Un bidón de cinco litros

Cuando éramos niños nos llevaron de visita a la embotelladora. La fábrica estaba a casi cuatro kilómetros del pueblo —no es que me acuerde, no tengo tan buena memoria: lo he buscado en Google Maps — y fuimos andando en fila por el arcén de la carretera, contentos de perdernos una mañana de clase. 

No guardo ningún recuerdo de la visita a la fábrica. Solo que, cuando terminó, el guía señaló un montón de garrafas de agua de cinco litros y nos dijo, con voz alegre, que nos podíamos llevar una. ¡Qué emoción! Todos los niños fuimos corriendo y cargamos como pudimos uno de esos bidones de cinco litros, contentos de llevarnos algo de vuelta a casa.

Recuerdo el regreso como si fuera hoy, caminando por el mismo arcén pero esta vez mucho más despacio. Hacía sol y teníamos que detenernos cada pocos pasos para cambiar el bidón de agua de mano. Cinco kilos eran muchos kilos para que unos niños los cargaran durante tanto rato, pero todos estábamos emocionados por el regalo que íbamos a llevar a casa. ¡Debía valer una fortuna! Sin duda, el cansancio merecía la pena.

Cuando, por fin, agotada y muerta de sed, llegué a casa, dejé con dificultad la garrafa sobre la encimera de la cocina. Mi madre me miró con cara rara pero no dijo nada, así que fui yo la que hablé: 

— ¿Cuánto cuesta, mamá? —pregunté, ansiosa. —¿Doscientas, trescientas pesetas?

— Hija, pero qué doscientas pesetas. ¡Esto no cuesta ni veinte!

Aquel fue el primero de una larga lista de desengaños. Fue la primera vez que pensé que se habían reído de mí y que juré que no me volvería a pasar. Por supuesto, no fue la última vez. Lo malo, es que todavía no estoy ni en la penúltima ronda. 

En la foto, el camino de vuelta a casa.

Premamá

Cuando me quedé embarazada estuve buscando clases para seguir haciendo ejercicio. Encontrar algo que lleve el apellido “para embarazadas”  y que no sea un engaño no es sencillo, así que tardé bastante en encontrar el lugar adecuado. Por supuesto, cuando apareció resultó ser uno de los centros más pijos de la ciudad con precios acordes a su apariencia. Pero yo, como buena madre primeriza, estaba dispuesta a todo.

Estuve yendo un mes. Fue un absoluto horror. La profesora llegaba siempre tarde, por lo que las clases duraban mucho menos del tiempo estipulado. La sesión se desarrollaba en una de esas peceras que se han puesto de moda en las que te exhiben como si fueras mercancía, y a mí no me hacía ninguna gracia que me vieran tirada en el suelo cual ballena varada. Por último, estaban las compañeras. A una persona de nivel socializador bajo y con límite para las tonterías cercano a cero oír hablar de carritos homologados para la siesta del bebé era más de lo que podía soportar.

Mis náuseas mortales vinieron a rescatarme. Un día, a mitad de estiramiento, estuve a punto de vomitar sobre la esterilla de mi compañera más cercana, lo que me dio la excusa perfecta para marcharme, con más alivio que vergüenza, y no volver jamás. A partir de entonces me dediqué a los vídeos de YouTube, que resultaron ser igual de satisfactorios e infinitamente más baratos. 

Ayer, sentada en el balcón, y tras más de un mes de confinamiento, recordaba esta historia. En un primer momento he creído que era morriña del embarazo, lo que ha hecho que me atragantase de un ataque de risa. Después he pensado que, a veces, nos empeñamos en pagar por algo cuando las mejores cosas son gratis. Ese pensamiento estaba mejor, pero era demasiado profundo para tenerlo tapada con una manta vieja, en chándal y con los pies en alto. Así que aquí me tenéis, buscando una moraleja a aquella vez en la que estuve a punto de vomitar en el sitio más pijo de la ciudad. Quién sabe. A lo mejor no todo ocurre por algo. 

En la foto, yo unos segundos antes de perder mi dignidad.

