Las 10 cosas que aprendí de los neoyorquinos viviendo en Yorkville

1. ¡Estoy solo en el mundo!

En una ciudad de más de 8 millones de habitantes, de los cuáles más de 1 y medio están en Manhattan – y la isla no es tan grande, os lo prometo – estar solo es una utopía. Pero los neoyorquinos lo intentan. Para ello son capaces de caminar con los dos cascos puestos, sin levantar la mirada de la pantalla del móvil o lanzarse hasta el final del andén en busca del vagón más vacío de tren, para expandirse como si no hubiese problemas de espacio. La ilusión es lo último que se pierde.

2. Cuanto más grande, mejor.

Los coches pequeños son de losers. Cuanto más grande sea, cuanto más espacio ocupe, más les gusta. Da igual que consuma mucho – la gasolina es muy barata, ¡viva el cambio climático! – o que no puedas aparcarlo en ningún sitio. Eso se aplica también a los anticuados autobuses escolares, a los coches de bomberos y a las ambulancias. Por qué ocupar sólo un carril cuando puedes ocupar uno y medio.

3. ¿Por qué hacerlo tú cuando puedes pagar a otro para que lo haga?

Aquí no ha triunfado el movimiento DIY o, si lo ha hecho, es con un fin puramente lúdico. El ejemplo más claro son los cleaners. Los pisos no suelen tener lavadora, pero lo de ir a la laundry está anticuado. Cada dos pasos tienes un negocio de cleaners, donde lavan y pliegan tu ropa por un módico precio. ¿Quién quiere lavadora?

4. Miedo, miedo everywhere (todos los peligros nos acechan)

Ya lo conté en este otro post. El factor miedo está siempre presente, ya sea en forma de amenaza a la seguridad nacional, de insecto que puede picarte y contagiarte una terrible enfermedad o de un sospechoso en el metro dispuesto a lanzarse sobre ti. A mí lo que más inseguridad me produce son esos policías neoyorquinos gordos con la pistola en el cinto: estoy segura de que prefieren sacar el arma a correr detrás de un sospechoso.

5. Manos, ¿Para qué os quiero?

Tener ambas manos ocupadas cuando ando por la calle me produce cierto angustia. Tal vez se deba a mi torpeza, ya que me veo tropezando y dejándome los dientes sobre la acera. Por esa razón me agobia ver a los neoyorquinos con las dos manos ocupadas, en el que es su estado habitual: en un mano el teléfono móvil – un día regalaron iPhone 6, o no me lo explico – y en la otra, la bebida. Da igual la hora del día, aquí caminar sin un vaso con pajita es impensable. Y eso me lleva al siguiente punto:

6. Healthy power vs. extra de grasa: elige tu bando.

Aquí no hay término medio. Las tiendas de productos energéticos proliferan en mi barrio casi tanto como las hamburgueserías. Los estantes de productos organic se codean con las montañas de galletas, azúcares y comida procesada. Aquí puedes ser el más sano o el más cerdo, pero el término medio… ¡Ay, el término medio! Eso sí, nota salubrista: si quieres comer sano, tienes que pagarlo.

7. Si eres taxista, las señales de tráfico son orientativas.

Da igual que indiquen que no puedes girar o que está en rojo. Si eres taxista puedes hacer lo que quieras en esta ciudad. Y, además, pitando sin parar, aunque no exista motivo para ello. Y hay otra excepción: los ciclistas. Los pocos valientes que se aventuran en bici lo hacen a pecho descubierto: sin respetar las normas – he visto a ciclistas en dirección contraria por la 2ª – y pedaleando sin luces en plena oscuridad. Muy peligroso.

8. Like it? Pay it!

La primera vez que fui a Central Park me llamaron la atención unos carteles con el siguiente mensaje: «¿Estás disfrutando de esta experiencia? ¡Colabora!». Aquí todo es posible gracias a la financiación particular. La gente paga y dedica los bancos de los parques – «Para nuestra querida madre a la que nunca olvidaremos», «Para nuestro amado hijo» – los museos reclutan constantemente socios, hay una asociación por cada actividad y hasta los conciertos de verano los ha financiado algún rico que, afortunadamente, tuvo la feliz idea de que todos disfrutásemos de la filarmónica de NYC. En general, es casi imposible encontrar un espacio no patrocinado.

