Mañanas de petanca

Crecí viendo Los Vigilantes de la Playa. ¿Os acordáis de ellos? Qué pregunta, cómo olvidarlos. Los guapos vigilantes permanecían apostados en las torres de vigilancia mirando por sus prismáticos y, cuando era necesario, corrían, ellas con sus bañadores de tiro alto, mientras el agua salpicaba las piernas, en una acción que discurría a cámara lenta para que pudiéramos captar todos los detalles. En esa serie californiana aprendí que en las playas no solo se tomaba el sol o se jugaba a las palas, sino que también servían para practicar deportes más sofisticados, como el patinaje y el voley y, sobre todo, para que los llamados Baywatch lucieran palmito.

Pero hay algo de lo que no pueden presumir las playas de Santa Mónica. Un orgullo patrio que no está al alcance de los americanos. Aquí, en las playas del Mediterráneo, un fenómeno congrega a cientos de personas todas las mañanas. Son las Petanca World Series, en las que múltiples partidas de petanca se juegan al mismo tiempo en una liga en la que sólo puede haber un equipo vencedor.

Observo con atención a los jugadores, admirada ante ese despliegue de organización. Me fascinan sus entrenamientos y me alegro de que todas esas personas mayores hayan encontrado un pasatiempo tan sano. Me detengo a pocos pasos de ellos, pensando en la importancia de que la gente, a partir de cierta edad, se acostumbre a realizar una actividad saludable. Probablemente la petanca les haga olvidarse un rato de los dolores y preocupaciones propias de la edad e, incluso, les suavice el carácter. Es una suerte descubrir, a esas alturas de la vida, una actividad que te obligue a salir de casa y a partir de la cual puedas construir unas redes de amistad: 

– Vaya ridículo, José.

– De ridículo nada. Has hecho trampas. Eres un desgraciao. 

– Ojito con lo que dices, no te vayas a arrepentir. El problema lo tienes tú, que no soportas perder. Anda, paga los diez euros que debes y deja de quejarte.

José se levanta del bordillo donde estaba descansando, renqueante, y deja sobre la mesa, con muy malos modos, el billete que llevaba apretado en el puño. 

Ya lo decía mi abuelo, a sus más de ochenta años: “yo no juego a la petanca, porque eso es cosa de viejos”. 

En la foto, los jugadores comentando la próxima jugada que les catapultará al Olimpo de la petanca. 

12 de febrero 2020

Cuando regresaba al pueblo, todo le parecía nuevo. Tenía la sensación de estar en un sitio más limpio, más auténtico, un lugar donde hasta la luz tenía una tonalidad distinta. El tiempo transcurría a un ritmo diferente, lo que le hacía replantearse la vida en la ciudad y su ritmo frenético. Cada cierto tiempo se planteaba cambiar de vida, buscar un trabajo que pudiera hacer a distancia y venirse al campo, con su abuela, a la vieja casa de piedra de la familia. Allí todo era real, la comida sabía mejor y hasta las flores… Ay, las flores que su abuela tenía repartidas por toda la casa olían como ninguna otra.

– ¿En qué piensas, hijo?

– En tantas cosas, abuela. – Estaba asomado a la ventana de su habitación, en la tercera mañana de vacaciones. Con cuidado, había tocado las flores que tenía frente a él. – Aquí todo es mejor que en la ciudad. El aire, la tranquilidad, la franqueza de la gente. Hasta las flores. ¡Qué mano tienes con las plantas, abuela!

– Y tú qué tonto eres hijo, si son de plástico. 

La mejor ciudad de América

La ventana del despacho de Carol daba a la calle. Una ventana al exterior era un bien muy preciado en la Hopkins. Mientras que aquellos que habían conseguido labrarse un nombre disfrutaban de amplios despachos con enormes ventanales, el resto de los mortales trabajábamos en pequeños cubículos, separados por paneles a media altura por los que cualquiera podía asomar la cabeza. Durante horas iluminaba mi trabajo con un pequeño fluorescente que pendía sobre mi cabeza, por lo que las visitas al despacho de Carol siempre me hacían cerrar los ojos, cegada durante unos instantes por la luz que entraba por la ventana.

