La niebla

Hace frío en la calle. Es un día invernal, gris y con niebla. Salgo del portal y el frío me golpea como una bofetada. Rápidamente me ajusto el gorro y los guantes, y cierro un poco más, si es posible, la cremallera del abrigo.

La calle está vacía. Son las cuatro de la tarde pero está a punto de hacerse de noche. Con decisión, meto las manos en los bolsillos y comienzo a andar. Lanzo una mirada a las puertas de los comercios, a los portales de los edificios. Todos permanecen cerrados. Parece que no vayan a abrir nunca más.

Apenas he avanzado trescientos metros cuando siento que alguien me sigue. Las pisadas, tenues al principio, se han acomodado a las mías, manteniéndose detrás de mí. Podría haber girado la cabeza, pero algo me lo impide. En su lugar aprieto ligeramente el paso, tratando de no perder la compostura. Intento tranquilizarme. A fin de cuentas, es media tarde y camino por una avenida. No hay zombies en la ciudad ni estoy dentro de un relato de Stephen King. La niebla es sólo eso: niebla.

Respiro hondo, sintiéndome mejor, pero la tranquilidad dura muy poco. Quien sea que me sigue está cada vez más cerca. Miro a mi alrededor buscando algún lugar donde ocultarme, pero estoy en medio de una acera vacía. No hay escapatoria. Será alguien conocido, pienso. Pero, entonces, ¿por qué no me llama? ¿Por qué no grita mi nombre de una vez? Los pasos se acercan y se colocan a mi lado. Si no llevase puesto el maldito gorro podría descubrir quién es por el rabillo del ojo, pero entre tanta capa de ropa no hay manera. Aguanto la respiración durante un segundo, como si eso pudiera ayudarme. Dentro del bolsillo, aprieto los puños.

Una mano se apoya, suavemente, en mi hombro. Es la señal que necesito. Me giro con brusquedad, queriendo terminar cuanto antes.

Una mujer me mira, sonriente. Reconozco, en medio de mi confusión, a una de las dependientas de la tienda de frutos secos:

-Disculpa, pero tienes la cremallera de la mochila abierta. – Sonríe, todavía, un poco más. – No vaya a ser que alguien te de un susto.

Qué suerte la mía, pienso, mientras balbuceo gracias y permanezco parada, tratando de cerrar la cremallera con los guantes puestos. Si no fuera por esta mujer, alguien podría haberme asustado.

En la foto, una mano a punto de tocarme a través de la niebla.

9 de enero 2020

Sí, lo sé, llego tarde. Pero no vas a creerte lo que me ha pasado. Yo salía de casa, iba bien de tiempo, te lo juro. No me había dejado la olla al fuego, ni me había olvidado la tarjeta del autobús, ni había salido con un calcetín de cada color. Tienes razón, una vez salí de casa con un zapato distinto en cada pie, pero no me interrumpas. El caso es que yo salía del portal cuando, de repente, me he chocado con un zanco. ¿Te lo puedes creer? He tardado un momento en darme cuenta de lo que era. Al principio he pensado que era un palo que se había olvidado alguien allí, en la acera, pero de repente se ha movido y, al levantar la cabeza, he descubierto que había alguien encima. ¡Qué susto, ni te lo imaginas! Y, para colmo, el de los zancos no estaba solo, había cuatro, o cinco más. Pero, espera, que falta lo mejor: llevaban una estrella gigante sobre ellos, una estrella de proporciones bíblicas. Estaba alucinada, mirándola, cuando el que parecía el jefe me ha preguntado que por dónde caía Sos del Rey Católico. Sí, yo he pensado lo mismo, hasta se lo he dicho, que si no tendrían que ir a Belén en vez de a Sos. ¿Sabes qué han hecho? ¡Se han partido de risa! ¡Como si les hubiese contado un chiste! Se han reído tanto que casi se caen de los zancos. Y va uno y me responde que a ver si pienso que sólo hay una estrella. Que hay millones y que debería mirar más al cielo. Para ver las estrellas y para no irme chocando con la gente que camina sobre zancos. Una locura. Anda, vamos a merendar algo, que me muero de hambre.

La cuesta de enero

Después de unos cuantos días de vacaciones, de festejos varios, reencuentros con amigos y comida y bebida en abundancia, llega el momento de volver al trabajo. No es demasiado traumático: a fin de cuentas, soy un adulto ejemplar, y además me creí que, si me gusta a lo que me dedico, no tendré que trabajar el resto de mi vida. Aunque el despertador sonando a las 7 de la mañana con este frío se parezca, peligrosamente, a la idea que uno tiene de trabajar.