9. El novio de la muerte.

Se podría hacer una ruta por Manhattan que recorriera la ciudad de memorial en memorial, y no nos dejaríamos nada sin ver. Da igual que estés en un parque, una plaza, la esquina de un edificio o en un parque de atracciones. En cualquier punto puedes encontrar una escultura que recuerda a los desaparecidos en combate, una placa con los nombres de las víctimas del 11M o una bandera negra que nos recuerda que hay muchos hijos de América que dieron su vida por la patria. Tétrico.

10. ¡Honor!

Aquí la palabra es mucho más valiosa que los documentos. Lo comprobé el día que nos cambiaron una botella de vino picado sin necesidad del ticket, sin dudar de que la hubiésemos comprado allí. En otra ocasión, comiendo en un restaurante nos quejamos después de más de 40 minutos esperando la comida. El resultado: nos invitaron a comer – ¡Sí, como hacen con toda la remesa de primeros comensales en Pesadilla en la Cocina! – Es cierto que una mala opinión puede hundir la reputación de tu negocio, pero también que nadie pone en duda tu palabra. Y eso, siempre es de agradecer.

Subir, bajar y volver a subir como en una montaña rusa

Me moría de ganas de visitar Coney Island. Tantas, que cuando el metro anunció la última parada, ya estaba dando saltos de alegría como una niña. Al salir de la estación, el mural de Nathan con los resultados del concurso de comer perritos calientes de cada 4 de julio me da la bienvenida. Los ganadores de otros años posan como luchadores de Pressing catch y puedo leer que el récord está establecido en 69 perritos. Realmente impresionante.

El mural es la declaración de intenciones de Coney Island, un lugar donde se acumula lo hortera, lo feo. Todo aquello de lo que se enorgullecen los neoyorquinos queda muy lejos en el espacio, pero también en el tiempo. El reloj del Luna Park se detuvo hace varias décadas, y paseando entre las atracciones puedes encontrar tómbolas rudimentarias y autómatas que prometen enamorarte por un cuarto de dólar. El paseo de la playa está atestado de puestos de comida con olor a fritanga, y los comensales beben sin traspasar una línea pintada en el suelo. Unos metros más allá, un grupo de puertorriqueños bailan como si acabasen de salir de un after.

Me muevo contenta entre ese feísmo, sin apartar la mirada del Cyclone, mi auténtico destino. Nerviosa pago los billetes y consigo encajarme en uno de sus diminutos asientos de cuero marrón. El viaje dura menos de dos minutos y termino feliz, pletórica.

Me encantan las montañas rusas. Hay subidas, bajadas y más subidas. Las subidas parecen que no se acaban nunca y pueden provocar más vértigo que placer. En algunas caídas son peores los nervios previos que lo que realmente sucede, y terminas reconociendo que no fue para tanto. Otras, pasan desapercibidas hasta que no te ves la punta de los pies y las tienes que afrontar con lo puesto. Sea lo que fuere, al final siempre terminas mejor que empezaste. Como la vida, vamos.

Cyclone
Cyclone

El Met y la Casa de las Dagas Voladoras

Me declaro fan de las películas chinas. De los lagos escondidos, sus bosques sombríos y las altas montañas.

Me gustan los guerreros silenciosos, que apenas tocan el suelo. Los que saltan desafiando las leyes de la física mientras todo queda en suspenso.

Me quedo embelesada ante los trajes de las mujeres. Los tejidos kilométricos, los colores. Los bordados y las telas. Los dibujos y la caligrafía que hay en ellos. Pensaba en todo ello recorriendo la exposición sobre moda china que hay en el Met, hasta que me topé con una sala donde proyectaban La Casa de las Dagas Voladoras.

Nadie es inmune a la belleza.

Met
Met

Todos los peligros nos acechan

Los europeos vivimos en un estado de feliz desconocimiento.