Siempre que tenía ocasión me gustaba asomarme a la calle, ávida por descubrir qué había más allá de mi agujero. Mi edificio era el último del campus y conformaba una frontera invisible a partir de la cual la ciudad volvía a recobrar su aspecto habitual – sobre Baltimore hablé en su momento aquí y aquí. – En la acera de enfrente, sucia y de edificios desvencijados, había dos restaurantes de comida rápida y una óptica que nunca vi abierta. Había también una parada cuyo autobús no llegaba nunca y un banco de madera.

El banco siempre estaba ocupado. Casi siempre había una persona solitaria, hablando por teléfono. En la mayoría de las ocasiones, esa persona era negra. Sin embargo, todos esos detalles quedaban en un segundo plano. Lo que atraía siempre mi atención era el eslogan que exhibía el banco grabado sobre la madera: «Baltimore. La mejor ciudad de América».

Cada vez que leía esas palabras no podía evitar sonreír para mis adentros. Si se trataba de propaganda era ridícula, como si el simple hecho de apoyar el culo sobre un banco fuera a transformar la realidad. Como mentira, me parecía demasiado burda, casi ofensiva. La opción de que alguien creyera realmente en ello quedaba descartada en una de las ciudades con mayor criminalidad de Estados Unidos.

En aquel momento le di muchas vueltas al motivo por el que alguien querría decirle a la gente de Baltimore, en cada uno de sus bancos, que estaban en la mejor ciudad de América. No encontré respuesta. Pero, por aquel entonces, todavía no sabíamos nada de la posverdad.

En la foto, mi banco favorito un día cualquiera.

5 de febrero 2020

– ¿Dónde cree que va?

– Disculpe, pero tengo una reserva.

– ¡Todos tenemos reserva! – Había gritado una mujer a mis espaldas, dándome un empujón. – ¡Póngase a la fila!

– No se lo tome como algo personal, – me había dicho un señor, tocándome el hombro, cuando me dirigía al final de la cola. – Le habla así a todo el mundo.

– Gracias. ¿Sabe si hay que esperar mucho?

– A nosotros nos han dicho que, si nos sentábamos en la terraza, nos atenderían antes. Ya sé que hace frío, pero hemos pensado que merece la pena. 

– Lo malo, – había añadido una mujer, también sentada en una de las mesas exteriores. – Es que llevamos aquí media hora y todavía no nos han sacado la carta.

– ¡Madre mía! – Había exclamado, asustada. – No tenía ni idea de que este restaurante se pusiera así. 

– Ay, amiga, – había sonreído la chica que me precedía en la fila. – ¡Es que aquí se come de película!

Traducción simultánea

Todo grupo de amigos próximos a la cuarentena alquilan, tarde o temprano, una casa rural en la que pasar el fin de semana. Por el precio que cuesta un hostal decente te haces con una casa de pueblo de techos altos, vigas de madera y muebles rústicos. Aunque, a diferencia del hostal, aquí hay que hacer la lista de la compra, cocinar y dejarlo todo limpio cuando terminas. 

La casa de este fin de semana estaba en un pequeño pueblo que me hubiera permitido ocultarme fácilmente de mis enemigos, en caso de tenerlos. El pueblo tenía un acceso desde la carretera secundaria casi inexistente, una calle mayor que se estrechaba hasta el punto de tener que plegar los retrovisores del coche y una wifi que brillaba por su ausencia. Sí, soy como Sandra Bullock en esa escena de La Red en la que, en la playa, se lamenta por no tener internet. Soy como Sandra Bullock pero veinticinco años más tarde y en un pueblo de Lleida. 

Llevaba todo el sábado metida en casa – para eso se va a las casas rurales, para amortizarlas – cuando decidí salir a dar una vuelta. El pueblo estaba en silencio y hacía frío, y por un rato olvidé mis reticencias y disfruté de las fachadas de piedra, las ventanas llenas de flores y los gatos que se cruzaban en mi camino, perezosos. No estaba tan mal. Había visto un par de carteles anunciando varias casas rurales en el último desvío y pensé que era una buena manera de darle una segunda vida a unas viviendas que, de otro modo, se echarían a perder. 

En ese momento me encontré con una señora que, sentada en el poyo de su casa, daba de comer a los gatos. Sintiéndome pletórica, me lancé:

– Bona tarda, – saludé, haciendo gala de mi don de lenguas.

La señora me miró de arriba a abajo y murmuró algo entre dientes que no entendí, por lo que procedí a responder con una sonrisa y a seguir mi camino.