Camino hacia mi puesto de trabajo repasando las tareas pendientes. El final del 2019 fue casi infernal, pero constato con satisfacción que, pese a todo, logré dejar las cosas en orden. Ese pensamiento me pone contenta y me hace sentirme orgullosa. Así, con una sensación de ligereza que me hace andar con rapidez, junto con el frío que me impulsa a llegar, me acerco a mi edificio dispuesta a empezar el año con buen pie. De lejos, veo que algo ha cambiado: la entrada al edificio. Han sustituido la obsoleta puerta anterior, una doble hoja acristalada que había que empujar – o tirar – utilizando las dos manos, por una moderna puerta automática con el logo de la institución. La visión de la nueva entrada me hace esbozar una sonrisa. Hay algo de promesa en ello, como si todo fuera a ser más sencillo a partir de ahora.

Así que me acerco, decidida, sonriendo al comienzo del nuevo año. Cuando estoy a dos pasos de la puerta el sensor me detecta correctamente y comienza a abrirse. Todo funciona a las mil maravillas.

Dos pasos después, mis hombros colisionan con fuerza contra el cristal. Sin detenerme, tratando de disimular el golpe, me contorneo para colarme dentro del edificio, lanzando una rápida mirada a mi alrededor para cerciorarme de que nadie me ha visto.

A veces nuestros pensamientos van demasiado rápido y la realidad te pone en su sitio, imponiendo su propia velocidad. Esto es a lo que yo llamo «cuesta de enero».

En la foto, yo vengándome de la puerta nueva.

1 de enero 2020

Anoche cené a las ocho y media, como es mi costumbre. Me tomé mi plato de sopa y, después, me senté en el sillón con el libro que tengo entre manos. Pasé por el baño a las diez de la noche y, a las diez y diez, ya estaba en la cama. De camino al dormitorio vi que varios vehículos habían aparcado frente a la puerta de mis vecinos, y uno de ellos obstruía la salida de mi garaje. Decidí pasarlo por alto, aunque a regañadientes, porque no tengo coche desde hace varios años. Si hubiera sabido lo que venía después, habría llamado a la guardia civil. Mis vecinos gritaron durante horas, especialmente en torno a la media noche. Pusieron música estridente y bailaron sin importarles que yo intentase descansar. No he podido conciliar el sueño hasta la madrugada. Esta mañana cuando, cansada y de mal humor, daba mi paseo diario por la playa, he descubierto que el banco en el que suelo sentarme estaba ocupado por un pantalón abandonado. He parpadeado varias veces ante esa visión inesperada. No sé qué demonios pasó ayer, pero ni que fuera la última noche del año.

La peor opción

Montados en la moto que acabábamos de alquilar recorrimos la estrecha carretera contemplando templos, pueblos y niños volando cometas – sí, así de idílico era el paisaje – hasta que los arrozales de Tegalalang aparecieron frente a nosotros. Impresionados, aparcamos la moto, nos quitamos los cascos y emprendimos el descenso hacia las terrazas.

Los turistas como nosotros se agolpaban en las escaleras, los caminos y las pasarelas. El ambiente era agobiante, así que pronto escuché esa voz que te susurra al oído que tú eres un viajero diferente, superior a todos esos que sólo buscan la mejor instantánea para Instagram. Así que cambiamos el rumbo y nos dedicamos a recorrer los caminos menos transitados, aquellos que nos iban alejando, poco a poco, del gentío, y nos introducían, cada vez más, en un paisaje de colinas y surcos de agua casi hipnóticos.

Anduvimos durante una hora disfrutando de nuestra recién ganada tranquilidad. Pasado ese tiempo, decidimos parar. El paisaje era espectacular pero monótono, el sol pegaba con fuerza y estábamos empapados en sudor. Nos habíamos detenido frente a una de esas pequeñas casas de piedra que los balineses colocan sobre el agua, mezcla de hito y de ofrenda. Ya hemos visto suficiente, coincidimos, y decidimos emprender el regreso.

Tras quince minutos caminando, nos topamos, de nuevo, con el mismo hito. Los caminos nos llevaban hasta el punto de partida, y no éramos capaces de encontrar la salida. Durante unos minutos cundió el pánico: no había nadie a quien preguntar y no éramos capaces de orientarnos entre terrazas y colinas idénticas. Empezamos a andar de nuevo, esta vez en silencio, concentrados, tratando de hacer memoria en cada curva. Mientras, yo imaginaba cómo sería perderse en los arrozales. Cómo me sentiría al ver a los turistas hacerse fotos unas terrazas más allá, mientras la noche se ponía y yo era incapaz de llegar hasta ellos.

