy, caminando por el mismo arcén pero esta vez mucho más despacio. Hacía sol y teníamos que detenernos cada pocos pasos para cambiar el bidón de agua de mano. Cinco kilos eran muchos kilos para que unos niños los cargaran durante tanto rato, pero todos estábamos emocionados por el regalo que íbamos a llevar a casa. ¡Debía valer una fortuna! Sin duda, el cansancio merecía la pena.

Cuando, por fin, agotada y muerta de sed, llegué a casa, dejé con dificultad la garrafa sobre la encimera de la cocina. Mi madre me miró con cara rara pero no dijo nada, así que fui yo la que hablé: 

— ¿Cuánto cuesta, mamá? —pregunté, ansiosa. —¿Doscientas, trescientas pesetas?

— Hija, pero qué doscientas pesetas. ¡Esto no cuesta ni veinte!

Aquel fue el primero de una larga lista de desengaños. Fue la primera vez que pensé que se habían reído de mí y que juré que no me volvería a pasar. Por supuesto, no fue la última vez. Lo malo, es que todavía no estoy ni en la penúltima ronda. 

En la foto, el camino de vuelta a casa.