Un misterio sin resolver

Después de semanas de aplausos amenizadas por alguna cacerolada entre medias, el piso del vecino diógenes sigue siendo un misterio. En todo este tiempo el balcón, lleno de cachivaches inservibles, ha aumentado su contenido pese a que parecía imposible. En las últimas semanas se han unido a la colección un búho de plástico sobre la barandilla, los restos de una lámpara de pie y unas cajas de cartón de aspecto dudoso. No sé en qué momento aparecen: la persiana siempre está en la misma posición y la ventana nunca ha llegado a abrirse. Si no fuera por la luz que, en ocasiones, se enciende por la noche, pensaría que el piso está abandonado.

Hoy, sin embargo, se ha producido una novedad. Dos personas han aparecido en el balcón. Él, caquéxico, vestía una camiseta interior blanca y unas gafas enormes de aviador. Ella exhibía toda la carne que a él le faltaba y su cabeza, con el pelo recogido en un moño apretado, parecía extremadamente pequeña en relación a su cuerpo. 

La extraña pareja estaba colocando unas planchas de plástico traslúcido en la barandilla. El objetivo parecía claro, y no era otro que ocultar de miradas indiscretas, como la mía, lo que allí van acumulando. Entro en casa preguntándome qué puedes querer esconder cuando parece que ya lo hemos visto todo de ti. Qué te mueve a exponerte a salir al balcón a pleno día, dejándote ver por primera vez en años. Sin duda debía tratarse de un gran misterio que nunca tendría respuesta. 

Es domingo por la noche y acabo de salir al balcón. La mayor parte de la gente duerme, pero la luz de mis vecinos está encendida. El plástico hace pantalla y proyecta en la calle y sobre mi fachada, como si fuera un gigantesco espectáculo de sombras chinescas, tres monstruosas plantas de maría. 

Misterio resuelto. 

En la foto, el segundo acto del espectáculo de sombras chinescas.

Ropa blanca

Los vecinos del bajo han tendido una colada de ropa blanca. La ropa blanca tiene algo de festivo, de alegre, de película veraniega en la que, en un campo verde, crecen las amapolas y corren los niños descalzos. Aquí no hay nada de eso: el patio de manzanas no tiene nada de fiesta, ni de veraniego ni, mucho menos, de naturaleza. Es, lo que podría llamarse, un patio de manzanas urbano tirando a feo.

Me detengo con las manos en el teclado. Patio de manzanas feo probablemente sea un pleonasmo. Isabel, te estás yendo de tema. Sigo escribiendo.

Miraba la ropa y añoraba una primavera distinta a esta. Pensaba en los caminos que no he recorrido, en las montañas que hace demasiado tiempo que no veo y en todos esos bocadillos que no me he tomado sentada al lado de un río. Sí, me imaginaba comiendo, porque para mí la comida es sinónimo de alegría. Y no, no pensaba en la alergia, porque todos los sueños son perfectos y en ellos no estornuda nadie. 

Pensaba en todo eso cuando ha salido a la terraza el padre de familia. Se ha detenido, ha mirado a su alrededor sin verme y ha sacado el paquete de cigarros del bolsillo. Se ha puesto a fumar paseando arriba y abajo, a pocos centímetros de la ropa blanca. Me he enfadado, porque esa ropa tenía toda la pinta de haber sido lavada con kilos de suavizante y el olor, ese maravilloso olor a ropa limpia, se estaba echando a perder. Cuando me estaba planteando tirarle una pinza a la cabeza, lo único que tenía cerca, ha terminado el cigarro y ha entrado en casa.

La tranquilidad no ha durado mucho, ya que la madre ha aparecido en la terraza con la taza de café en la mano. Ha ido directa hasta la cuerda de tender la ropa y ha ido pasando la mano por cada una de las prendas, comprobando si estaban secas. Mientras lo hacía, sorbía el café. Me he agarrado a la barandilla con fuerza, temiendo que una gota saltase en cualquier momento, estropeándolo todo, pero al parecer no ha ocurrido. Cuando ha terminado su comprobación y ha dado un paso atrás se me ha escapado un suspiro de alivio. Estaba a salvo.