Por fin, tras recorrer varios senderos que no llevaban a ninguna parte, logramos encontrar la salida. Abandonamos Tegalalang con la cabeza gacha, agotados y sin mirar atrás. Tú estabas tan empapado que te compraste una camiseta en uno de los puestos para turistas. Quiero la camiseta más fea que tengas, pediste a la vendedora, y ella rió mucho ante la ocurrencia. Yo también reí, y pensé que era una metáfora perfecta de lo que nos había ocurrido: dar vueltas sin sentido durante horas para, al final, quedarnos con la peor opción.

Compraste una camiseta con un enorme logo de Bintang. Ciertamente, no había otra más fea.

En la foto, una pareja haciéndose un selfie al fondo, ignorando mis gritos de auxilio.

25 de diciembre 2019

Es una mañana de Navidad casi perfecta. No hay ni una nube en el cielo y las calles están llenas de personas que caminan, alegres, haciendo tiempo hasta la comida. Hace mucho que no visito esta parte de la ciudad, pero la ocasión lo requiere. He oído hablar maravillas de la decoración navideña y estoy ansiosa por descubrirla. Cuando llego a la plaza mayor, me encuentro con el árbol. No es lo que me esperaba, pero me deja sin palabras: la copa ancha, sus ramas nevadas y el espumillón enrollado en el tronco. Cuanto más lo miro más me gusta. Siento cómo el espíritu navideño me embriaga, hasta que no puedo controlarlo y escapa de mi boca un contundente, ¡Viva la Navidad! Al que la gente responde, con igual contundencia, ¡Viva! Me giro hacia mi pareja y, como colofón, le planto un beso de película. Es lo que se espera de ti en ocasiones como ésta.

Un cuento de Navidad

Me había quedado atrapada en el centro de una isleta. Había tenido el tiempo justo para cruzar el primer semáforo, pero no el segundo, lo que me obligaba a esperar, sin escapatoria posible, durante un buen rato.

En esas estaba, lamentando mi suerte, cuando la vi detenerse al otro lado. Era la una de la tarde e iba vestida con un traje de noche. Probablemente venía de un evento, si es que existe algún acto que exija vestir de gala al mediodía. Era joven, así que parecía salida de una graduación que se había alargado demasiado. Hubiera sido mi primera opción si no hubiese ido tan bien peinada, con las ondas de peluquería todavía en su sitio y el vestido apenas arrugado. Había descartado la comida de empresa, demasiado arreglada, y hubiera seguido haciendo cábalas si no fuera porque ella había cruzado el paso de peatones en rojo, acercándose, descubriendo que estaba llorando.

Aquello avivó, todavía más, mi curiosidad. La chica se había detenido a mi lado, dándome la espalda. Miré con disimulo por encima del hombro. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y miraba con insistencia al frente. La pregunta que más me interesaba resolver no era ya de dónde venía, sino qué había sucedido.

La respuesta vino del mismo lugar por el que ella había aparecido. Un chico había cruzado el paso de peatones en dos zancadas. Durante un segundo me sentí como una idiota por llevar tanto tiempo esperando a cruzar una avenida por la que no pasaba ningún coche, pero aquello era demasiado interesante como para preocuparme por los minutos perdidos. Él se había detenido a su lado, en silencio, como los perros cuando esperan a que su amo les ordene que se sienten o que suelten el palo que llevan entre los dientes. Pero no hubo orden, sino queja. Me has dejado sola, dijo ella, aparentando frialdad, aunque la voz le temblaba. Después de estas cuatro palabras, había decidido cruzar, de nuevo en rojo, como si no pudieran permanecer juntos ni un segundo más. ¿Dónde estaba el tráfico cuando se le necesitaba?

Él, por el contrario, esperó a que los semáforos cambiasen a verde. Sentí que ya nada me impedía cruzar la avenida vacía así que, a regañadientes, lo hice.

Al llegar al otro lado, miré hacia atrás. Caminaban uno junto al otro, pero sin tocarse. Volví a girar la cabeza unos metros más allá, arriesgándome a que me atropellara un patinete, y vi que el hueco se había reducido, apenas un hilo de luz entre ambos. Y pensé, cuántas veces nos esforzamos en mantener esos pequeños espacios, aunque nuestros cuerpos nos empujen a su desaparición. O, quizás, esa escena se merecía una onda expansiva en la que ambos cuerpos salieran proyectados de vuelta, cada uno, a un lado de la isleta.

Quién sabe. Yo, a fin de cuentas, sólo estaba esperando para cruzar.

En la foto, el semáforo pidiéndome, insistentemente, que cruce de una vez.