Francotirador

En los últimos años ha empezado a llegar gente nueva al barrio. Las casas que habitaban matrimonios mayores y que después quedaron vacías comienzan a renovarse. Raro es el mes en el que no llega un nuevo camión de mudanzas, en el que un piso no aparece con las ventanas cambiadas o en el que no descubro, tras un balcón abierto, una cuadrilla de pintores. 

La reforma en el piso del otro lado de la calle ha durado todo el invierno. Han cambiado las ventanas y el suelo del balcón. Han pulido la barandilla y, cuando se ve el interior, hay un parquet recién puesto. 

Observo la persiana reluciente un domingo por la mañana cuando, de repente, se levanta. La puerta del balcón se abre y salen dos niños, hermanos, probablemente, los nuevos habitantes de la vivienda. Son dos chicos espigados, uno de unos cinco años, el otro, de unos dos o tres más. Se agarran a los barrotes del balcón y miran hacia abajo. Me alegra descubrir gente nueva, sobre todo niños en unas calles llenas de gente mayor. Doy un sorbo a mi taza y sonrío desde detrás del cristal.

Los niños hablan entre ellos y desaparecen en el interior del piso. Me quedo allí de pie, distraída, y apenas unos segundos después vuelven a aparecer. Llevan sendas metralletas de juguete en la mano, de un plástico negro reluciente. La del pequeño es casi más grande que él y la levanta con dificultad, como si fuera un bazuca. Tras un breve coloquio empiezan a simular que disparan a la gente que pasa por la calle. Apuntan y después ríen, comentando la jugada. Mi alegría se convierte en estupor. ¿Desde cuándo comparto calle con esa pareja de francotiradores? Como si me hubiesen oído miran hacia el balcón de enfrente, el mío. Me pillan por sorpresa, así que lo único que se me ocurre hacer es sonreír y levantar la mano en una especie de saludo. Los niños me devuelven la sonrisa. La calle es tan estrecha que me permite ver que, al mayor, le faltan las dos palas. De repente, el pequeño levanta la metralleta y, guiñando el ojo y tomándose su tiempo, hace un ruido con la boca. “Pum” puedo leer en sus labios, mientras siento cómo la bala imaginaria me atraviesa el pecho. 

Los niños se pierden en el interior del balcón pero yo permanezco allí unos minutos más. Echo de menos a mis antiguas vecinas

En la foto, la ventana tras la que espío a mis vecinos.

Ayuda

Acababa de salir del acuario de Osaka después de varias horas recorriéndolo. Mi mente estaba inundada por el movimiento hipnótico de las medusas y el rápido desplazar de los tiburones. El ascenso alrededor del tanque de agua era lo más parecido a una catarsis en la que uno se iba dirigiendo, poco a poco, hacia la luz. 

No es de extrañar que llegase a la estación más despistada de lo normal. Aunque llevaba ya varios días viajando por Japón la vista de sus mapas de metro siempre me impresionaba, con esas líneas de colores que se extendían a lo largo de la pared, sin que se alcanzase a ver el final. Me detuve delante de la máquina para sacar los tickets y tardé más tiempo del habitual en encontrar el botón que cambiaba el idioma al inglés. Cuando por fin lo pulsé, el resultado no fue el esperado. El texto se tradujo solo en parte, intercalándose caracteres en japonés. No entendía nada, y así seguí durante unos largos segundos hasta que, por fin, encontré una palabra que entendía. “Assistant” decía, en el extremo inferior derecho de la pantalla, y pensé que eso era, precisamente, lo que necesitaba.

Pulsé el botón y, en ese mismo momento, una bocina atronadora inundó la estación. Antes de que fuese consciente de que había sido yo la culpable, un hombre apareció —literalmente — a mi lado. Surgió como si se hubiese teletransportado, una aparición, un emerger desde el suelo justo a mis pies. Era un encargado de la estación, tieso como una vara con su uniforme. Asustada, solo se me ocurrió disculparme como pude. Ni siquiera me miró. Pulsó la pantalla con rapidez, extendió la mano pidiendo mi tarjeta de crédito, la pasó con la misma velocidad y, al momento, ya tenía en mi mano la tarjeta y el billete. Empecé a balbucear de nuevo, en este caso las gracias, pero se esfumó a la misma velocidad con la que había llegado. Así que allí me quedé, sola, como si todo hubiese sido fruto de mi imaginación.