En ese momento ha llegado la niña. Sin que nadie lo evitase ha corrido directa hacia la ropa y se ha lanzado sobre ella, abrazándola y, sin duda, dejando un rastro de mocos. La madre, como único gesto, le ha tocado un poco la cabeza cuando iba por la tercera sábana. Algo que, como podéis imaginar, no ha tenido el más mínimo efecto.

Se han ido, pero yo he seguido mirando la ropa blanca un poco más. Ya no me parece verano, ni tampoco día de fiesta. Hay cosas que siempre, al final, se terminan ensuciando.

En la foto, la ropa blanca a la espera de que alguien la ensucie de nuevo.

Francotirador

En los últimos años ha empezado a llegar gente nueva al barrio. Las casas que habitaban matrimonios mayores y que después quedaron vacías comienzan a renovarse. Raro es el mes en el que no llega un nuevo camión de mudanzas, en el que un piso no aparece con las ventanas cambiadas o en el que no descubro, tras un balcón abierto, una cuadrilla de pintores. 

La reforma en el piso del otro lado de la calle ha durado todo el invierno. Han cambiado las ventanas y el suelo del balcón. Han pulido la barandilla y, cuando se ve el interior, hay un parquet recién puesto. 

Observo la persiana reluciente un domingo por la mañana cuando, de repente, se levanta. La puerta del balcón se abre y salen dos niños, hermanos, probablemente, los nuevos habitantes de la vivienda. Son dos chicos espigados, uno de unos cinco años, el otro, de unos dos o tres más. Se agarran a los barrotes del balcón y miran hacia abajo. Me alegra descubrir gente nueva, sobre todo niños en unas calles llenas de gente mayor. Doy un sorbo a mi taza y sonrío desde detrás del cristal.

Los niños hablan entre ellos y desaparecen en el interior del piso. Me quedo allí de pie, distraída, y apenas unos segundos después vuelven a aparecer. Llevan sendas metralletas de juguete en la mano, de un plástico negro reluciente. La del pequeño es casi más grande que él y la levanta con dificultad, como si fuera un bazuca. Tras un breve coloquio empiezan a simular que disparan a la gente que pasa por la calle. Apuntan y después ríen, comentando la jugada. Mi alegría se convierte en estupor. ¿Desde cuándo comparto calle con esa pareja de francotiradores? Como si me hubiesen oído miran hacia el balcón de enfrente, el mío. Me pillan por sorpresa, así que lo único que se me ocurre hacer es sonreír y levantar la mano en una especie de saludo. Los niños me devuelven la sonrisa. La calle es tan estrecha que me permite ver que, al mayor, le faltan las dos palas. De repente, el pequeño levanta la metralleta y, guiñando el ojo y tomándose su tiempo, hace un ruido con la boca. “Pum” puedo leer en sus labios, mientras siento cómo la bala imaginaria me atraviesa el pecho. 

Los niños se pierden en el interior del balcón pero yo permanezco allí unos minutos más. Echo de menos a mis antiguas vecinas

En la foto, la ventana tras la que espío a mis vecinos.

La sombrilla

Cuanto mayores son los cubos de basura, más sucio está el suelo. Es un hecho: coloca contenedores enormes, casi monstruosos, y la gente tirará cosas más grandes todavía. 

En eso pensaba tras tirar mi bolsa de basura cuando alguien se detuvo a mi lado, probablemente para añadir más suciedad al ya existente caos. Era un padre de familia de aspecto desaliñado y vientre prominente. Caminaba con dos niños y una mujer, y al pasar por delante de los contenedores se había detenido en seco. Había seguido la dirección de su mirada con curiosidad. En el hueco que dejaban el contenedor de plásticos y de papel había una bolsa de tela, alargada y voluminosa. El hombre la había tocado con cuidado con el pie, como si hubiera un cadáver. 

