30 marzo 2022

Ay, qué asco, por favor, ven corriendo antes de que se esconda. Pásame algo: un trapo, una escoba, el bate de beisbol del niño. Si se mueve me muero. Esto es el cambio climático, cada vez aparecen bichos más grandes. Abre la puerta, tú que estás más cerca. Coge un zapato y dale un golpecito, a ver si quiere salir. ¿Y si le tiramos agua? El insecticida no le hace nada, sobreviviría a una guerra nuclear. Venga, haz un cucurucho con el periódico e intenta meterlo dentro. ¿Que no tenemos? Usa el catálogo de juguetes. Total, hasta la próxima navidad no tenemos que comprar nada. Mira, tengo la piel de gallina y escalofríos por todo el cuerpo. ¿Estás seguro de que no se ha movido? Ya te lo dije, tenemos que cambiarnos de casa. Me marcho, no puedo más con esta tensión. Apaga la luz y deja la ventana abierta. Con un poco de suerte se marchará. Tú quédate y me avisas si hay algún cambio. Buenas noches. 

Apocalipsis zombie en el supermercado

Me preparo para bajar al supermercado a hacer la compra de la semana. Sé que estamos en una situación complicada, así que repaso lo que he aprendido en dos años de pandemia. A estas alturas de la película sé que la realidad sigue una lógica totalmente distinta a la mía, por lo que ya no me fío de mi intuición. En su lugar, le escribo un WhatsApp a mi madre:

“Mamá, ¿qué hay que comprar?”

“Aceite de girasol. Y leche. No te olvides de la leche”. 

Entro en el super con aprensión, como si fuera a encontrarme un espectáculo digno de un apocalipsis zombie. Salvo un señor algo borracho soltándole un rollo a M, la cajera, no noto nada raro. Cojo unas medias lunas y un paquete de croissants, porque yo sin aceite puedo vivir pero no sin bollería. También añado a la cesta un par de kilos de harina y un paquete de papel higiénico, por eso de que las modas siempre vuelven. 

Me detengo frente al estante del aceite de girasol. Un cartel indica que la máxima cantidad permitida son 5 litros por persona, y aunque solo lo uso para hacer magdalenas una vez al mes, decido comprar las 5 botellas que me tocan. ¿Para qué querré tanto aceite de girasol? Pienso, arrastrando la cesta. Lo desconozco, pero ya he asumido que sobrevivir en un mundo que se va a pique no es lo mío. Yo sería esa persona que, en pleno ataque alienígena, atraviesa el escaparate de unos grandes almacenes cargando una tele de plasma. 

Me impresiona ver el pasillo de los lácteos tan vacío. Así que esto es la guerra, pienso. Un lugar donde no hay leche entera, ni semi, ni siquiera desnatada. Miro la leche de soja con desdén. Todavía no estoy tan desesperada. Una señora enfila con su carro por el pasillo y me entra la urgencia. Venga, Isabel, que no te quite lo poco que queda. Rebusco con urgencia al fondo del estante y reúno un total de siete briks, que amontono como puedo sobre el aceite de girasol. Con esto puedo sobrevivir un par de semanas más.

– ¿Vas a celebrar las fallas con una merendola? – Me pregunta M, que siempre habla con palabras de los noventa. 

Sonrío y asiento con la cabeza mientras guardo todo muy rápido en el carro, antes de que alguien más me pregunte para qué necesito siete litros de horchata. Yo tampoco sé qué voy a hacer con ese cargamento. ¿Podré darsela a A en el biberón?

En la foto, yo ante mi cuarto vaso de horchata de hoy.

16 de marzo 2022

— En esta obra he querido expresar la pérdida de identidad del individuo en un contexto globalizado. 

— Muy interesante.

— De pequeño me fascinaba Schopenhauer. El ser quiere ser, es una voluntad que quiere permanecer como ser. Ese concepto ha impregnado toda mi creación artística. 

— Sí, es evidente.

— Esta pieza formará parte de la muestra que presentaré en Documenta. Un mosaico moderno, donde las teselas son sustituidas por individuos que tratan, a su vez, de levantar desde el anonimato un templo identitario.

—  Es arriesgado, pero sin duda será un éxito. ¿Cómo has dicho que se llamaba la obra?

— Caritas. 

Al salir de clase

El patio del colegio permanece abierto cuando acaban las clases. Al principio me pareció buena idea. Era una forma de que J2 corriese un rato, en ese empeño que tenemos los padres de que los niños corran, como si así se quedasen sin gasolina y se convirtiesen en seres tranquilos que suplican acostarse pronto. Spoiler: eso no ocurre nunca. 

