20 de julio 2020

– Sí, ya sé que Sanidad recomienda colocar un hidroalcohol en la puerta y que la gente se lave las manos al entrar, pero aquí nos gusta ir más allá. A fin de cuentas, la seguridad del cliente está por encima de todo. Así que desnúdate. Como si estuvieras en tu casa, no tengas vergüenza. Después te metes en la fuente guardando la distancia de seguridad, no vayamos a tener un disgusto. ¿Que si irrita? No, mujer, qué va. La única recomendación es que cierres bien los ojos y que no te quites la ropa interior. Alguno se ha quejado de sequedad después, pero no hay nada que no arregle un poco de Nivea. Venga, no seas tímida. Cómo, ¿que no quieres comprar nada? Tú misma, pero no hay comercio más seguro que el mío. ¿Te puedo dar un consejo antes de irte? Hazte una PCR. Tienes muy mala cara. 

El verano

Cuando iba al colegio el verano irrumpía en escena con estrépito. Ahí estaban los exámenes como colofón a un montón de materias que llenaban el calendario, aunque nunca llegábamos al final de los libros de texto. La emoción por el último día de clase que parecía que no iba a llegar, pero allí estaba. Ese último día recogíamos el boletín de notas y el papelón, un cucurucho de papel lleno de chucherías que no cumpliría los estándares de ningún real fooder y que algunos miembros del AMPA, sensibles a una alimentación saludable y equilibrada del alumnado, ya habrán suprimido a estas alturas. Cuando eras un poco más mayor el papelón era sustituido por la cena de fin de curso. Durante semanas era el tema de conversación: dónde se iba a hacer, el menú, qué te ibas a poner. Todavía no había llegado el segundo y ya habían volado los primeros embutidos del plato combinado entre las mesas, como en otra época no muy lejana en la que lanzabas los gusanitos a puñados. 

Ahora el verano empieza y no hay nada. Trabajas un día, y otro día más. De repente hace mucho calor, pero eso no es indicativo de nada porque vives en el desierto y a lo mejor es abril. Para colmo en junio siempre hace frío, por lo que es imposible orientarse a golpe de termómetro. Así que sigues trabajando como si fuera siempre el mismo día, hasta que notas que estás cansado. Y piensas que debe de ser el estrés, o la alergia primaveral, que en los últimos años se ha convertido en una alergia que por su duración debería llamarse ernoprimaveraveral. Una persona te recomienda jalea y otra que estés en contacto con la naturaleza y abraces a un árbol. Hasta que, por fin, un día paseando te das cuenta de que han abierto las piscinas y de que llevas ya varios días escribiendo un número siete cuando pones la fecha. Y entonces eres consciente de que estás en julio, ¡en julio! Pero todavía hay una montaña de asuntos pendientes sobre tu mesa y ya no puedes más. En ese momento te tomas de un trago la jalea real, abrazas a unos cuantos árboles escuálidos que crecen en tu calle y sacas fuerzas de flaqueza para hacer un último sprint. 

¡Ya se ven las vacaciones!

En la foto, la pala que lleva esperando desde el año pasado a que aprenda a hacer castillos de arena. 

26 de junio 2020

Ya ha pasado el peligro. No va a volver a ocurrir. Esa amenaza es solo un truco para tenernos controlados. Esto ha sido un mal sueño, pero ya pasó. Estoy harta de lavarme las manos. Me las he lavado más en los últimos tres meses que en toda mi vida. ¿Y qué me dices de la mascarilla? Madre del amor hermoso, mascarilla con este calor, me mareo solo de pensarlo. A mí nadie me amarga así. Es momento de estar con los amigos, de disfrutar de la fiesta y de beber todo lo que no he bebido estos días. Estoy feliz. Me siento como esos cervatillos que saltan alegres por el bosque de un lado a otro. No hay nada que temer. 