No sé qué sintió en la punta del zapato, pero hizo que se agachase sin dudarlo y abriera la bolsa. A esas alturas la mujer ya se había alejado junto a los hijos, y el hombre la había increpado por su nombre. Ella, en lugar de detenerse, había hecho un gesto indeterminado con el brazo y se había perdido en el interior del bazar chino. Sin embargo, los niños habían regresado junto a su padre, lo que él había interpretado como una gran victoria.

Me detuve un par de escaparates más allá, curiosa. El contenido de la bolsa había resultado ser la estructura de un enorme parasol. Animados, habían empezado a montarlo en medio de la acera. El padre tiraba hacia un lado, y los hijos lo hacían en la otra dirección. Yo había entrado en la farmacia a comprar mascarillas para hacer acopio y al salir, minutos después, los tres seguían ejecutando una suerte de danza cargada de improperios. No debía ser fácil sin manual de instrucciones. Por fin lo habían conseguido, y una enorme carpa había ocupado toda la acera. Entonces el padre había desplegado la tela. La habían extendido sobre el armazón y, al alejarse para contemplar el resultado, habían descubierto un enorme agujero en el centro. Enfadado, había dado un puntapié a la estructura, pero estaba tan bien montada que no se había movido un ápice. 

Desde ese día, tenemos una carpa en el barrio. Cuando hace sol los vecinos nos sentamos debajo con alegría, tratando de esquivar los rayos que se cuelan por el agujero. Los días de lluvia nos sentamos en círculo y observamos cómo caen las gotas en la parte central, chop chop, y así pasamos ensimismados las horas. A menudo nos preguntamos quién tiró la carpa a la basura y quiénes la montaron, ya que no hemos vuelto a verles. Queremos darles las gracias. 

En la foto, un nuevo contenedor rebosante espera que le hagan una visita. 

La mejor ciudad de América

La ventana del despacho de Carol daba a la calle. Una ventana al exterior era un bien muy preciado en la Hopkins. Mientras que aquellos que habían conseguido labrarse un nombre disfrutaban de amplios despachos con enormes ventanales, el resto de los mortales trabajábamos en pequeños cubículos, separados por paneles a media altura por los que cualquiera podía asomar la cabeza. Durante horas iluminaba mi trabajo con un pequeño fluorescente que pendía sobre mi cabeza, por lo que las visitas al despacho de Carol siempre me hacían cerrar los ojos, cegada durante unos instantes por la luz que entraba por la ventana.

Siempre que tenía ocasión me gustaba asomarme a la calle, ávida por descubrir qué había más allá de mi agujero. Mi edificio era el último del campus y conformaba una frontera invisible a partir de la cual la ciudad volvía a recobrar su aspecto habitual – sobre Baltimore hablé en su momento aquí y aquí. – En la acera de enfrente, sucia y de edificios desvencijados, había dos restaurantes de comida rápida y una óptica que nunca vi abierta. Había también una parada cuyo autobús no llegaba nunca y un banco de madera.

El banco siempre estaba ocupado. Casi siempre había una persona solitaria, hablando por teléfono. En la mayoría de las ocasiones, esa persona era negra. Sin embargo, todos esos detalles quedaban en un segundo plano. Lo que atraía siempre mi atención era el eslogan que exhibía el banco grabado sobre la madera: «Baltimore. La mejor ciudad de América».

Cada vez que leía esas palabras no podía evitar sonreír para mis adentros. Si se trataba de propaganda era ridícula, como si el simple hecho de apoyar el culo sobre un banco fuera a transformar la realidad. Como mentira, me parecía demasiado burda, casi ofensiva. La opción de que alguien creyera realmente en ello quedaba descartada en una de las ciudades con mayor criminalidad de Estados Unidos.

En aquel momento le di muchas vueltas al motivo por el que alguien querría decirle a la gente de Baltimore, en cada uno de sus bancos, que estaban en la mejor ciudad de América. No encontré respuesta. Pero, por aquel entonces, todavía no sabíamos nada de la posverdad.