Hace muchos años de esto, pero es una anécdota que recuerdo a menudo. Porque es un buen ejemplo del perfecto engranaje japonés. Porque ha sido uno de los momentos más surrealistas que he vivido en un viaje. Y, por último, porque me gustaría que la vida tuviese ese botón de ayuda para poder pulsarlo cuando las cosas se pusiesen feas. 

En la foto, yo alejándome de la estación sin mirar atrás.

Nostalgia

Hubo una época de mi vida en la que me levantaba los lunes a las 5 y media de la mañana. Había dejado la ropa y la mochila preparada, así que, sin abrir los ojos, iba al baño, me vestía y, en menos de diez minutos, estábamos bajando las escaleras. 

La ciudad nunca estaba en silencio. Siempre había ruido de coches, sirenas en la lejanía o, simplemente, un rugido que parecía emerger del asfalto, como si la isla vibrase de un extremo a otro, un movimiento de placas tectónicas que no terminaba de desencadenar el terremoto. En la acera, las ratas se paseaban de un extremo a otro de la calle, dueñas y señoras de la ciudad. 

Cogíamos un taxi para ir hasta Penn Station. Mi tren salía a las 6 y media, y aunque nos hubiera dado tiempo a ir en metro, lo que menos me apetecía a esas horas era descender al sucio subterráneo de Nueva York. Preferíamos llegar pronto, coger un horrible café en el Dunking Donuts y esperar a que apareciera el anuncio del tren para despedirnos hasta el viernes.  

A esas horas no había tráfico, y el viaje en taxi duraba poco más de cinco minutos. Algunos de mis minutos favoritos de la semana. El taxi bajaba por Park Avenue, entre esas casas que, en cualquier momento del día, parecían fortalezas inexpugnables. En la calle 60 enfilábamos hacia Central Park, lo justo para ver de reojo la masa de árboles y girar, por delante del Hotel Plaza, para bajar por la 5ª. Unas manzanas después el taxi volvía a girar para coger la 7ª, donde estaba situada Penn Station. Y era en ese momento por el que pasábamos por Times Square. Ese triángulo evitado por el día como la peste, se convertía en el sitio más espectacular del mundo a las 5 y media de la mañana. Las decenas de pantallas seguían emitiendo, una sucesión de imágenes silenciosas en un mundo en el que solo estábamos nosotros para contemplarlas. 

Hoy vi un vídeo de lugares vacíos. Aparecía la Fontana de Trevi, Venecia y, al final, Times Square sin nadie paseando bajo sus luces. Lejos del desasosiego, la imagen solo me produjo nostalgia. 

En la foto, el taxi atravesando la ciudad a toda velocidad para no perder el tren.

Arañas

En nuestra primera noche en la selva, el guía nos propuso ver arañas. Me encantan las arañas, admitió, como si estuviera desvelando un secreto, y no pudimos, ni quisimos, decirle que no. Dar un paseo por la selva de noche, viendo animales, es algo a lo que un amante de los documentales de la 2 nunca se negaría.

Eran las ocho de la tarde y noche cerrada cuando uno de los cuidadores de la reserva vino a buscarnos al barco. Tras asegurarse de que llevábamos la linterna, bajamos a tierra. Cruzamos la explanada, cogimos un camino que se internaba en la selva y, tras andar apenas diez metros, lo abandonamos. Nos encontramos de repente inmersos en la espesura, saltando troncos y apartando maleza, teniendo cuidado de no meter los pies en un charco. De vez en cuando, nuestros dos guías se detenían y señalaban algo, emocionados. Solían ser enormes arañas de todos los colores y tamaños que contemplábamos con asombro y a cierta distancia, por lo que pudiera pasar. 

