Bienvenidos al Norte

Hay una parte del estado de Nueva York, al Norte, de la que nadie habla. Un lugar al que se llega tras unos cuantos kilómetros de carretera, después de dejar atrás la ciudad, sus polígonos y cruzar largos túneles que bifurcan el tráfico.

Hablo de los bosques, de las pequeñas carreteras llenas de curvas que quieren ser engullidas por los árboles. De los embalses y los puentes de metal que nos permiten ver el agua bajo nuestros pies.

New Croton Reservoir
New Croton Reservoir

New Croton Reservoir
New Croton Reservoir

New Croton Reservoir
New Croton Reservoir

New Croton Reservoir
New Croton Reservoir
Ossining
Ossining

Al Norte están los pueblos de casas de madera de catálogo, inmensas y acogedoras con sus porches y sus cancelas, las mismas que desaparecen sin dejar rastro tras los tornados. Los jardines cuidados, las banderas ondeando y los coches enormes que tuvieron que quedarse fuera. Están las aceras que no llevan a ninguna parte y los buzones en la cuneta de caminos donde no parece habitar nadie. Los centros comerciales, los inmensos aparcamientos y las iglesias con shuttles para sus feligreses.

En esos llamados pueblos americanos, que no son sino una sucesión de casas a un lado y a otro de la carretera, podemos toparnos con un diner reluciente, un lugar en el que comer de día o de noche. Aparcaremos, apagaremos el motor del coche y, mientras avanzamos hacia la entrada, seremos conscientes de que Hollywood no inventaba nada.

Landmark Diner, Ossining
Landmark Diner, Ossining

Las compras no son para mí

Unos días antes de venir, en plena vorágine de preparar la maleta, me di cuenta de que necesitaba unas zapatillas decentes que no me destrozasen los pies al andar, así que decidí comprarme unas. Mi hermana fue la primera persona, pero no la última, que me quitó esa idea de la cabeza. ¿Por qué iba a comprarlas en España, yéndome como me iba a la meca de la ropa? Cómprate marcas americanas, fue el consejo general. Allí son más baratas y tienes mucho donde elegir. Y a mí, que no tengo ni idea de compras, me pareció una buena idea.

Por supuesto, no lo fue. En primer lugar, porque para alguien que se compra todo de marca Decathlon, la ropa Nike o Under Armour es cara. Aquí y en la Conchinchina. En segundo lugar, porque cuando no tienes ni idea de lo que cuestan las cosas, no sabes si estás ante un chollo o un timo. Por último, debería haber supuesto que si me agobia comprar en mi ciudad, comprar en NYC no era lo más recomendable.

Prometo que le puse ganas. Los primeros días estuve mirando las tiendas del Upper East Side. Todo me parecía carísimo y para colmo me agobiaban sus vendedores solícitos, que se empeñaban en explicarme cosas en un inglés ininteligible, aún cuando les había dicho que sólo estaba mirando. Al darme cuenta de que mi – escasa -paciencia empezaba a desaparecer, y mi dolor de pies aumentaba, opté por una medida desesperada.

¿A dónde vas en España cuando necesitas comprar cualquier cosa y el precio ha empezado a pasar a un segundo plano?

Efectivamente. Al Corte Inglés.

¿Y en Nueva York? ¿Cuál es el equivalente al Corte Inglés?

Bloomingdale´s
Bloomingdale´s

Al menos en mi cabeza, Bloomingdale´s es lo más parecido a un Corte Inglés que puedes encontrar en Nueva York. Porque son unos grandes almacenes donde puedes comprar de todo. Y eso para mí, ya es suficiente similitud.

Así que, en un arranque de desesperación, me encaminé a Bloomingdale´s a comprar mis deportivas. Ahora lo se, hubiera sido más apropiado para encontrar un bolso de Prada o un traje de chaqueta de Gucci. Diré en mi defensa que el look de las neoyorquinas se compone de zapatillas Nike de colorines y cómodas New Balance como si acabasen de salir del gimnasio, con la diferencia de que acompañan el conjunto de una Coca Cola gigante en una mano y un maxi bolso en la otra. Pero ése es otro tema.