En la foto, mi banco favorito un día cualquiera.

El fin del mundo

Nunca he tenido miedo a la lluvia, pero aquella tormenta era otra cosa. Había empezado a llover cuando estaba a dos calles de mi casa. Apreté el paso al escuchar el primer trueno y había hecho los últimos cien metros corriendo, como si disputase una medalla olímpica. Pese a todo, cuando entré en el ascensor estaba completamente calada, hasta el punto de que empecé a quitarme la ropa con dificultad en el descansillo y me lancé, nada más abrir la puerta, en dirección al baño.

Salí del cuarto de baño diez minutos más tarde, todavía en albornoz. Me había dado una ducha con agua caliente, me había secado el pelo y ya me sentía mejor. Fuera, el agua seguía golpeando con violencia los cristales y el viento se escuchaba como si se colase a través de mil rendijas invisibles. Había encendido la televisión pero no funcionaba, el viento debía haberse cargado la antena de nuevo. En su lugar, opté por consultar internet. La gente había empezado a colgar vídeos caseros en los que se podía observar la furia de la tormenta. 

Estábamos en medio de un temporal, y los primeros avisos de protección civil recomendando permanecer a cubierto no se hicieron esperar. Con esas rachas de viento, salir era una locura. Me encogí en el sofá. Me alegraba de haber previsto la tormenta con la suficiente antelación como para llegar a casa. Si la reunión hubiese durado diez minutos más me habría quedado encerrada en el trabajo y quién sabe cuándo podría haberme marchado. Prefería estar sentada en mi sofá mientras el fin del mundo ocurría ahí fuera. 

Un tremendo trueno coincidió con el sonido de mi interfono, haciéndome dar un bote en el sofá. Asustada, me había levantado para abrir. Al descolgar vi por la pantalla un chico con una gorra de repartidor de pizza: 

– ¿Ángel?

– Se ha equivocado. Es en la letra A.

– Gracias, – había respondido, llamando inmediatamente al número del vecino sin darme tiempo a apartar la oreja del auricular.

Que el fin del mundo nos pille con comida a domicilio. 

En la foto, el rayo iluminando el camino del repartidor.

La bicicleta

La pantalla te asigna la bicicleta número doce. La examinas con recelo mientras te aproximas. No sabes qué sorpresa te deparará esta vez: un manillar torcido, la cadena salida o un asiento sospechosamente alto, indicativo de que nadie ha podido bajarlo.

En esta ocasión, nada de eso ocurre. La bicicleta está en perfecto estado, y colocas el bolso en el cesto con una sonrisa de triunfo, como si hubieras superado un gran escollo. Ajustas el sillín a la altura correcta, cierras la cremallera del abrigo y, montándote y empezando a pedalear, te incorporas al carril bici.

Te detienes en el semáforo junto a un autobús. Lanzas una mirada a su interior con curiosidad. Hay varias personas con la cara inclinada sobre el teléfono móvil. Una señora mira con insistencia hacia delante, como si pudiera hacer que el semáforo se pusiera en verde sólo con el poder de su mente. Te fijas en un par de pasajeros con la vista clavada en la ventanilla, pero cuando intentas seguir la dirección de su mirada, te das cuenta de que no lleva a ninguna parte.

El semáforo se pone en verde y todos arrancáis. Rápidamente el autobús te sobrepasa, pero el tráfico le obliga a aminorar la marcha, por lo que vuelves a ponerte a su altura. De nuevo encuentra un hueco y se aleja, pero una furgoneta mal aparcada le impide avanzar, alcanzándolo de nuevo. Se ha convertido en una carrera. Tú pedaleas más rápido, aprovechando la vía libre del carril bici. El viento ha empezado a soplar y te parece que vuelas mientras, uno tras otro, adelantas a una docena de conductores aburridos que sólo desean llegar a casa. En ese momento el semáforo cambia a ámbar y te lanzas, con todas tus fuerzas, en un último sprint. Pasas con el tiempo justo y lanzas una mirada por encima del hombro al conductor del autobús y a los pasajeros que han quedado atrás. Sonríes, esta vez con gesto de superioridad. Seguramente, alguien te habrá acompañado en esa carrera y ahora mismo se estará lamentando por haberla perdido. Tal vez, eso le hará replantearse algunas cosas. A lo mejor, dentro de unos días, te lo cruzarás en bicicleta sin que llegues nunca a saber que está allí por tu culpa.