J2 sube al tobogán tras arrancarse el chaquetón, porque hace 6 grados centígrados y no puede soportar tanto calor. Yo me quedo a un lado, siguiéndola con la mirada. Es una buena técnica para no perder de vista a la criatura, pero también para evitar conversaciones indeseadas. No suele funcionar. Más pronto que tarde alguien se detiene a mi lado e iniciamos una conversación sobre cosas sin importancia: el tiempo, los niños, el COVID. Nada que pueda derivar en conflicto, porque estamos abocados a entendernos durante años en ese espacio limitado que se extiende desde la casita de los enanos hasta el tobogán azul.

Hoy no es una excepción. Un padre y su hijo se detienen a mi lado. No sé muy bien qué decirles, así que me dirijo al niño con unas frases originales tipo, ya veo que te gusta la Patrulla Canina — lo intuyo porque lleva la camiseta, la mochila y los calcetines de la serie  — y cuál es tu perro favorito. Estoy saliendo airosa del intercambio cuando J2 se coloca a mi lado, mira al niño de arriba a abajo y, sin mediar comentario previo, le suelta a bocajarro:

— Qué desagradable te pones por las tardes.  

Así, sin más. Como si fueran un matrimonio de 70 años continuando una discusión que dejaron aparcada para echarse la siesta. Antes de darme tiempo a reaccionar J2 ya se ha marchado de nuevo, dejándome sola frente a su desplante. 

Me giro hacia el padre y el niño. Los dos me miran serios, cada uno acorde a su edad. Me alegro de llevar puesta la mascarilla. 

— Vaya con los niños, — les digo, en un alarde de inteligencia emocional. — ¡Cómo son!

El padre parece querer decir algo, pero opta por quedarse callado. En su lugar, sus ojos responden a mi pregunta. Cabrones, dice con la mirada. Los niños son unos cabrones. 

En la foto, una imagen del patio de colegio medio español. 

Un domingo en la nieve

Me bajo del coche enfundada en mis mallas de borreguillo. Llevo un forro polar de mi madre que quedó olvidado en el armario veinte años ha. Los esquiadores equipados como si fueran a competir en Pekín no me intimidan, porque este año me he comprado unos pantalones de nieve del Decathlon y me siento la reina de la montaña. Mientras me los pongo, les echo un vistazo a sus anoraks, las gafas excesivas y los esquís kilométricos que cargan al hombro en dirección a la pista. Para qué gastarte dinero en unas botas de esquiar cuando unas botas de monte sirven para todo el año, pienso mientras me anudo los cordones. Reducir, reciclar, reutilizar. Ese es mi lema.

Cuando estamos listos enfilamos en dirección contraria a los esquiadores. Cargamos nuestro trineo de plástico hacia la ladera más cercana, donde otras muchas familias se lanzan ya en trineos similares. ¿Quién quiere esquiar cuando puedes hacer una pelea de bolas? ¿Para qué pagar un forfait cuando el placer de un muñeco de nieve está al alcance de la mano?

J2 es reacia a montarse en el trineo. Cuando por fin lo hace, decide que quiere tirarse sola. Le explicamos bien cómo tiene que levantar la palanca para frenar, y colocamos el trineo en una parte de la ladera con pendiente suave y que termina en una pequeña subida para que, en el caso de que se le olvide parar — cosa más que probable — la orografía lo haga por ella. Por si acaso, me coloco al final de la pendiente, preparada para frenarla con mi cuerpo si es necesario. 

J1 suelta el trineo, que comienza a deslizarse. La nieve está congelada, y el trineo avanza cogiendo velocidad. Me quedo embobada viendo cómo se acerca. Sin darme tiempo a reaccionar, pasa por mi lado y salta el parapeto sin que su velocidad se reduzca. Lo último que veo de J2 son las orejas de oso de su gorro de punto perdiéndose en el parking entre dos autocaravanas.  

Qué lástima, pienso, mientras que veo a J1 correr tras ella. Ahora que me había acostumbrado a tener dos hijas…

En la foto, el banco donde espero sentada a que J2 regrese.

2 de marzo 2022

Acérquense, por favor, no sean tímidos. El oso pardo es una especie cada vez más amenazada en la península, y lo que tienen delante es un ejemplar único. No se lo pierdan. Avancen un poco más, sin miedo. ¿Ven esta línea del suelo? Tienen que ponerse delante, justo en el espacio que queda entre la raya roja y la barandilla. Es un poco estrecho, lo sabemos, pero estamos seguros de que serán comprensivos. Ahora permanezcan ahí, una vez sobrepasada la línea, y hagan todo el ruido que puedan. Griten, golpeen el suelo con los pies, agiten los brazos con fuerza… Es la mejor manera de que el animal se ponga nervioso. Si alborotan lo suficiente el oso se acercará y, tras un buen zarpazo, se comerá a uno de ustedes. Preparen sus teléfonos móviles para grabarlo todo, no los suelten por lo que más quieran. Están a punto de presenciar un espectáculo irrepetible.