De repente, y sin que ocurriese nada, me empecé a agobiar. No sabía dónde me encontraba. Ahí, entre los árboles, donde ni siquiera se veía el cielo, era imposible orientarse. No tenía ni idea de la distancia que habíamos andado ni durante cuánto tiempo. ¿Podía ser una trampa? ¿Y si decidían abandonarnos? Empecé a pensar si sería capaz de encontrar el camino de vuelta, de seguir el rastro de huellas en el suelo húmedo o de hojas rotas. Ansiosa, caminé durante un rato observando con atención la espalda de mis guías, a los que seguía de cerca, tratando de descubrir cualquier gesto sospechoso. 

Tras unos minutos en ese estado, me obligué a respirar. No iba a ocurrir nada. Esa gente conocía la selva y si lo que querían era robarme, podrían haberlo hecho ya. Eran dos personas disfrutando del paseo nocturno, y nosotros éramos unos meros acompañantes. Poco a poco conseguí relajarme y disfrutar de las últimas arañas, de las ranas de colores y de los ruidos de los animales que, ajenos a mi preocupación, seguían identificando.

De vuelta en el barco, tomando una cerveza, te hablé de mi miedo. Te reíste de él, pero tú también estabas tenso, aquel paseo de poco más de una hora había sido una de las cosas más espectaculares que habíamos hecho, pero distaba mucho de ser agradable. Interrumpiéndonos, había aparecido el guía:

— Sólo quería asegurarme de que estáis bien, —había dicho.

Con un gesto, se había señalado la pierna. Una sanguijuela gordísima estaba ahí agarrada. La había arrancado de un tirón y una gota de sangre había resbalado por su pierna.

Al final, solemos tener más miedo a las cosas que no se ven. 

En la foto, la barca esperándonos con las cervezas.

La sombrilla

Cuanto mayores son los cubos de basura, más sucio está el suelo. Es un hecho: coloca contenedores enormes, casi monstruosos, y la gente tirará cosas más grandes todavía. 

En eso pensaba tras tirar mi bolsa de basura cuando alguien se detuvo a mi lado, probablemente para añadir más suciedad al ya existente caos. Era un padre de familia de aspecto desaliñado y vientre prominente. Caminaba con dos niños y una mujer, y al pasar por delante de los contenedores se había detenido en seco. Había seguido la dirección de su mirada con curiosidad. En el hueco que dejaban el contenedor de plásticos y de papel había una bolsa de tela, alargada y voluminosa. El hombre la había tocado con cuidado con el pie, como si hubiera un cadáver. 

No sé qué sintió en la punta del zapato, pero hizo que se agachase sin dudarlo y abriera la bolsa. A esas alturas la mujer ya se había alejado junto a los hijos, y el hombre la había increpado por su nombre. Ella, en lugar de detenerse, había hecho un gesto indeterminado con el brazo y se había perdido en el interior del bazar chino. Sin embargo, los niños habían regresado junto a su padre, lo que él había interpretado como una gran victoria.

Me detuve un par de escaparates más allá, curiosa. El contenido de la bolsa había resultado ser la estructura de un enorme parasol. Animados, habían empezado a montarlo en medio de la acera. El padre tiraba hacia un lado, y los hijos lo hacían en la otra dirección. Yo había entrado en la farmacia a comprar mascarillas para hacer acopio y al salir, minutos después, los tres seguían ejecutando una suerte de danza cargada de improperios. No debía ser fácil sin manual de instrucciones. Por fin lo habían conseguido, y una enorme carpa había ocupado toda la acera. Entonces el padre había desplegado la tela. La habían extendido sobre el armazón y, al alejarse para contemplar el resultado, habían descubierto un enorme agujero en el centro. Enfadado, había dado un puntapié a la estructura, pero estaba tan bien montada que no se había movido un ápice. 

Desde ese día, tenemos una carpa en el barrio. Cuando hace sol los vecinos nos sentamos debajo con alegría, tratando de esquivar los rayos que se cuelan por el agujero. Los días de lluvia nos sentamos en círculo y observamos cómo caen las gotas en la parte central, chop chop, y así pasamos ensimismados las horas. A menudo nos preguntamos quién tiró la carpa a la basura y quiénes la montaron, ya que no hemos vuelto a verles. Queremos darles las gracias. 

En la foto, un nuevo contenedor rebosante espera que le hagan una visita. 

