23 de enero 2020

Mi mujer me ha dicho que no saliera de casa hoy. Como si soportase quedarme encerrado.  Que había nevado mucho y que iba a coger una pulmonía. Ella no sabe que de pequeño, en el pueblo, todos los inviernos me tocaba caminar varias horas bajo la nieve. Después me ha dicho que estoy cegato, que pisaría una plancha de hielo y me caería y me rompería la cadera, y que ella no estaba dispuesta a acabar en el hospital. Vaya estupidez. Tengo cataratas pero puedo ver todavía a muchos metros de distancia. Después ha sacado la última carta, la de la demencia. Que se me va la cabeza, dice, que no se me puede dejar solo. Al final se ha hartado de darme órdenes y me ha dicho que hiciera lo que quisiera, que soy un viejo inaguantable y cabezota. Justo lo que quería oír. Así he tenido excusa para irme dando un portazo, fingiendo que estoy muy ofendido. Como si me importase.  

En fin, gracias por escucharme. Es agradable tener vecinos tan amables.

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