Francotirador

En los últimos años ha empezado a llegar gente nueva al barrio. Las casas que habitaban matrimonios mayores y que después quedaron vacías comienzan a renovarse. Raro es el mes en el que no llega un nuevo camión de mudanzas, en el que un piso no aparece con las ventanas cambiadas o en el que no descubro, tras un balcón abierto, una cuadrilla de pintores. 

La reforma en el piso del otro lado de la calle ha durado todo el invierno. Han cambiado las ventanas y el suelo del balcón. Han pulido la barandilla y, cuando se ve el interior, hay un parquet recién puesto. 

Observo la persiana reluciente un domingo por la mañana cuando, de repente, se levanta. La puerta del balcón se abre y salen dos niños, hermanos, probablemente, los nuevos habitantes de la vivienda. Son dos chicos espigados, uno de unos cinco años, el otro, de unos dos o tres más. Se agarran a los barrotes del balcón y miran hacia abajo. Me alegra descubrir gente nueva, sobre todo niños en unas calles llenas de gente mayor. Doy un sorbo a mi taza y sonrío desde detrás del cristal.

Los niños hablan entre ellos y desaparecen en el interior del piso. Me quedo allí de pie, distraída, y apenas unos segundos después vuelven a aparecer. Llevan sendas metralletas de juguete en la mano, de un plástico negro reluciente. La del pequeño es casi más grande que él y la levanta con dificultad, como si fuera un bazuca. Tras un breve coloquio empiezan a simular que disparan a la gente que pasa por la calle. Apuntan y después ríen, comentando la jugada. Mi alegría se convierte en estupor. ¿Desde cuándo comparto calle con esa pareja de francotiradores? Como si me hubiesen oído miran hacia el balcón de enfrente, el mío. Me pillan por sorpresa, así que lo único que se me ocurre hacer es sonreír y levantar la mano en una especie de saludo. Los niños me devuelven la sonrisa. La calle es tan estrecha que me permite ver que, al mayor, le faltan las dos palas. De repente, el pequeño levanta la metralleta y, guiñando el ojo y tomándose su tiempo, hace un ruido con la boca. “Pum” puedo leer en sus labios, mientras siento cómo la bala imaginaria me atraviesa el pecho. 

Los niños se pierden en el interior del balcón pero yo permanezco allí unos minutos más. Echo de menos a mis antiguas vecinas

En la foto, la ventana tras la que espío a mis vecinos.

Arañas

En nuestra primera noche en la selva, el guía nos propuso ver arañas. Me encantan las arañas, admitió, como si estuviera desvelando un secreto, y no pudimos, ni quisimos, decirle que no. Dar un paseo por la selva de noche, viendo animales, es algo a lo que un amante de los documentales de la 2 nunca se negaría.

Eran las ocho de la tarde y noche cerrada cuando uno de los cuidadores de la reserva vino a buscarnos al barco. Tras asegurarse de que llevábamos la linterna, bajamos a tierra. Cruzamos la explanada, cogimos un camino que se internaba en la selva y, tras andar apenas diez metros, lo abandonamos. Nos encontramos de repente inmersos en la espesura, saltando troncos y apartando maleza, teniendo cuidado de no meter los pies en un charco. De vez en cuando, nuestros dos guías se detenían y señalaban algo, emocionados. Solían ser enormes arañas de todos los colores y tamaños que contemplábamos con asombro y a cierta distancia, por lo que pudiera pasar. 

De repente, y sin que ocurriese nada, me empecé a agobiar. No sabía dónde me encontraba. Ahí, entre los árboles, donde ni siquiera se veía el cielo, era imposible orientarse. No tenía ni idea de la distancia que habíamos andado ni durante cuánto tiempo. ¿Podía ser una trampa? ¿Y si decidían abandonarnos? Empecé a pensar si sería capaz de encontrar el camino de vuelta, de seguir el rastro de huellas en el suelo húmedo o de hojas rotas. Ansiosa, caminé durante un rato observando con atención la espalda de mis guías, a los que seguía de cerca, tratando de descubrir cualquier gesto sospechoso. 

