5 de marzo 2020

— ¿Nos podemos ir ya?

— Camille, no seas bruta. Si apenas he empezado a pintar.

— Esto es aburridísimo. Aquí sólo hay mosquitos. ¡Me están comiendo viva!

— Es un paisaje idílico. Fíjate bien: el agua, el puente, el reflejo de los árboles sobre el río. ¿No te parece maravilloso?

— Es lo mismo de siempre, Claude. 

— Eso no es verdad. Ya verás cuando dibuje los nenúfares. ¡Te va a encantar!

— Tú y tus nenúfares. Me tienes harta. 

Camille arruga la nariz en un gesto que la hace parecer una niña pequeña. Él decide ignorar el comentario. 

— Si tan cansada estás de los nenúfares, dime: ¿Qué añadirías tú al cuadro?

— Unas piernas saliendo del agua, como nadadoras de sincronizada —había respondido Camille sin dudarlo. —O una mujer desnuda. Ahí mismo, en el césped, mientras hace un picnic. 

— Ajá…

Ambos habían permanecido callados durante los siguientes minutos, sin mucho más que decir. Finalmente, Camille había hablado con voz hosca:

— Estás pintando nenúfares, ¿verdad?

— Exactamente.

— Lo sabía. 

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