Por supuesto, esto nunca ocurrirá. Es como cuando los pequeños nos vanagloriamos de molestar al grande y el grande… ¡Ay, el grande! Ni siquiera se ha dado cuenta de nuestra existencia.

En la foto, yo celebrando que he dejado el autobús atrás.

La niebla

Hace frío en la calle. Es un día invernal, gris y con niebla. Salgo del portal y el frío me golpea como una bofetada. Rápidamente me ajusto el gorro y los guantes, y cierro un poco más, si es posible, la cremallera del abrigo.

La calle está vacía. Son las cuatro de la tarde pero está a punto de hacerse de noche. Con decisión, meto las manos en los bolsillos y comienzo a andar. Lanzo una mirada a las puertas de los comercios, a los portales de los edificios. Todos permanecen cerrados. Parece que no vayan a abrir nunca más.

Apenas he avanzado trescientos metros cuando siento que alguien me sigue. Las pisadas, tenues al principio, se han acomodado a las mías, manteniéndose detrás de mí. Podría haber girado la cabeza, pero algo me lo impide. En su lugar aprieto ligeramente el paso, tratando de no perder la compostura. Intento tranquilizarme. A fin de cuentas, es media tarde y camino por una avenida. No hay zombies en la ciudad ni estoy dentro de un relato de Stephen King. La niebla es sólo eso: niebla.

Respiro hondo, sintiéndome mejor, pero la tranquilidad dura muy poco. Quien sea que me sigue está cada vez más cerca. Miro a mi alrededor buscando algún lugar donde ocultarme, pero estoy en medio de una acera vacía. No hay escapatoria. Será alguien conocido, pienso. Pero, entonces, ¿por qué no me llama? ¿Por qué no grita mi nombre de una vez? Los pasos se acercan y se colocan a mi lado. Si no llevase puesto el maldito gorro podría descubrir quién es por el rabillo del ojo, pero entre tanta capa de ropa no hay manera. Aguanto la respiración durante un segundo, como si eso pudiera ayudarme. Dentro del bolsillo, aprieto los puños.

Una mano se apoya, suavemente, en mi hombro. Es la señal que necesito. Me giro con brusquedad, queriendo terminar cuanto antes.

Una mujer me mira, sonriente. Reconozco, en medio de mi confusión, a una de las dependientas de la tienda de frutos secos:

-Disculpa, pero tienes la cremallera de la mochila abierta. – Sonríe, todavía, un poco más. – No vaya a ser que alguien te de un susto.

Qué suerte la mía, pienso, mientras balbuceo gracias y permanezco parada, tratando de cerrar la cremallera con los guantes puestos. Si no fuera por esta mujer, alguien podría haberme asustado.

En la foto, una mano a punto de tocarme a través de la niebla.

La cuesta de enero

Después de unos cuantos días de vacaciones, de festejos varios, reencuentros con amigos y comida y bebida en abundancia, llega el momento de volver al trabajo. No es demasiado traumático: a fin de cuentas, soy un adulto ejemplar, y además me creí que, si me gusta a lo que me dedico, no tendré que trabajar el resto de mi vida. Aunque el despertador sonando a las 7 de la mañana con este frío se parezca, peligrosamente, a la idea que uno tiene de trabajar.

