Un paseo por la Quinta Avenida

Cuando mis padres vinieron a visitarme a Nueva York, preparé un programa digno de la mejor guía turística. En él estaban representados, en un equilibrio casi perfecto, los must de la ciudad junto a otros lugares no tan conocidos que conformaban mi NYC particular. La lista era tan larga y el tiempo tan limitado, que fue todo un reto.

Era la primera noche del viaje cuando, contentos pero cansados, volvíamos paseando al apartamento. Habíamos dado un pequeño rodeo para regresar por la Quinta Avenida. Era el único momento del día en el que me gustaba pasear por ahí, cuando las hordas de turistas ya habían desaparecido, el tráfico se había visto reducido a su mínima expresión y el espectáculo de luces provenientes de las tiendas de lujo lucía en todo su esplendor. Así, nos detuvimos en el gigantesco escaparate de Gucci, situado en los bajos de la Trump Tower. Dos maniquíes se erguían, solitarios, en el centro de un local enorme. Habíamos hablado sobre ello durante unos minutos: de lo suntuoso del lugar, del concepto del lujo y de cómo la ropa cobraba otra dimensión, convirtiéndose en arte. También hicimos otros comentarios más mundanos, como a cuánto tenías que vender cada prenda para que un local de esas características te saliera rentable o con qué productos había que limpiar para que todo luciera tan brillante.

En esas estábamos, extasiados, cuando un elemento atrajo nuestra atención. Desde el fondo de la tienda, en dirección al escaparate, algo se aproximaba. Lento pero implacable. Destacando sobre el suelo de mármol blanco, e iluminada bajo los focos, una cucaracha había llegado hasta el cristal. Allí se había detenido, a apenas un metro de nosotros, dejándonos que la contempláramos en silencio. Unos segundos después se había dado la vuelta, regresando al lugar del que había salido.

Probablemente, ésta sea una estupenda metáfora de la vida. Para mí, ilustra, sobre todo, una cosa: Nueva York, bajo las luces, está atestada de cucarachas.

En la foto, yo fingiendo que no he visto nada.

Lo políticamente incorrecto

Si miro a mi alrededor, sólo se me ocurre escribir sobre gordos y negros.

Cuando comienzo a teclear este post estoy sentada en el hall del edificio. Son las 11 de la mañana y el guardia de seguridad – negro – está sentado en la mesa de al lado engullendo el contenido de una bolsa de papel del Burger King. Baltimore está lleno de negros. Es un comentario puramente descriptivo. Más de la mitad de la población de Baltimore es negra y para todo aquel que, como yo, no esté acostumbrado, resulta llamativo. Sin embargo, ésta no es una ciudad multirracial, multicultural, étnica o cualquier otro nombre bonito que podamos aplicarle. Ésta es una ciudad de guetos: los negros viven en unas zonas y los blancos, en otras. Los barrios de los negros empiezan de improviso, como si alguien hubiera trazado una frontera invisible que parte en dos una avenida, o una determinada manzana. Jim me explica por la noche que la división de la ciudad comenzó en los años 40 y fue provocada por los bancos y la especulación urbanística. Para corroborarlo, Troy me enseña una noticia de esa época: «¿Tendrías miedo si un negro se mudase junto a tu puerta?». Resulta terrorífico.

Would-you-panic
pg. 9, detail; Chicago Daily News, July 10, 1962, newspaper fragment

 

Así que caminas por un puñado de calles, rodeado de blancos de buen nivel económico y donde los únicos negros son conductores, personal de limpieza, cajeras o celadores. O agentes de seguridad, que recorren sin descanso el perímetro del barrio blanco y vigilan desde el interior de garitas instaladas en los puntos próximos a la frontera, para evitar que nada resquebraje la ciudad de cristal.

Pero no ha sido el negro de la mesa de al lado, ni el olor de su comida, lo que me ha hecho levantar la cabeza del ordenador. De repente he escuchado resollar a alguien, ahogándose, y me he topado con una chica que se ha dejado caer en una silla próxima. Es descomunal, inmensa. Aquí los gordos son de otro nivel, no pueden respirar, les cuesta moverse. Personas que, como esta chica, se han quedado encerradas dentro de un cuerpo que no es el suyo. Atrapadas bajo de  una piel que alguien ha inflado sin medida, estirándola hasta que no da más de sí. Siento lástima cuando los veo avanzar renqueantes sobre unas piernas que se han vuelto demasiado débiles y que apenas les sostienen. Cuando cualquier movimiento les cuesta un esfuerzo sobrehumano. La veo levantarse de nuevo y avanzar con dificultad hasta la puerta, la cara roja por el esfuerzo. Sale a esa misma calle donde, junto a la puerta de la primera escuela de Salud Pública del mundo, hay un Burger King.