19 de diciembre del 2019

Levanto con cuidado la persiana, lo justo para poder ver el exterior. He apagado la lámpara de la habitación para que no me vean desde fuera. La calle está vacía, y las luces de la casa de enfrente han comenzado a encenderse. Permanezco en guardia hasta que, de repente, aparece. Pone un pie en la acera y se detiene. Lanza una mirada a derecha e izquierda y, de pronto, levanta la cabeza, clavando sus ojos en mi ventana. Me agacho todo lo rápido que puedo, rezando para que la oscuridad no le permita ver el interior. Permanezco apartada de la ventana, el corazón a cien por hora, hasta que, pasado más de un minuto, reúno el valor suficiente para asomarme de nuevo. Ella se aleja calle abajo y, finalmente, da la vuelta a la esquina, por lo que respiro aliviada. Todavía a oscuras, termino de ponerme el abrigo y salgo al rellano de la escalera, cerrando la puerta a mis espaldas de un portazo. No podría soportar que la vecina me volviese a apretar los mofletes mientras me pregunta, como todos los días, para cuándo el novio.

Magdalenas

Se tuvieron que apartar para que yo pudiera acercarme a la barra.

Eran dos: el mayor vestía traje gris, y su pelo cano empezaba a clarear en algunas partes. El más joven llevaba un traje azul marino, de corte actual, y una libreta debajo del brazo. Al apartarse, dejándome sola delante del chino que, en esos momentos, se ocupaba de atender la barra, habían cruzado una sonrisa cargada de suficiencia.

Sí, lo reconozco. Hay personas que me caen mal a primera vista. Y esos dos me cayeron fatal. Mientras el camarero servía las dos cañas, no había podido evitar mirarlos. Acodados en el otro extremo de la barra, el mayor de ellos increpaba a la otra camarera, una china que estaba secando vasos:

– No hacéis más que pedirme tazas. Vajilla, vajilla y más vajilla. Y cuando vengo por aquí, ¿Qué me encuentro? Que las magdalenas son de otros.

Hablaba con un tono de voz innecesariamente alto, haciendo aspavientos. El joven, mientras tanto, permanecía acodado en la barra, mirando de arriba a abajo a la mujer.

– Vosotros gastando vajilla y las magdalenas no son nuestras, – había insistido, como si el origen de las magdalenas fuera la mayor de las afrentas. – ¿Cómo queréis que me lo tome?

Había regresado a mi mesa cargando las cervezas y de visible malhumor. Aquellos tipos me estaban poniendo de muy mala leche. Los seguí espiando mientras bebía a sorbos mi caña. Por fin se alejaron de la barra, dieron un par de vueltas por el local como si fuera suyo y, al final, se apostaron en la puerta de entrada.

No tuvieron que esperar mucho. En seguida apareció el jefe, un hombre de unos cincuenta años, bajo pero de complexión fuerte. Los tres habían tomado asiento frente a una mesa. Los dos hombres a un lado. El chino, en el otro. Mentalmente le había mandado fuerzas. «No te achantes» había pensado y, como si me hubiera escuchado, se había echado ligeramente hacia atrás y extendido el brazo derecho sobre la silla que quedaba libre. En ese momento, supe que todo iba a ir bien.

Minutos más tarde, cuando me acerqué a pagar a la barra, lancé una última mirada hacia la mesa. Los vendedores se habían callado, y el chino hablaba con serenidad y gestos tajantes. Había esperado a que los camareros dejasen de mirarlos para pedir la cuenta:

– Vaya gilipollas, – había comentado, en ese momento, el camarero a su compañera.

– Integral. Pero el jefe le está poniendo en su sitio. Eso les pasa por tratarnos como a idiotas.

Por supuesto, eso lo dijeron en chino, pero no me importó. A veces no hace falta entender el idioma para comprender lo fundamental.

En la foto, yo fingiendo que escucho la conversación de mi acompañante cuando, realmente, estoy mirando al chino.

12 de diciembre del 2019

En el prado hay gente de lo más variopinta. Varios grupos hacen tiempo a la sombra comiendo algo. Una niña espera a que su padre acabe de limpiarle los mocos para seguir jugando a la pelota. Algunas personas aguardan en fila a que les sirvan un vino y ella, la chica del vestido blanco, mira con insistencia hacia arriba para no perderse detalle. Nada más verla confío en ella ciegamente. Seguro que tiene información de primera mano que los demás no conocemos, pienso. Así que dejo la cerveza a un lado y me siento sobre el césped, mirando en la misma dirección. Echo un vistazo al reloj: las doce menos tres minutos. Empiezo, mentalmente, la cuenta atrás: ciento ochenta, ciento setenta y nueve, ciento setenta y ocho… Me detengo para darle otro trago a la cerveza y lanzar una mirada satisfecha a mi alrededor. Nunca imaginé que cumpliría mi sueño de viajar a Cabo Cañaveral.