Nada más entrar, me di cuenta de mi error. Cuando ya iba a darme la vuelta para huir de los suelos de mármol y los dependientes trajeados, el cartel luminoso de las escaleras mecánicas pareció darme la razón. «Sportwear, 3rd floor». Ropa deportiva, eso es lo que buscaba. Me dirigí optimista y feliz hacia el tercer piso.

Bloomingdale´s
Bloomingdale´s
Bloomingdale´s
Bloomingdale´s

¿Sportwear? ¿Pero qué ropa se pone esta gente para ir al gimnasio? Atónita fui recorriendo la planta en busca de las escaleras de bajada. Me movía con sigilo intentando evitar que me abordasen las dependientas, más o menos así.

Bajando, y todavía pensando qué había podido fallar, me topé con la planta de calzado. Rodeado de zapatos de tacón imposibles, sandalias cubiertas de joyas y de señoras muy elegantes probándose ambas, había un pequeño rincón para las zapatillas. Allí sentada, esperando a que alguien me atendiese, me alegró descubrir que el lugar más transitado de toda la planta no era el de los zapatos de salón, ni el de los Manolos, ni siquiera el de las botas de agua, sino la zona de pares sueltos. Esos estantes que son igual de cutres en todo el mundo mundial.

Bloomingdale´s
Bloomingdale´s

Al final, no había calzado de mi número y salí de allí sin nada. Volviendo hacia casa por Lexington arrastrando los pies – y no en sentido figurado – entré a la desesperada en una pequeña zapatería regentada por latinos. Allí, a ritmo de música caribeña y haciéndome entender en espanglish, pude comprarme las ansiadas zapatillas.

Necesito unos tejanos, pero esta vez lo tengo claro: me voy a H&M.

Un mirlo en NYC

Hay un pájaro en mi ventana. No uno cualquiera, sino el mismo pájaro que aparece, día tras día, en el momento menos pensado.

La mayor parte de las veces lo escucho cantar, y entonces corro hasta la ventana para verlo – en sentido metafórico, porque mi piso diminuto no me permite correr, como mucho dar dos o tres pasos un poco más rápido de lo normal. En otras ocasiones, como cuando he ido a hacer la fotografía que acompaña este post, está allí, encaramado a la barandilla de las escaleras de incendio, sin hacer ruido. Tendréis que creerme, porque nunca he conseguido hacerle una foto. Puedo sentarme todo el tiempo que quiera, mirándolo pavonearse de un lado a otro de la barandilla sin que parezca asustarse, pero en cuanto saco el móvil, echa a volar lejos de mi ventana.

Upper East Side
Upper East Side

Como no se nada de pájaros, me he enterado gracias a internet de que mi visitante es un mirlo. No se por qué razón, no esperaba encontrar mirlos en NYC, como si aquí, entre los coches, el asfalto y la gente, no hubiese espacio para otro animal distinto a los perros de los neoyorquinos. Revisando el diccionario, veo que mirlo en inglés se dice «blackbird». ¿Pero será realmente un mirlo, o se tratará de otro pájaro? Busco en internet mirlos en NYC y Google me devuelve un montón de links de este tipo. No me sorprende: desde hace algo más de una semana soy consciente de que el paraíso de la hostelería no es España, sino Manhattan. En mis paseos encuentro decenas, cientos de bares y restaurantes consecutivos y, creedme, todos están llenos. A todas horas. Pero ése es otro tema. No me doy por vencida y decido buscar imágenes de blackbirds en Nueva York, a ver si tengo más suerte, y la web me devuelve esto. Qué raro, un avión de combate. Después del Memorial Day de ayer, de la exaltación nacional de su ejército y de los caídos en combate, pensé que no habría un post más alejado de la realidad bélica de este país que hablar sobre pájaros.

