16 de enero 2020

Celia es la mejor trabajadora que una empresa podría tener: cumplidora, eficiente, ordenada. Todo lo contrario a mí, que sobrevivo como puedo en una mesa caótica, no sé en qué día vivo y siempre corro de un lado para otro. Todas las mañanas, cuando entro en el despacho, ella ya está ahí, con los ojos fijos en la pantalla del portátil y tomando notas en su cuaderno con un bolígrafo impecable, no como mi boli bic, completamente mordisqueado. Sí, la pobre es un muermo. Por eso, al llegar esta mañana a la oficina, me he dado un susto terrible. Ahí estaba mi mesa tal y como la había dejado. Pero Celia, ¡Celia no estaba! Así que me he puesto a mirar a mi alrededor, detrás de la puerta y debajo de la mesa, no vaya a ser que, después de años de total aburrimiento, hubiera decidido gastarme una broma. No la he encontrado. He salido entonces al pasillo para preguntar por ella, pero no había nadie. Entonces lo he visto claro: aquello tenía que ser un apocalipsis zombie o una alerta nuclear o, probablemente, un escape nuclear que había terminado con la mitad de la población convertida en zombies. He empezado a temblar cuando, de repente, mi móvil ha vibrado en el bolsillo, haciéndome dar un salto. Era mi madre, que si iba a comer. Había hecho pollo asado, como todos los domingos.

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