No sabemos lo peligroso que es viajar en transporte público, los riesgos de coger un metro. Deberían recordárnoslo con un único mensaje, repetido hasta la saciedad para que nos quedase grabado a fuego. Un mensaje visible en cada esquina, en cada boca de metro, a través de distintos soportes: en carteles de gruesas letras blancas sobre fondo rojo, en grandes pegatinas en los peldaños de las escaleras o en los carteles rotativos en los que se anuncian las estaciones. «If you see something, say something».

No somos conscientes del riesgo de morir calcinados, atrapados en algún espantoso incendio. Aquí son omnipresentes las alarmas de humo, las bocas de incendio, los coches de bomberos con atronadoras bocinas que recorren a todas horas la ciudad. La voz a través de la megafonía del metro que nos recuerda que no tiremos basura a las vías, porque es un material altamente inflamable.

El peligro acecha en cada rincón de la ciudad. Está agazapado en los restaurantes con enormes letras B que nos hacen sospechar de su limpieza, en las calaveras que presiden los locales cerrados y evocan la peor de las plagas. Está en los filetes de carne engordados con hormonas, en los barrios alejados del centro y en los objetos que parecen inofensivos. Así lo dicen los botellines de agua «Cap is a small part and poses a choking hazard, particularly for children» y lo pregonan las etiquetas de los secadores, con sus símbolos de muerte por electrocución.

Ya lo decía Carmen Martín Gaite. Lo raro es vivir.

Williamsburg bridge
Williamsburg bridge

Shrine

Empezó a llover el domingo, después de comer, y no ha parado desde entonces. La lluvia humaniza la ciudad, hace a Nueva York un poco más vulgar, menos extraordinaria. También aquí se forman atascos: los coches pitan más de la cuenta y los taxis escasean. Las calles dejan de estar llenas, igual que en cualquier otro lugar, y los escasos transeúntes que se animan a salir de casa corren de un lado para otro, protegidos por enormes paraguas. El vaho que sube del río hace que las avenidas se acorten ante nuestros ojos y los rascacielos parecen más pequeños recortados sobre el cielo gris.

Decidimos ir a Harlem la peor noche de todas, en el momento en que la lluvia había arreciado y hacía más frío. Cuando estamos a punto de salir llega un aviso al móvil que alerta del riesgo de inundaciones. He aprendido a reírme del miedo desbocado de los americanos a todo lo que es un riesgo potencial: los secadores de pelo, la basura en el metro y, ahora, la lluvia. Le damos tan poca importancia que borramos el mensaje nada más verlo, y cuando nos adentramos en Harlem, montados en un autobús casi vacío, empiezo a pensar que tal vez hubiese sido mejor quedarse en casa.

Shrine es pequeño y oscuro, pero acogedor. En las pocas mesas que están ocupadas esa noche se sientan los músicos que han terminado de tocar o los que esperan su turno. En el escenario suena una banda folk cuyo cantante, al terminar, insiste en darnos unos tickets para bebidas gratis que él no va a utilizar. En la información del grupo leo que tiene 18 años.

La música siguió sonando hasta que, a mitad de la actuación de un grupo de blues, le susurro algo: «Qué curioso. Estamos en Harlem y todos somos blancos».

Shrine

Un mirlo en NYC

Hay un pájaro en mi ventana. No uno cualquiera, sino el mismo pájaro que aparece, día tras día, en el momento menos pensado.

La mayor parte de las veces lo escucho cantar, y entonces corro hasta la ventana para verlo – en sentido metafórico, porque mi piso diminuto no me permite correr, como mucho dar dos o tres pasos un poco más rápido de lo normal. En otras ocasiones, como cuando he ido a hacer la fotografía que acompaña este post, está allí, encaramado a la barandilla de las escaleras de incendio, sin hacer ruido. Tendréis que creerme, porque nunca he conseguido hacerle una foto. Puedo sentarme todo el tiempo que quiera, mirándolo pavonearse de un lado a otro de la barandilla sin que parezca asustarse, pero en cuanto saco el móvil, echa a volar lejos de mi ventana.