Turista

Las Pirámides de Giza eran la última parada después de casi diez días recorriendo el país. Comenzamos el viaje en Luxor y, desde allí, remontamos el río hasta llegar a la presa de Asuan, donde cogimos un vuelo en dirección a El Cairo. Era uno de esos viajes organizados donde te llevan de un lugar a otro sin tener que preocuparte por el horario de autobuses o, mucho menos, por dónde está la dichosa parada,  y en el que el guía se refería a nuestro grupo como “Faraones súper súper guapos”. Yo acababa de terminar la adolescencia y no estaba para tonterías, así que le dedicaba mi peor mirada siempre que tenía ocasión. No parecía importarle. 

En aquella época, Egipto se recuperaba del atentado sobre un grupo de turistas alemanes en El Valle de los Reyes. Por todas partes se veían autobuses llenos de turistas y, casi en la misma medida, militares con enormes metralletas que no hacían más que aumentar la sensación de inseguridad. Aquel día, cuando llegamos a las Pirámides, la explanada ya estaba atestada de todos ellos —turistas como nosotros y militares de apariencia aburrida—. De aquella visita, recuerdo algunas cosas. La primera, que las Pirámides eran grandes, pero no tanto como las había imaginado. Malditas expectativas, siempre arruinando la realidad. La segunda, que era cuando menos sorprendente construir un edificio de semejante tamaño para que la entrada fuera un agujero diminuto por el que tenías que deslizarte a cuatro patas para llegar hasta la cámara mortuoria. Eso me llevó a mi tercera conclusión tras cruzarme en un estrecho pasadizo con  unos cuantos turistas de gran tamaño, y es que, definitivamente, no tenía claustrofobia.

La última conclusión llegó cuando estábamos a punto de irnos. Una amiga me había pedido un poco de arena de las Pirámides. Al parecer le gustaban ese tipo de recuerdos, creo que infravaloraba los marcapáginas de papiro y las pulseras con escarabajos azules. Como no sé decir que no, llevaba un bote vacío de carrete de fotos en el que pensaba transportar la arena. Cuando llegó el momento, me agaché y, solo entonces, me di cuenta de que no había arena que coger, tan solo un fino polvillo sobre el que se extendían latas de cocacola vacías, botellas de plástico, envoltorios de comida y Kleenex usados. Tardé un buen rato en encontrar un cuadrado de suelo limpio de un palmo de lado, en el que recogí unos pocos granos de arena antes de cerrar el bote con aprensión. 

Descubrir que no había arena en las Pirámides fue uno de mis mayores chascos. Me hizo entender lo mal que responde la realidad a las expectativas que nos hemos creado en torno a ella. Me hizo pensar que hay cosas que es mejor ver desde lejos, sin llegar a acercarnos demasiado. 

En la foto, cuando tu imaginación te juega una mala pasada.

15 de junio 2020

En cada pedazo de papel he ido apuntando un plan pendiente para llevarlo a cabo cuando terminase la cuarentena. En estos diez papeles de aquí están los cafés y comidas con distintos amigos. En esta hilera, las fiestas familiares que quedaron postpuestas. Si al menos fueran de la misma rama de la familia podría juntarlos a todos, pero no tengo esa suerte. Esta otra fila corresponde a las escapadas, incluyendo la visita al pueblo de mi amiga de la universidad, cuya amistad recuperé un día de bajón. Hay notas que no dejan lugar a dudas — peluquería, fisio — y otras que garabateé tan deprisa que no soy capaz de descifrar. 

Calculo que, para final de año, me habré puesto al día. 

Echo de menos la cuarentena.

Un misterio sin resolver

Después de semanas de aplausos amenizadas por alguna cacerolada entre medias, el piso del vecino diógenes sigue siendo un misterio. En todo este tiempo el balcón, lleno de cachivaches inservibles, ha aumentado su contenido pese a que parecía imposible. En las últimas semanas se han unido a la colección un búho de plástico sobre la barandilla, los restos de una lámpara de pie y unas cajas de cartón de aspecto dudoso. No sé en qué momento aparecen: la persiana siempre está en la misma posición y la ventana nunca ha llegado a abrirse. Si no fuera por la luz que, en ocasiones, se enciende por la noche, pensaría que el piso está abandonado.