Camino hacia mi puesto de trabajo repasando las tareas pendientes. El final del 2019 fue casi infernal, pero constato con satisfacción que, pese a todo, logré dejar las cosas en orden. Ese pensamiento me pone contenta y me hace sentirme orgullosa. Así, con una sensación de ligereza que me hace andar con rapidez, junto con el frío que me impulsa a llegar, me acerco a mi edificio dispuesta a empezar el año con buen pie. De lejos, veo que algo ha cambiado: la entrada al edificio. Han sustituido la obsoleta puerta anterior, una doble hoja acristalada que había que empujar – o tirar – utilizando las dos manos, por una moderna puerta automática con el logo de la institución. La visión de la nueva entrada me hace esbozar una sonrisa. Hay algo de promesa en ello, como si todo fuera a ser más sencillo a partir de ahora.

Así que me acerco, decidida, sonriendo al comienzo del nuevo año. Cuando estoy a dos pasos de la puerta el sensor me detecta correctamente y comienza a abrirse. Todo funciona a las mil maravillas.

Dos pasos después, mis hombros colisionan con fuerza contra el cristal. Sin detenerme, tratando de disimular el golpe, me contorneo para colarme dentro del edificio, lanzando una rápida mirada a mi alrededor para cerciorarme de que nadie me ha visto.

A veces nuestros pensamientos van demasiado rápido y la realidad te pone en su sitio, imponiendo su propia velocidad. Esto es a lo que yo llamo «cuesta de enero».

En la foto, yo vengándome de la puerta nueva.

Magdalenas

Se tuvieron que apartar para que yo pudiera acercarme a la barra.

Eran dos: el mayor vestía traje gris, y su pelo cano empezaba a clarear en algunas partes. El más joven llevaba un traje azul marino, de corte actual, y una libreta debajo del brazo. Al apartarse, dejándome sola delante del chino que, en esos momentos, se ocupaba de atender la barra, habían cruzado una sonrisa cargada de suficiencia.

Sí, lo reconozco. Hay personas que me caen mal a primera vista. Y esos dos me cayeron fatal. Mientras el camarero servía las dos cañas, no había podido evitar mirarlos. Acodados en el otro extremo de la barra, el mayor de ellos increpaba a la otra camarera, una china que estaba secando vasos:

– No hacéis más que pedirme tazas. Vajilla, vajilla y más vajilla. Y cuando vengo por aquí, ¿Qué me encuentro? Que las magdalenas son de otros.

Hablaba con un tono de voz innecesariamente alto, haciendo aspavientos. El joven, mientras tanto, permanecía acodado en la barra, mirando de arriba a abajo a la mujer.

– Vosotros gastando vajilla y las magdalenas no son nuestras, – había insistido, como si el origen de las magdalenas fuera la mayor de las afrentas. – ¿Cómo queréis que me lo tome?

Había regresado a mi mesa cargando las cervezas y de visible malhumor. Aquellos tipos me estaban poniendo de muy mala leche. Los seguí espiando mientras bebía a sorbos mi caña. Por fin se alejaron de la barra, dieron un par de vueltas por el local como si fuera suyo y, al final, se apostaron en la puerta de entrada.

No tuvieron que esperar mucho. En seguida apareció el jefe, un hombre de unos cincuenta años, bajo pero de complexión fuerte. Los tres habían tomado asiento frente a una mesa. Los dos hombres a un lado. El chino, en el otro. Mentalmente le había mandado fuerzas. «No te achantes» había pensado y, como si me hubiera escuchado, se había echado ligeramente hacia atrás y extendido el brazo derecho sobre la silla que quedaba libre. En ese momento, supe que todo iba a ir bien.

Minutos más tarde, cuando me acerqué a pagar a la barra, lancé una última mirada hacia la mesa. Los vendedores se habían callado, y el chino hablaba con serenidad y gestos tajantes. Había esperado a que los camareros dejasen de mirarlos para pedir la cuenta:

– Vaya gilipollas, – había comentado, en ese momento, el camarero a su compañera.

– Integral. Pero el jefe le está poniendo en su sitio. Eso les pasa por tratarnos como a idiotas.

Por supuesto, eso lo dijeron en chino, pero no me importó. A veces no hace falta entender el idioma para comprender lo fundamental.

En la foto, yo fingiendo que escucho la conversación de mi acompañante cuando, realmente, estoy mirando al chino.