Upper East Side
Upper East Side

Como no se nada de pájaros, me he enterado gracias a internet de que mi visitante es un mirlo. No se por qué razón, no esperaba encontrar mirlos en NYC, como si aquí, entre los coches, el asfalto y la gente, no hubiese espacio para otro animal distinto a los perros de los neoyorquinos. Revisando el diccionario, veo que mirlo en inglés se dice «blackbird». ¿Pero será realmente un mirlo, o se tratará de otro pájaro? Busco en internet mirlos en NYC y Google me devuelve un montón de links de este tipo. No me sorprende: desde hace algo más de una semana soy consciente de que el paraíso de la hostelería no es España, sino Manhattan. En mis paseos encuentro decenas, cientos de bares y restaurantes consecutivos y, creedme, todos están llenos. A todas horas. Pero ése es otro tema. No me doy por vencida y decido buscar imágenes de blackbirds en Nueva York, a ver si tengo más suerte, y la web me devuelve esto. Qué raro, un avión de combate. Después del Memorial Day de ayer, de la exaltación nacional de su ejército y de los caídos en combate, pensé que no habría un post más alejado de la realidad bélica de este país que hablar sobre pájaros.

Parece que me equivocaba.

Pero de la guerra, mejor hablar otro día.

Escaleras

Llegué a Nueva York ayer. Con más retrasos, frío y ruido del esperado. No importa, hay tiempo de sobra.

Mi barrio está lleno de escaleras. Hay escaleras empinadas que nadie ha limpiado desde hace años y que conducen a azoteas cerradas. Escaleras que llevan hacia abajo, a sótanos de locales que parecen clandestinos. Escaleras de metal, de mármol, de madera con peldaños de linóleo y pasamanos casi ancestrales.

Upper East Side NYC
Upper East Side NYC

Las fachadas están surcadas de escaleras y creo que acabaré partiéndome el cuello de tanto mirar hacia arriba. Los edificios de mi calle recuerdan a Pretty Woman, con Richard Gere subiendo por su fachada, intrépido. Se que desde alguna de esas escaleras estará cantando Audrey, aunque no pueda escucharla a causa de las obras de la estación de metro o de las bocinas de los camiones.

Upper East Side NYC
Upper East Side NYC

Mi casa no es una excepción. Cada pocos minutos me asomo, medio cuerpo fuera, y miro hacia abajo y en dirección a los edificios vecinos. Las escaleras de metal no son aptas para gente con vértigo y entre sus hierros parece que puedes escurrirte hasta la acera. Están surcadas de cables y llenas de óxido, pero pese a todo sirven de balcones improvisados, de puntos de encuentro y de lugares donde plantar algo.

Upper East Side NYC
Upper East Side NYC
Upper East Side NYC
Upper East Side NYC

Tengo que reconocer que todavía no me atrevo a ponerme a cantar. De momento me conformo con asomarme y ver la ciudad desde arriba. Una perspectiva totalmente inesperada.

Upper East Side NYC
Upper East Side NYC

Como decíamos ayer

Hace unos cuantos años – 9, 10, ahora mismo no lo recuerdo con exactitud, – comencé a escribir sobre todo lo que se me ocurría en un blog. El título del blog era El Intercambio Equivalente, y tomaba su nombre de la serie manga Full Metal Alchemist. Sí, era una chica muy friki. Podía pasarme toda la noche jugando a juegos de mesa, conocía los nombres de las tribus de indios americanos e iba a ciclos de cine coreano. Nada demasiado estrambótico. Ahora, muchos años después, mi frikismo se ha suavizado, o socializado, según se mire, pero perdura en algunos pequeños detalles que no tengo intención de eliminar, como son mi costumbre de utilizar palabras que la gente parece no haber escuchado jamás, disfrutar con el humor absurdo, y leer libros cuyos autores murieron hace más de 100 años, superando ampliamente la recomendación de aquel personaje de Murakami.

Dicho esto, desconozco por qué he decidido abrir un nuevo blog y, lo que es todavía más llamativo, lanzarme a escribir en él. O, siendo  más precisos, tengo una ligera idea, pero no me apetece ahondar en ella temiendo descubrir que sea demasiado absurda, rompiendo la magia. Para colmo, en vez de demostrar que los años no han pasado en balde, he optado por escoger un título, El Intercambio, que es una clara continuación de aquel blog de fondo negro que tenía una cabecera de Final Fantasy y en el que, y tal vez todo se resuma a eso, tan buenos ratos pasé.

Veremos a dónde me lleva todo esto.