Hoy, sin embargo, se ha producido una novedad. Dos personas han aparecido en el balcón. Él, caquéxico, vestía una camiseta interior blanca y unas gafas enormes de aviador. Ella exhibía toda la carne que a él le faltaba y su cabeza, con el pelo recogido en un moño apretado, parecía extremadamente pequeña en relación a su cuerpo. 

La extraña pareja estaba colocando unas planchas de plástico traslúcido en la barandilla. El objetivo parecía claro, y no era otro que ocultar de miradas indiscretas, como la mía, lo que allí van acumulando. Entro en casa preguntándome qué puedes querer esconder cuando parece que ya lo hemos visto todo de ti. Qué te mueve a exponerte a salir al balcón a pleno día, dejándote ver por primera vez en años. Sin duda debía tratarse de un gran misterio que nunca tendría respuesta. 

Es domingo por la noche y acabo de salir al balcón. La mayor parte de la gente duerme, pero la luz de mis vecinos está encendida. El plástico hace pantalla y proyecta en la calle y sobre mi fachada, como si fuera un gigantesco espectáculo de sombras chinescas, tres monstruosas plantas de maría. 

Misterio resuelto. 

En la foto, el segundo acto del espectáculo de sombras chinescas.

5 de junio 2020

Va a haber una segunda oleada. Lo ha dicho Ana Rosa en la tele. El problema es que estoy un poco sorda y no he oído cuándo va a ser, pero parece que ya mismo. Yo aún no he salido de casa, porque cuando sale Pedro a explicar cómo van las cosas me quedo frita y no me entero de nada, así que se me van a juntar las oleadas esas. Por si acaso, como parece que ahora está todo tranquilo, he salido un momento al balcón y lo he dejado todo preparado. Ahora ya puede venir lo que sea. Hale, feliz Navidad. 

La asesina de plantas

Regreso a mi despacho por primera vez en casi tres meses. Compruebo que la cerradura está intacta, como si fuera necesario. Alguien me preguntó hace poco si no me daba miedo tener mis papeles allí guardados. De mi cabeza surgió una nubecita blanca y esponjosa en la que un ladrón con guantes y antifaz forzaba la puerta para hacerse con mi certificado de la ANECA. No parecía muy realista pero era, cuando menos, una imagen divertida. 

El olor a cerrado me golpea con fuerza. Enciendo la luz y lo primero que veo es la planta. Mi Spatifilium está momificado, las antes gruesas hojas verdes se han convertido en estrechas varillas. No es la primera vez que me olvido de ella. Ya había sobrevivido, a duras penas, a las vacaciones pasadas. Qué lástima, pienso, meneando la cabeza, pero no puedo dedicarle más tiempo. Mientras registro el armario, porque yo sí que necesito ese certificado que el ladrón ha despreciado, lanzo una mirada distraída a los cactus. Están intactos. Quién sabe, a lo mejor son de plástico.

Estoy llegando a casa cuando me remuerde la conciencia. Por no hacer, no he echado ni una gota de agua en la maceta, en un intento de reanimación desesperado. Soy una psicópata, pienso, y miro a mi alrededor buscando algo que me consuele de la horrible persona que soy. Mi vista se topa con un montón de plantas en venta en la puerta de un bazar chino. Qué mejor que comprar una nueva en la que redimirme, así que me detengo. Me agacho e inspecciono durante un rato los geranios. No me decido. Después de varios minutos, el chino sale de la tienda y se agacha a mi lado:

— Este es el mejor. —Me dice, cogiendo una con decisión. 

— Gracias, —respondo, sonriendo. —No entiendo mucho, —añado, porque decir que soy una asesina de plantas suena algo brusco.

