Padres

Con el principio de curso regresan a la ciudad los autobuses llenos, los bocinazos de los coches, los niños que, todavía con los ojos llenos de legañas, caminan zombies hacia el colegio y las madres, padres y abuelos que los acompañan.

Me cruzo al padre que pasea al lado de su hijo con las manos en los bolsillos y la vista al frente, como si ambos se hubiesen encontrado de casualidad y, también por puro azar, compartieran el mismo camino. Está el padre machote, que desafía al frío mañanero de manga corta, con unos vaqueros viejos y sin afeitar, y que carga con una sola mano la mochila de ruedas de Dora la Exploradora.

El padre ocupado va con traje y anda a toda velocidad hablando por el teléfono móvil. De vez en cuando mira hacia atrás para asegurarse de que su hijo le sigue. Normalmente éste camina acompañado de otros niños con padres tan ocupados como el suyo.

También los bohemios maduran, tienen hijos y llega el día en que los tienen que llevar al colegio. Eso no evita que caminen con la gorra calada hasta las orejas, la barba poblada que lucen desde muchos años antes de que se convirtiese en icono hipster, y fumando tabaco de liar. Mantienen conversaciones muy serias y sus hijos suelen mirarles con ojos como platos, sin terminar de entenderles.

Por último, está mi favorito. El  padre joven que me cruzo todas las mañanas y que va jugando con una niña pequeña con coletas. Un hombre que se ríe, que presta atención a la conversación y que no parece tener prisa por aparcar a la pequeña en el colegio. Un padre que me hace preguntarme en qué momento del ciclo estaré, para que caminar jugando al veo-veo me parezca el súmmum de lo atractivo.

Mi tía tiene Facebook

Pensaba que las redes sociales no me podían dar, a estas alturas, ningún susto. Cuando creía que todas las fotos que había publicado en algún momento, aquellas en las que estaba etiquetada e, incluso, todos los amigos que tenía en Facebook estaban bajo control, ha aparecido un factor inesperado.

Mi tía.

Mi tía ha decidido aprender informática y hacerse Facebook. Todo en uno. Aún recuerdo el día que mi padre me dijo, todo ufano, que le había ayudado a abrirse un perfil. ¿Te das cuenta de lo que has hecho? Le dijimos. Él sonrió, confiado. Sólo le he agregado a tus primos, respondió.

No habían pasado ni 24 horas cuando recibí la temida petición de amistad. Mi tía aprendió a usar Facebook en tiempo récord, y desde entonces no ha dejado pasar un solo día sin dar señales de vida. Le gusta Ibercaja, el Corte Inglés y una página de muñecas que no querríais tener en casa una noche de tormenta en la que se saltasen los plomos. Ha hecho sus pinitos con el Candy Crush y ha visto hasta mis fotos más remotas. Con mi otra tía mantiene diálogos de muro a muro que son, cuando menos, inquietantes. El último, esta misma tarde: «Nose si lo hago bien pero hos mando un abrazo a todos ya empieza a refrescar y en cima con el agua que bebo». ¿Qué significa esta frase? ¿Una amenaza, una insinuación? Mientras tanto, mi tío le anima en su propio muro «Qué perfil más guay» le dice. Ahí, incitando.

Dramatización de mi tía en plena faena. 

Desde entonces, vivo con miedo a abrir el Facebook. De momento, viene en son de paz. «Que te quiero mucho» ha escrito en mi muro. Así, a bocajarro. Y yo, que no estoy preparada para esas muestras de amor familiar, le he respondido como he podido (sonrisa beso) y, con alevosía y traición, he ocultado el mensaje. Ahora me pregunto cuánto tardará en descubrirlo.

Zaragoza Interstellar

Después de casi cuatro meses fuera, el tiempo parece haberse detenido en esta ciudad. El dueño de la tienda de abajo sigue pasando las horas apostado en la puerta, contemplándolo todo tras sus gafas de pasta blanca con expresión despreciativa. El chino de la tienda de enfrente ha sonreído levemente al saludarme, como solía hacer en los últimos tiempos, la mayor muestra de familiaridad que parece permitirse. Los dos hombres que charlan junto a la parada de Bizi siguen allí, como si estuviesen tramando algo. Me vigilan en silencio cuando trato de sacar la bicicleta del anclaje sin conseguirlo, y me siguen con la mirada cuando me marcho cabreada, porque según mi tarjeta tengo una bici en uso.

