El miedo

Si había muchos pacientes terminábamos la consulta cuando ya se había hecho de noche. Vivíamos a sólo una cuadra del consultorio de Santa Anita, pero si había anochecido recorría esa distancia corriendo. Me detenía ante la verja con las llaves en la mano, y miraba alrededor mientras abría y cerraba a mis espadas todo lo rápido que era capaz. Nunca pasó nada. Tal vez, por muchas veces que hubiera hecho ese camino, nunca hubiera sucedido nada. Pero el miedo estaba allí, una amenaza que no puedes ver. Una mano que te aprieta la boca del estómago.

En la cárcel de Trinidad luchaba para que el miedo no saliera al exterior. Para que mi gesto permaneciera impasible, para que no se notase que me temblaban las manos, que sólo quería salir de allí. Los minutos que el guardia tardaba en abrir la puerta parecían horas. Apoyados junto a la reja los locos, los desahuciados, te hablaban. Unos sonreían con bocas desdentadas, hombres en los que era imposible calcular la edad. Otros tenían la mirada perdida. Yo trataba de pasar desapercibida, no enfadar a ninguno. Simulaba estar cómoda mientras invocaba mentalmente al guardia, ven ya, por qué cojones tardas tanto. El miedo es la certeza de que todo puede torcerse en cualquier instante.

Baltimore no es Santa Anita, ni el Agustino, ni mucho menos las cárceles bolivianas. Aún así, en cada esquina hay un hombre que grita, tirado en el suelo como si nunca se fuese a mover. En cada manzana te cruzas con alguien que camina a duras penas, con la mirada perdida. En cada rincón de la ciudad hay una mano dispuesta a apretarte, poco a poco, la boca del estómago.

Recordar en cuatro pasos

Encontramos un pequeño restaurante en Lisboa, cerca del Elevador de Santa Justa. El local era destartalado y parecía una trampa para turistas, pero yo me moría de ganas de comer un arroz caldoso, así que decidimos entrar. Un anciano sirvió el vino y su mujer dejó sobre la mesa una cazuela rebosante. Volvería una y mil veces a las decadentes, a las hermosas calles de Lisboa, para comer ese arroz.

Buscábamos un restaurante en French Concession, Shanghai, cuando empezó a llover. Aligeramos el paso y llegamos hasta un callejón estrecho. Para entonces la lluvia se había convertido en diluvio, el lugar era sórdido y no había nadie, y aunque pensé en marcharme la lluvia me disuadió. Empujamos una puerta oscura y nos encontramos en el centro de un local diminuto y acogedor. La sopa de anguila era la especialidad de la casa, y recuerdo haberla saboreado mientras la lluvia resonaba en el callejón.

César nos llevó a un restaurante con aspecto de local de playa, pero desde el que todavía no se veía el océano. El local estaba vacío y tenía manteles de papel, pero nos aseguró que estábamos a punto de probar el mejor ceviche de Lima. No sé si lo era, porque para mí fue el primero, pero desde entonces lo busco con pasión. Otra noche fuimos a un garaje oscuro, donde una señora surcada de arrugas preparaba anticucho y choncholi en un pequeño fuego. Lili reía al vernos comer, como si nos estuviera gastando una broma, pero yo estaba disfrutando tanto que me parecía que la que se estaba burlando de ella, era yo.

Soplaba el viento aquella noche, y las olas golpeaban con fuerza en las ventanas del pintoresco restaurante de Mikonos. De cena pedimos lo de siempre: musaka, queso frito y yogurt, sobre todo mucho yogurt. En pocos sitios he creído tan fervientemente en la belleza de la vida como en Grecia.

Ahora estoy en un autocar, rumbo a Nueva York. En pocos minutos empezaré a ver las luces de Manhattan y ya no podré separar la vista de la ventanilla. En Nueva York me esperan con un banana pudding del Magnolia en la nevera, uno de los mejores regalos que le puedes hacer a un goloso. No todas las cosas que merecen la pena están lejos.

 

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Magnolia

Mi abuelo

Recuerdo a mi abuelo a través de gestos y comentarios. De situaciones que, para mí, son la mejor manera de asir una realidad que ya no existe.

Mi abuelo se sentaba y, una y otra vez, pasaba la mano por los brazos del sillón orejero, desgastando la tela. Se instalaba allí los domingos después de comer y encendía la radio. Cuando nos íbamos hacia el campo de fútbol él ya tenía el partido sintonizado y nos despedía diciéndonos que gritásemos muchos «Aus». No que hubiese muchos goles, ni que ganásemos, ni siquiera que lo pasásemos bien, sino que gritásemos «Aus». Para nosotras, los «Aus» eran esas jugadas que son casi gol pero en las que la pelota no llega a entrar en la portería. Serán goles yayo, le corregíamos, y él insistía en que no. Por supuesto, si el Zaragoza perdía, cosa que solía suceder, nos recibía con una sonrisa, qué mal han jugado, exclamaba, y parecía divertirse haciéndonos rabiar.

A mi abuelo le encantaba conducir, pero no era buen conductor. Recuerdo cuántas veces había raspado el coche al llevarme al parque de pequeña: contra otro coche, contra un bordillo. El coche de mi abuelo estaba lleno de rayas y yo todavía identifico la plaza de garaje por el boquete que, a base de rozar el retrovisor, hizo a la columna del aparcamiento.

Mi abuelo entraba en la cocina cuando todo estaba hecho y exclamaba, «¡Cuánta mujer hay aquí! ¡Mejor me voy!» y se daba la vuelta, satisfecho con el deber cumplido. Mi abuelo atropelló un taxi después de decidir cruzar en rojo por entre unos setos, cuando ya apenas veía. Mi abuelo, el mismo que se levantaba todos los años para ver los San Fermines, y se reía como un niño pequeño cuando el toro cogía a alguien.

Hace poco fue su cumpleaños, 95. Si estuviera aquí, seguiría siendo el abuelo más guapo del lugar.

 

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