Parece que me equivocaba.

Pero de la guerra, mejor hablar otro día.

Running Central Park

Hay un camino que rodea el Jacqueline Kennedy Onassis Reservoir de Central Park. Dice la Wikipedia que tiene una superficie de 43 hectáreas y un perímetro de 2,5 km. Yo lo único que podría añadir es que es enorme. Gigantesco.

Central Park
Central Park
Central Park
Central Park

Igual que los cinéfilos, los melómanos o los adictos a las compras tienen su propia guía mental de la ciudad, marcada con todos aquellos sitios que deberían visitar, las personas que corremos – sí, los runners – no somos una excepción. Así, si existiese una lista con los 10 lugares imprescindibles en los que correr, probablemente estaría encabezada por Central Park.

Central Park
Central Park

Central Park está incorporado al imaginario de los corredores como uno de esos sitios en los que hay que correr al menos una vez en la vida. No siempre existe un pensamiento concreto, una imagen determinada que queramos reproducir y que nos empuje hacia el parque. Simplemente, vamos. Cruzamos las calles empinadas del Upper East Side dejando el río a nuestras espaldas, viendo como ese decorado verde que parece Central Park está cada vez más cerca, hasta que, en la 5th Avenue, lo abarca todo. Una vez allí, sobrecoge lo frondoso de los árboles, la sensación de aislamiento de la ciudad. Pero sobre todo fascina el reflejo de los edificios del West Side y los rascacielos del Midtown sobre la superficie del lago, como si alguien hubiese encendido todas las luces de la ciudad con el único objetivo de que nosotros podamos disfrutar de ellas mientras corremos.

Central Park
Central Park

Tal vez fui una de las corredoras más lentas del parque. Por supuesto, no me importa. Al menos de momento, me conformo con no tener el estilo de Phoebe.

Circuito Central Park básico. Distancia aproximada: 8 kms.  Recorrido circular. En nuestro caso, el punto de inicio fue el Metropolitan, en la 5ª Avenida. Se comienza hacia el Norte, rodeando el lago, para después continuar por el West Drive. Por la noche los caminos no están iluminados, salvo alrededor del lago, por lo que es recomendable correr por las zonas asfaltadas que ya están cerradas al tráfico (en el suelo están indicadas las zonas para correr, ir en bici o en coche). Es posible continuar por el West Drive o salir a la altura de Columbus Circle para avanzar próximos a la calle 59.

Circuito por Central Park
Circuito por Central Park

Para otras – y más completas – alternativas, nada mejor que el Central Park Conservancy Running Map.

Escaleras

Llegué a Nueva York ayer. Con más retrasos, frío y ruido del esperado. No importa, hay tiempo de sobra.

Mi barrio está lleno de escaleras. Hay escaleras empinadas que nadie ha limpiado desde hace años y que conducen a azoteas cerradas. Escaleras que llevan hacia abajo, a sótanos de locales que parecen clandestinos. Escaleras de metal, de mármol, de madera con peldaños de linóleo y pasamanos casi ancestrales.

Upper East Side NYC
Upper East Side NYC

Las fachadas están surcadas de escaleras y creo que acabaré partiéndome el cuello de tanto mirar hacia arriba. Los edificios de mi calle recuerdan a Pretty Woman, con Richard Gere subiendo por su fachada, intrépido. Se que desde alguna de esas escaleras estará cantando Audrey, aunque no pueda escucharla a causa de las obras de la estación de metro o de las bocinas de los camiones.

Upper East Side NYC
Upper East Side NYC

Mi casa no es una excepción. Cada pocos minutos me asomo, medio cuerpo fuera, y miro hacia abajo y en dirección a los edificios vecinos. Las escaleras de metal no son aptas para gente con vértigo y entre sus hierros parece que puedes escurrirte hasta la acera. Están surcadas de cables y llenas de óxido, pero pese a todo sirven de balcones improvisados, de puntos de encuentro y de lugares donde plantar algo.