Era una lástima no haber podido entenderla, pensé. Me podría haber contado cosas del pueblo, de su gente. En esas estaba cuando, dos casas más allá, encontré un cartel colgado en la fachada. “Bando municipal” decía el encabezamiento. Lo leí, primero en diagonal y, la segunda vez, con atención. Al parecer, los vecinos estaban cansados de las casas rurales y pedían, por favor, que no se les molestase.

No hay nada como una buena traducción simultánea. 

En la foto, el gato aburrido de los turistas rurales.

29 de enero 2020

Llevo dos horas cargando la botella vacía de agua. Hace cinco minutos he estado a punto de sucumbir y de tirarla a una papelera normal y corriente. Lo hubiera hecho, pero en ese momento mi hijo mayor ha clavado sus ojos en los míos y ha preguntado, en voz más alta de lo normal: “No irás a tirar la botella de plástico en una papelera normal. ¿Verdad, mamá?”. No hay nada más serio que un niño serio, y aunque debería sentirme orgullosa de la educación medioambiental que les he dado, hubiera querido matarlo. Maldita Greta y maldito cambio climático.  Cada vez que hablan por megafonía me detengo cual perrillo con las orejas levantadas, deseando que digan mi nombre para tener una excusa y abandonar el botellín a su suerte. Como si fuera a entender una palabra. Así que aquí seguimos, dando vueltas por un centro comercial atestado de gente cargando un botellín que me inutiliza una de las manos.Si alguien ve una papelera amarilla que me avise, por favor. Quiero irme a casa. 

El fin del mundo

Nunca he tenido miedo a la lluvia, pero aquella tormenta era otra cosa. Había empezado a llover cuando estaba a dos calles de mi casa. Apreté el paso al escuchar el primer trueno y había hecho los últimos cien metros corriendo, como si disputase una medalla olímpica. Pese a todo, cuando entré en el ascensor estaba completamente calada, hasta el punto de que empecé a quitarme la ropa con dificultad en el descansillo y me lancé, nada más abrir la puerta, en dirección al baño.

Salí del cuarto de baño diez minutos más tarde, todavía en albornoz. Me había dado una ducha con agua caliente, me había secado el pelo y ya me sentía mejor. Fuera, el agua seguía golpeando con violencia los cristales y el viento se escuchaba como si se colase a través de mil rendijas invisibles. Había encendido la televisión pero no funcionaba, el viento debía haberse cargado la antena de nuevo. En su lugar, opté por consultar internet. La gente había empezado a colgar vídeos caseros en los que se podía observar la furia de la tormenta. 

Estábamos en medio de un temporal, y los primeros avisos de protección civil recomendando permanecer a cubierto no se hicieron esperar. Con esas rachas de viento, salir era una locura. Me encogí en el sofá. Me alegraba de haber previsto la tormenta con la suficiente antelación como para llegar a casa. Si la reunión hubiese durado diez minutos más me habría quedado encerrada en el trabajo y quién sabe cuándo podría haberme marchado. Prefería estar sentada en mi sofá mientras el fin del mundo ocurría ahí fuera. 

Un tremendo trueno coincidió con el sonido de mi interfono, haciéndome dar un bote en el sofá. Asustada, me había levantado para abrir. Al descolgar vi por la pantalla un chico con una gorra de repartidor de pizza: 

– ¿Ángel?

– Se ha equivocado. Es en la letra A.

– Gracias, – había respondido, llamando inmediatamente al número del vecino sin darme tiempo a apartar la oreja del auricular.

Que el fin del mundo nos pille con comida a domicilio. 

En la foto, el rayo iluminando el camino del repartidor.

23 de enero 2020

Mi mujer me ha dicho que no saliera de casa hoy. Como si soportase quedarme encerrado.  Que había nevado mucho y que iba a coger una pulmonía. Ella no sabe que de pequeño, en el pueblo, todos los inviernos me tocaba caminar varias horas bajo la nieve. Después me ha dicho que estoy cegato, que pisaría una plancha de hielo y me caería y me rompería la cadera, y que ella no estaba dispuesta a acabar en el hospital. Vaya estupidez. Tengo cataratas pero puedo ver todavía a muchos metros de distancia. Después ha sacado la última carta, la de la demencia. Que se me va la cabeza, dice, que no se me puede dejar solo. Al final se ha hartado de darme órdenes y me ha dicho que hiciera lo que quisiera, que soy un viejo inaguantable y cabezota. Justo lo que quería oír. Así he tenido excusa para irme dando un portazo, fingiendo que estoy muy ofendido. Como si me importase.  