Contagio

El día de ayer empezó como cualquier otro: sonó el despertador, remoloneé en la cama hasta el límite de lo permitido y después me arrastré hasta la ducha. Una vez duchada y vestida desayuné de pie mi café, mirando a un punto indefinido situado más allá de la vitrocerámica. Había trabajado tanto durante los últimos días que tenía la sensación de no diferenciar entre el día y la noche. Ha habido otras temporadas así, me dije, para consolarme. También esta pasará. Y, no queriendo darle más importancia, me puse el abrigo, cogí el bolso y cerré la puerta de casa.

En el garaje todavía estaban aparcados los coches de mis vecinos. Normalmente era la última en salir, pero aquel día se les debían haber pegado las sábanas. Encendí el motor y puse la radio. En lugar del locutor de todas las mañanas había un programa de música enlatada. Qué raro, pensé, enfilando la avenida. No era lo único diferente. Las tiendas estaban cerradas y las calles, desiertas. Me adelantó un taxi solitario a toda velocidad y una ambulancia con la sirena encendida, algo innecesario dadas las circunstancias. 

¿Dónde se había metido todo el mundo?

Entonces fui consciente de lo que pasaba. 

Había estado demasiado ocupada con el trabajo para interesarme por la epidemia. A fin de cuentas soy tan hipocondriaca que, cuando ocurren estas cosas, prefiero hacer como que no pasa nada. La noche anterior, antes de acostarme, había leído muy a mi pesar algunos titulares. Hablaban de pueblos aislados en Italia y de hoteles enteros en cuarentena. ¿Y si la pandemia había llegado a España? ¿Y si la gente había huido de las ciudades, buscando un lugar seguro? Habían empezado a sudarme las manos. Traté de cambiar de emisora, buscando algo de información, pero estaba tan nerviosa que lo único que conseguí fue desprogramar la radio. Al llegar al parking del trabajo, solté un grito: estaba completamente vacío.

Temblando, bajé del coche y miré a mi alrededor. Aquella escena me hacía pensar en un apocalipsis zombie en el que yo era la única superviviente. 

– ¡Eh! ¿Qué haces aquí?

Había girado sobre mis talones. El vigilante de seguridad me observaba a unos metros de distancia, sin duda sopesando si yo era un muerto viviente o una persona normal.

– ¡Te tienes que ir! – Había insistido, ante mi estupor inicial.  

– Sí, sí, ya me voy. – Me había girado hacia el coche, dispuesta a volver por donde había venido. Tenía que regresar a casa y encerrarme con llave. No quería que nadie me contagiara. 

– Hay que conocer las normas. – Me había mirado de arriba a abajo, moviendo la cabeza con desaprobación. – Deberías saber que los fines de semana no se puede aparcar.

Dentro del coche, metí con dificultad la primera marcha y no dejé de temblar hasta que no estuve a varias calles de distancia. Nunca me han gustado los domingos, pero aquel se llevaba la palma. 

En la foto, la ciudad tras el paso del coronavirus.

Aterrizaje de emergencia

El kiosco que hay debajo de mi casa es un local pequeño, con una puerta estrecha y un escaparate diminuto donde se amontonan los libros más vendidos, muñecos de plástico de las películas Disney y un surtido de productos de papelería. Todas las mañanas, el kiosquero, un hombre corpulento que camina con dificultad, cuelga en la fachada los periódicos y revistas del día, convirtiéndose en un imán para los abuelos que no han descubierto internet.

Sólo entro al kiosco cuando tengo que recoger un paquete. Estas visitas me hacen sentir, por alguna razón, culpable, lo que intento compensar con altas dosis de amabilidad. Ayer era uno de esos días, así que entré en el local sonriendo de oreja a oreja, pero el kiosquero no me miraba. En su lugar, contemplaba fijamente la tablet, donde veía un programa a todo volumen:  

– ¿Has oído lo del avión?

Debió ver mi cara de desconcierto, porque no me dejó responder:

– Es un avión canadiense, está sobrevolando Barajas. – Movía la cabeza de arriba a abajo, convencido. – Se va a estrellar. 