Afortunadamente, el gato de mis vecinos ha crecido. No me quita los ojos de encima mientras tiendo, como si estuviese llevando a cabo una labor apasionante – tal vez lo sea para él. Quién sabe. – Los árboles de la orilla del río también han crecido, y trato de seguir su sombra para no derretirme en mi carrera matutina.

Esos pequeños cambios me han tranquilizado. Había llegado a temer que me estaba guareciendo en un lugar del espacio donde el tiempo no avanza por lo que, como en Interstellar, tú y yo envejeceríamos a diferentes velocidades, y terminaríamos siendo totalmente incompatibles.

Como podéis ver, no entendí nada de la película.

Las últimas veces

De manera inevitable el tiempo se agota y toca hacer las maletas. Cuando la visita ha sido breve, la sensación de descubrimiento no desaparece en ningún instante. Siempre quedan ganas de más, anhelo por lo que todavía no se ha visto o por lo que se intuye que estaba allí, pero no hubo oportunidad de conocer.

Si ha transcurrido el tiempo suficiente, los últimos días pasan a ser las últimas veces. Está la última vez que haces la compra en el supermercado habitual. La última vez que recorres el barrio, caminando hasta la boca del metro. Casi a modo de peregrinación visitas por última vez ese lugar que tanto te gusta, tratando de no olvidar ningún detalle. En esas últimas veces todo cobra sentido y las actividades más cotidianas adquieren tintes que no habían tenido antes, un halo de magia. Ahí es cuando, antes de hora, sientes nostalgia del paisaje que está a punto de cambiar. El momento en que empiezas a echarlo de menos.

Central Park
Central Park

Kahakuloa

El mapa indicaba que la carretera se volvía peligrosa unos kilómetros antes de llegar a Kahakuloa. Hasta el momento todos los avisos – alerta de huracán , playas con corrientes mortales, lechos de ríos que podían inundarse en cualquier momento – habían pecado de excesivos, recordándonos que, aún en medio del Pacífico, continuábamos en territorio americano. Así que seguimos, sin ningún tipo de remordimiento, porque el paisaje era tan espectacular que hubiera sido una pena perdérselo.

Kahakuloa
Maui

Avanzábamos hablando, despreocupados, entre el océano y la montaña. De forma abrupta, la carretera se había estrechado, y se había convertido en un carril entre la maleza y el barranco. Nos callamos y conducimos despacio, tanto como fue necesario, mientras la carretera descendía hasta el nivel del mar.

Llegamos a Kahakuloa algo nerviosos, pero sobre todo aliviados de que la carretera hubiese terminado. Decidimos descansar un rato, y terminamos parando en una de las casas del pueblo, donde se anunciaba que vendían banana bread. En el porche abierto, una pareja de abuelos jugaba a una especie de dominó, y estuvimos esperando hasta que terminaron la jugada. ¿De dónde venís? ¡Eso está muy lejos! Decían mientras nos sonreían, y yo también sonreía al responder que así era.

Llevaros éste también, nos había dicho ella después de pagar, dándonos el banana bread sobrante. No va a pasar nadie más por aquí hoy. Y en su voz había un tono de ofrecimiento, pero sobre todo de orden, como cuando las abuelas te dan algo y sabes que no puedes negarte. El gesto me hizo sonreír todavía más, así que, como hacen los nietos, di las gracias, lo cogí y lo guardé con rapidez. Tal vez, sólo tal vez, no estábamos tan lejos de casa.

Kahakuloa
Kahakuloa

El arte de desaparecer

Vuelvo a caminar por las calles que ya recorrí, y parece que nada ha cambiado en estas semanas. Lo extraordinario se vuelve cotidiano en tan sólo un par de paseos, y aunque probablemente sea mejor así, ya que lidiar con la sorpresa constante sería demasiado agotador, no deja de resultar decepcionante.

Camino y pienso en todos los sitios a los que quería regresar, mientras descubro lugares nuevos en esquinas que creía conocer. En ningún otro lugar se da así el arte de desaparecer, aquel en el que los lugares se extinguen, como si en vez de por una cuadrícula numerada nos moviésemos en un hutong o en una favela. Tratas de recordar todos esos lugares – ese piano bar donde suena la música, el diner anticuado de una esquina, la pastelería tan mona que estaba al lado de una juguetería – pero cuando tratas de volver, localizarlos termina siendo una tarea inútil. A todos esos sitios hay que añadir aquellos a los que dedicas unos segundos, pero que después desaparecen en la bruma de la memoria, de los pasos y de nuevas sorpresas.