— Es muy resistente. Es fácil. 

El chino me devuelve el cambio. Diría que, debajo de la mascarilla, está sonriendo. Le devuelvo una sonrisa invisible y salgo de la tienda muy tiesa llevando con cuidado la planta. Esta vez es la definitiva. 

Mierda. Me acabo de dar cuenta de que, tres días después, sigue dentro del armario metida en la bolsa. 

En la foto, mi próxima víctima.

27 de mayo 2020

Tengo tantas ganas de ver el mar que he instalado un acuario en casa. Todo comenzó con una pecera sobre el mueble del salón, algo sencillo, pero ya se sabe cómo son estas cosas. Empecé cambiando el aparador por uno más grande, seguí tirando paredes y terminé cegando las ventanas para no asustar a los peces abisales. Ni siquiera cuando el presidente de la comunidad amenazó con denunciarme al ver a la grúa maniobrando para meter al tiburón en el tanque de agua, me arrepentí de lo que estaba haciendo. Ahora aquí, sentada en mi sofá, me siento flotar. Nada me hace más feliz.  

El sol y la lluvia

En Liverpool trabajaba en un antiguo hospital. Era un edificio de ladrillo rojo y techos altos al que se accedía por una amplia escalinata y en cuyas paredes se conservaban las marcas que habían dejado las bombas en la Segunda Guerra Mundial. Lo sé porque había una placa que así lo indicaba, no porque sea especialista en reconocer desconchones en la pared. 

Mi puesto de trabajo estaba en una nave enorme, con altos ventanales a ambos lados, a través de los cuales podía ver el cielo. Éramos muy pocos para un espacio tan grande, los ingleses fueron unos adelantados a la distancia de seguridad, y todo el mundo permanecía en silencio. Yo llegaba por la mañana y lo primero que hacía era cambiarme los zapatos. Me quitaba las zapatillas de deporte y me ponía mis bailarinas para parecer una persona de bien. Fue ensayo error, después de quedarme sin suelas en medio de un parque, literalmente, cuando aún estaba a un par de kilómetros de casa al poco tiempo de llegar a la ciudad. Después de cambiarme el calzado me sentaba en mi escritorio durante ocho o nueve horas que nunca se me hacían demasiado largas. La verdad es que me encantaba Liverpool. En pocos sitios he estado mejor que allí.

Un día, trabajando, levanté la cabeza. Miré hacia las ventanas de mi izquierda y vi que estaba lloviendo. Qué novedad, pensé. En Liverpool llovía los siete días de la semana, pero gracias al viento que llegaba del mar, también todos los días hacía sol, así que mis genes españoles no sufrían demasiado. Distraída, giré la cabeza al otro lado, hacia los ventanales de mi derecha. El sol brillaba con fuerza. Durante unos segundos me quedé parada, hasta que volví a mirar a mi izquierda, donde seguía lloviendo con ganas. Sí, era cierto. En un lado del edificio llovía y en el otro hacía sol. Miré a mis colegas, todos ensimismados en sus pantallas. Sin perder un momento chisté a mi compañera china, a la que traía por la calle de la amargura con mis conversaciones:

— Yelan. Llueve y hace sol al mismo tiempo. —Le señalé ambas ventanas, por si no me explicaba bien.

— That’s funny, —respondió, porque era mujer de pocas palabras, y había vuelto a teclear en el ordenador.

Yo necesitaba algo más. Me levanté y fui directa hasta Elisa, una siciliana que se entusiasmó con mi hallazgo. No es posible ignorar a una siciliana y a una española, así que, en menos de un minuto, todos estábamos de pie corriendo de un lado a otro de la nave, como niños saltando en los charcos. 

Sí, esta semana utilizo el blog para contar un recuerdo bonito. Sin dobleces, con poca ironía y, por supuesto, sin moraleja. A veces hace falta algo así.

En la foto, la vista desde una de mis ventanas.