En fin, gracias por escucharme. Es agradable tener vecinos tan amables.

La bicicleta

La pantalla te asigna la bicicleta número doce. La examinas con recelo mientras te aproximas. No sabes qué sorpresa te deparará esta vez: un manillar torcido, la cadena salida o un asiento sospechosamente alto, indicativo de que nadie ha podido bajarlo.

En esta ocasión, nada de eso ocurre. La bicicleta está en perfecto estado, y colocas el bolso en el cesto con una sonrisa de triunfo, como si hubieras superado un gran escollo. Ajustas el sillín a la altura correcta, cierras la cremallera del abrigo y, montándote y empezando a pedalear, te incorporas al carril bici.

Te detienes en el semáforo junto a un autobús. Lanzas una mirada a su interior con curiosidad. Hay varias personas con la cara inclinada sobre el teléfono móvil. Una señora mira con insistencia hacia delante, como si pudiera hacer que el semáforo se pusiera en verde sólo con el poder de su mente. Te fijas en un par de pasajeros con la vista clavada en la ventanilla, pero cuando intentas seguir la dirección de su mirada, te das cuenta de que no lleva a ninguna parte.

El semáforo se pone en verde y todos arrancáis. Rápidamente el autobús te sobrepasa, pero el tráfico le obliga a aminorar la marcha, por lo que vuelves a ponerte a su altura. De nuevo encuentra un hueco y se aleja, pero una furgoneta mal aparcada le impide avanzar, alcanzándolo de nuevo. Se ha convertido en una carrera. Tú pedaleas más rápido, aprovechando la vía libre del carril bici. El viento ha empezado a soplar y te parece que vuelas mientras, uno tras otro, adelantas a una docena de conductores aburridos que sólo desean llegar a casa. En ese momento el semáforo cambia a ámbar y te lanzas, con todas tus fuerzas, en un último sprint. Pasas con el tiempo justo y lanzas una mirada por encima del hombro al conductor del autobús y a los pasajeros que han quedado atrás. Sonríes, esta vez con gesto de superioridad. Seguramente, alguien te habrá acompañado en esa carrera y ahora mismo se estará lamentando por haberla perdido. Tal vez, eso le hará replantearse algunas cosas. A lo mejor, dentro de unos días, te lo cruzarás en bicicleta sin que llegues nunca a saber que está allí por tu culpa.

Por supuesto, esto nunca ocurrirá. Es como cuando los pequeños nos vanagloriamos de molestar al grande y el grande… ¡Ay, el grande! Ni siquiera se ha dado cuenta de nuestra existencia.

En la foto, yo celebrando que he dejado el autobús atrás.

16 de enero 2020

Celia es la mejor trabajadora que una empresa podría tener: cumplidora, eficiente, ordenada. Todo lo contrario a mí, que sobrevivo como puedo en una mesa caótica, no sé en qué día vivo y siempre corro de un lado para otro. Todas las mañanas, cuando entro en el despacho, ella ya está ahí, con los ojos fijos en la pantalla del portátil y tomando notas en su cuaderno con un bolígrafo impecable, no como mi boli bic, completamente mordisqueado. Sí, la pobre es un muermo. Por eso, al llegar esta mañana a la oficina, me he dado un susto terrible. Ahí estaba mi mesa tal y como la había dejado. Pero Celia, ¡Celia no estaba! Así que me he puesto a mirar a mi alrededor, detrás de la puerta y debajo de la mesa, no vaya a ser que, después de años de total aburrimiento, hubiera decidido gastarme una broma. No la he encontrado. He salido entonces al pasillo para preguntar por ella, pero no había nadie. Entonces lo he visto claro: aquello tenía que ser un apocalipsis zombie o una alerta nuclear o, probablemente, un escape nuclear que había terminado con la mitad de la población convertida en zombies. He empezado a temblar cuando, de repente, mi móvil ha vibrado en el bolsillo, haciéndome dar un salto. Era mi madre, que si iba a comer. Había hecho pollo asado, como todos los domingos.