Las calles de Nueva York son viejas conocidas que se tornan nuevas a cada momento. Se esconden, cambian y, al final, nada permanece.

Lexington Av
Lexington Av

La desolación nórdica

Esta mañana me he puesto los leotardos debajo de los vaqueros. Una camiseta de tirantes, una camiseta térmica de manga larga y otra de algodón encima. Una sudadera y la cazadora de cuero. En cuanto he bajado del autobús, he sentido cómo el frío me calaba los huesos. Algo no iba bien.

Probablemente son demasiados cambios en poco tiempo. En menos de dos semanas he pasado del ajetreo de NYC, al tranquilo sofoco zaragozano y, ahora, a la fría desolación nórdica. Hay una parte de mí que se resiste a aceptar esta nueva realidad. No sé qué es más difícil: el frío, la nieve en pleno mes de julio o esos paisajes infinitos en los que no se ve un alma. Espero que el agua que surca las rocas me eche una mano. Que los paseos por el monte, los lagos en los que se reflejan las montañas y las casas de madera con sus plantas en las ventanas, me reconcilien con esta desolación. No hay muchas más opciones. Como dijo el guía el primer día, aquí, en Noruega, es lo que hay.

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Norway

La lengua de las peluqueras

Todas las peluqueras comparten un lenguaje propio.

Da igual que les digas que respeten el largo de tu melena, que te corten sólo dos dedos o que los 5 cm es una frontera que no debe ser traspasada. Tú verás cómo asienten con la cabeza mientras largos mechones van cayendo al suelo.

Te ofrecerán una revista. Aunque no la quieras. Les dirás que no educadamente, pero seguirán insistiendo. Sospechas que es una táctica para poder cortarte todavía más pelo y niegas con todo el ímpetu posible sin mover la cabeza. Como si vigilar sirviese de alto.

Mientras parlotean sobre cualquier tema, del que pronto perderás el hilo, intercalarán supuestas preguntas. ¿Te pongo mascarilla? ¿Unas ampollas para el cabello? ¿Un poco de laca? No hace falta que respondas, son preguntas puramente retóricas. La única opción posible es un sí a todo.

En algún momento, aparecerá la clásica pregunta trampa: ¿Cómo quieres que te peine? Da igual que digas que te lo dejen despeinado, que le pasen las planchas, que te lo ricen o que sonrías como un idiota sin pronunciar palabra cual extranjero. En mi caso, esa pregunta siempre conlleva el mismo resultado: tirabuzones.

Cuando te cobren, en esas pequeñas registradoras que traquetean y que parecen compartir todas las peluquerías, nunca sabrás qué son todos esos dígitos que se van añadiendo a la cuenta, ni a qué corresponde la suma final. Te limitarás a salir corriendo, como si te persiguiese la misma bruja Avería.

Cuando no sabes si vienes o vas

Cuando bajé del autobús, quemaba el suelo.

Por un instante miré a mi alrededor y no supe dónde estaba. Ni el jet lag ni las horas de viaje ayudaban a ubicarse en medio del calor sofocante.

La sensación tardó en desaparecer más de lo esperado. Pasó un día, y luego otro. Fui a lugares que solía frecuentar, hablé con amigos y dormí en mi cama, pero nada terminaba de resultarme familiar.

Al final, una tarde, se puso el sol. Y todo volvió a su lugar.

Zaragoza
Zaragoza

Días que se acortan

Yo nací para mirar el cielo.

Para sentarme y disfrutar de los últimos minutos de luz del día. De ese instante en que permanecer atento mientras todo alrededor se oscurece y las luces se van encendiendo, unas tras otras. Mirar con los ojos bien abiertos, respirar bajito y no atreverte a hablar, como si una sola palabra pudiese romper el encanto.

Yo nací para ver las nubes esponjosas, los cielos raudos, las masas oscuras que amenazan tormenta.

Querría vivir en un mundo donde lo más importante fuese llegar al atardecer al sitio indicado, y aguardar preparada a que se ponga el sol. Como un vampiro, pero a la inversa.

Gantry Plaza State Park
Gantry Plaza State Park