Cogiendo mi DNI al vuelo, se había perdido en la trastienda, en busca del paquete. Lancé una mirada a la tablet. Una de las presentadoras habituales hablaba, muy seria, en primer plano. En un cuadrado pequeño en el extremo superior derecho de la pantalla, un avión normal y corriente sobrevolaba un cielo azul. 

– Acaban de inspeccionar los daños en el tren de aterrizaje – Me había informado el kiosquero, escaneando el código de mi paquete. – Les faltan un par de ruedas, así es casi imposible que puedan aterrizar.  Ya ocurrió con el vuelo de Spanair. 

Me había dado el resguardo del paquete para firmar, lo que había hecho con toda la velocidad que me permitía la mano. 

– Y si no se estrella, explotará. Es lo mismo que pasó en el accidente del Boeing en Malasia. – Me pasó el paquete por encima del mostrador, pero aún lo retuvo durante unos instantes. – ¿No te quedas a verlo? – Había empezado a dar excusas torpemente cuando me había interrumpido. – Entonces corre o no lo vas a ver. 

Entré en el portal con cierta urgencia, como si fuera a perderme algo histórico. Mientras el ascensor subía, despacio, hasta mi piso, las prisas fueron sustituidas por la sorpresa. Nunca hubiera imaginado que el hombre supiera tanto de aviones, y mucho menos de accidentes de aviación. Todavía rumiaba esa idea cuando entré en casa y, sin quitarme el abrigo, encendí la tele. La imagen del avión entero y en perfecto estado, en la pista de aterrizaje, me hizo sonreír. Pero la alegría apenas duró unos segundos, el tiempo que tardé en recordar a mi kiosquero: ahora mismo, debía sentirse muy decepcionado. 

En la foto, el avión después de sobrevivir a las expectativas. 

Mañanas de petanca

Crecí viendo Los Vigilantes de la Playa. ¿Os acordáis de ellos? Qué pregunta, cómo olvidarlos. Los guapos vigilantes permanecían apostados en las torres de vigilancia mirando por sus prismáticos y, cuando era necesario, corrían, ellas con sus bañadores de tiro alto, mientras el agua salpicaba las piernas, en una acción que discurría a cámara lenta para que pudiéramos captar todos los detalles. En esa serie californiana aprendí que en las playas no solo se tomaba el sol o se jugaba a las palas, sino que también servían para practicar deportes más sofisticados, como el patinaje y el voley y, sobre todo, para que los llamados Baywatch lucieran palmito.

Pero hay algo de lo que no pueden presumir las playas de Santa Mónica. Un orgullo patrio que no está al alcance de los americanos. Aquí, en las playas del Mediterráneo, un fenómeno congrega a cientos de personas todas las mañanas. Son las Petanca World Series, en las que múltiples partidas de petanca se juegan al mismo tiempo en una liga en la que sólo puede haber un equipo vencedor.

Observo con atención a los jugadores, admirada ante ese despliegue de organización. Me fascinan sus entrenamientos y me alegro de que todas esas personas mayores hayan encontrado un pasatiempo tan sano. Me detengo a pocos pasos de ellos, pensando en la importancia de que la gente, a partir de cierta edad, se acostumbre a realizar una actividad saludable. Probablemente la petanca les haga olvidarse un rato de los dolores y preocupaciones propias de la edad e, incluso, les suavice el carácter. Es una suerte descubrir, a esas alturas de la vida, una actividad que te obligue a salir de casa y a partir de la cual puedas construir unas redes de amistad: 

– Vaya ridículo, José.

– De ridículo nada. Has hecho trampas. Eres un desgraciao. 

– Ojito con lo que dices, no te vayas a arrepentir. El problema lo tienes tú, que no soportas perder. Anda, paga los diez euros que debes y deja de quejarte.

José se levanta del bordillo donde estaba descansando, renqueante, y deja sobre la mesa, con muy malos modos, el billete que llevaba apretado en el puño. 

Ya lo decía mi abuelo, a sus más de ochenta años: “yo no juego a la petanca, porque eso es cosa de viejos”. 

En la foto, los jugadores comentando la próxima jugada que les catapultará al Olimpo de la petanca. 
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