Upper East Side NYC
Upper East Side NYC
Upper East Side NYC
Upper East Side NYC

Tengo que reconocer que todavía no me atrevo a ponerme a cantar. De momento me conformo con asomarme y ver la ciudad desde arriba. Una perspectiva totalmente inesperada.

Upper East Side NYC
Upper East Side NYC

Hace 4 años

Siempre había querido vivir un mayo del 68. Me gustaban las revoluciones donde no moría nadie, esas historias compuestas de cientos de pequeños relatos, aparentemente inarticulados, pero que conducían a un fin común. Oía la palabra París unido a huelga estudiantil y me parecía que no podía haber nada más romántico, más hermoso. También sentía un hormigueo en el estómago cuando se hablaba de las huelgas de los últimos años del franquismo, pero esas imágenes carecían de la luz de París. Por alguna razón las veía en blanco y negro, como si fuesen emitidas por el nodo.

Quería vivir mi particular mayo del 68 y pensaba que nunca sería posible. Los españoles no solemos ponernos de acuerdo ni salimos a manifestarnos. Yo misma podía contar con los dedos de una mano las veces que había participado en una manifestación. Para colmo, no habían servido de nada. Esa era la principal razón para creer que nunca tendría mi mes de mayo soñado: el convencimiento, tan español, de que la protesta ciudadana es inútil.

Hace cuatro años, Ardaleth y yo quedamos a tomar una cerveza. Vía Twitter se había convocado una manifestación y habíamos decidido unirnos. Apoyábamos la convocatoria, creíamos que era necesario estar allí. Además sentíamos curiosidad por saber si, aquello que se movía en las redes sociales, tendría repercusión en el mundo real. Cuando llegamos al lugar señalado, la primera impresión fue que había poca gente, pero fue empezar a andar y darnos cuenta de que éramos muchos, muchísimos, y que cada vez éramos más. Muchos más de los que habríamos podido imaginar.

Aquellos meses viví mi mayo del 68. Con asambleas, consignas, concentraciones improvisadas a través de las redes sociales y acampadas. Con indignación creciente y un sentimiento de orgullo, de emoción ante algo que era mucho más grande que yo, más grande que todos nosotros juntos. El mes de mayo de hace cuatro años cambió nuestra forma de ver las cosas, y gracias al trabajo de muchos, seguimos en construcción.

Feliz 15M.

Como decíamos ayer

Hace unos cuantos años – 9, 10, ahora mismo no lo recuerdo con exactitud, – comencé a escribir sobre todo lo que se me ocurría en un blog. El título del blog era El Intercambio Equivalente, y tomaba su nombre de la serie manga Full Metal Alchemist. Sí, era una chica muy friki. Podía pasarme toda la noche jugando a juegos de mesa, conocía los nombres de las tribus de indios americanos e iba a ciclos de cine coreano. Nada demasiado estrambótico. Ahora, muchos años después, mi frikismo se ha suavizado, o socializado, según se mire, pero perdura en algunos pequeños detalles que no tengo intención de eliminar, como son mi costumbre de utilizar palabras que la gente parece no haber escuchado jamás, disfrutar con el humor absurdo, y leer libros cuyos autores murieron hace más de 100 años, superando ampliamente la recomendación de aquel personaje de Murakami.

Dicho esto, desconozco por qué he decidido abrir un nuevo blog y, lo que es todavía más llamativo, lanzarme a escribir en él. O, siendo  más precisos, tengo una ligera idea, pero no me apetece ahondar en ella temiendo descubrir que sea demasiado absurda, rompiendo la magia. Para colmo, en vez de demostrar que los años no han pasado en balde, he optado por escoger un título, El Intercambio, que es una clara continuación de aquel blog de fondo negro que tenía una cabecera de Final Fantasy y en el que, y tal vez todo se resuma a eso, tan buenos ratos pasé.

Veremos a dónde me lleva todo esto.