Tras unos minutos en ese estado, me obligué a respirar. No iba a ocurrir nada. Esa gente conocía la selva y si lo que querían era robarme, podrían haberlo hecho ya. Eran dos personas disfrutando del paseo nocturno, y nosotros éramos unos meros acompañantes. Poco a poco conseguí relajarme y disfrutar de las últimas arañas, de las ranas de colores y de los ruidos de los animales que, ajenos a mi preocupación, seguían identificando.

De vuelta en el barco, tomando una cerveza, te hablé de mi miedo. Te reíste de él, pero tú también estabas tenso, aquel paseo de poco más de una hora había sido una de las cosas más espectaculares que habíamos hecho, pero distaba mucho de ser agradable. Interrumpiéndonos, había aparecido el guía:

— Sólo quería asegurarme de que estáis bien, —había dicho.

Con un gesto, se había señalado la pierna. Una sanguijuela gordísima estaba ahí agarrada. La había arrancado de un tirón y una gota de sangre había resbalado por su pierna.

Al final, solemos tener más miedo a las cosas que no se ven. 

En la foto, la barca esperándonos con las cervezas.

Un agujero en la alambrada

Me encontraba en el jardín cuando llamaron a la puerta. Estaba sola y no esperaba a nadie por lo que, durante unos segundos, me quedé quieta, aguantando la respiración, convertida en espía en mi propia casa. Sin embargo, unos segundos más tarde, volvió a sonar el timbre, esta vez con más insistencia. En ese momento me sentí culpable, tal vez se trataba de algo urgente, por lo que me apresuré a salir a toda prisa, intentando recuperar el tiempo perdido.

La cabeza de un hombre joven asomaba sobre el muro de entrada. Reconocí al vecino, lo que me tranquilizó, porque los vecinos no suelen llamar a la puerta a las once de la mañana para atracarte, salvo que sean psicópatas o malísimas personas. No parecía ninguna de las dos. Le hice un gesto que era una mezcla de saludo y de “ya voy” y, por fin, abrí la puerta:

– Hola. Lo siento mucho, pero creo que mi perro se ha colado en tu jardín.

– Oh, – había dicho, sin saber qué responder. 

– Es un cachorro muy pequeño, tiene sólo tres meses. Todavía no nos hace mucho caso. Espero que no haya hecho ningún destrozo.

– No he notado nada. 

– De todos modos, estaría bien que revisases la valla. Debe de haber un agujero. He estado buscándolo pero no lo he encontrado.

– Tranquilo, yo me ocupo.

Tras despedirnos, lo vi desaparecer acera abajo y meterse en casa. Solo entonces cerré la puerta y regresé al jardín. Ahí estaba el cachorro, con el que había estado jugando durante la última media hora. Seguía mordisqueando uno de mis calcetines viejos y, al verme llegar, se acercó a mí moviendo el rabo, contento. Le acaricié la cabeza y, después, cogiéndolo del collar, lo acerqué hasta un extremo de la valla. Allí agachó la cabeza, obediente y, arrastrándose, pasó por el agujero y se perdió tras un arbusto de su propio jardín.

Me había quedado mirando la valla durante unos segundos, atenta a los ruidos del jardín de los vecinos. Cuando me aseguré de que no había nadie cerca me agaché y rompí, con cuidado de no cortarme, un par de centímetros más de valla. Boira estaba creciendo muy rápido y no quería que se quedase atascado.  

*Un agujero en la alambrada es el título de un libro de François Sautereau, de la mítica serie naranja del Barco de Vapor. Fue mi libro favorito durante muchos años.   

26 de febrero 2020

Como siempre, vamos tarde. Hemos invertido cinco largos minutos en buscar mis llaves, que habían desaparecido misteriosamente, hasta que me he dado cuenta de que estaban guardadas en el bolso. Cuando por fin llegamos a la reunión, sudados y de mal humor, ya han sacado la guitarra. La madre de uno de los niños me explica que la tutora quiere enseñarnos las canciones de este mes y, sin más demora, se arranca con un Que llueva, que llueva, la virgen de la cueva. Esta me la sé, pienso, segura de mí misma, pero cuando me lanzo a cantar la profesora, de normal dulce y sonriente, me fulmina con la mirada. Esa nota es un sol, me corrige, acusadora. No un la. Y, después de asegurarse de que me ha quedado claro, vuelve a empezar. Intentando disimular mi bochorno inclino la cabeza y no me atrevo a levantarla del suelo, hasta que alguien me tira un papelito. Sorprendida, lo recojo de debajo de la silla con rapidez y, temiendo la mirada de la profesora, lo leo a escondidas: cada vez es más difícil ser padre, dice.

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